NI PELO NI HUESO

 PRESENTACIÓN

Por: Comité editorial LITERAFUNZA


    Como hemos visto en los relatos que dan forma a este blog, el barrio y la ciudad no son meros escenarios: funcionan como organismos vivos que moldean la experiencia humana, regulan los vínculos y condensan tensiones sociales, afectivas y simbólicas. Desde el costumbrismo hasta la narrativa urbana contemporánea, el espacio barrial opera como una micro-sociedad donde lo íntimo y lo colectivo se superponen. El relato ''Ni pelo ni hueso'' se inscribe en esa línea al construir una geografía reconocible —la hilera de casas, el andén compartido, las fachadas uniformadas— que determina las dinámicas de vigilancia, roce y pertenencia. La repetición de estructuras (“dos hileras”, “mismos colores”, “mismos números”) sugiere un orden impuesto que intenta homogeneizar, pero que inevitablemente es desbordado por las singularidades de quienes habitan el espacio.

    Ahora bien, lo más interesante del relato es cómo subvierte la mirada tradicional del barrio al desplazar el foco hacia una comunidad híbrida de vecinos humanos y animales, donde las jerarquías se diluyen en favor de una convivencia marcada por la observación, el conflicto y el instinto. El narrador —cuya identidad animal se revela progresivamente— describe a los vecinos con un lenguaje cargado de ironía y antropomorfismo invertido: los humanos aparecen caricaturizados, mientras que los animales adquieren agencia social. Esta inversión no solo genera un efecto de extrañamiento, sino que reconfigura el barrio como un ecosistema donde todos participan de códigos comunes: la territorialidad, el ruido, la disputa, el hábito de “mirar al otro”. El resultado es un retrato en el que cada figura, por mínima que parezca, contribuye a una red de significados que excede lo estrictamente subjetivo.

    Finalmente, el cuento articula una reflexión sobre el paso del tiempo como fuerza transformadora de la geografía y la memoria. Las variaciones en las casas (del pasto a la baldosa, de la uniformidad al desvío cromático), el crecimiento del pino y la observación casi “estacional” de las plantas en un país sin estaciones, funcionan como marcas de un tiempo que erosiona y resignifica el espacio. El traslado a un nuevo barrio —más amplio pero más vacío— intensifica la nostalgia por la densidad relacional del pasado, subrayando que no es la amplitud sino la fricción y roce cotidiano los que construyen comunidad. El desenlace, atravesado por la violencia y la desaparición del narrador, radicaliza esta idea: aunque el cuerpo desaparece (“ni pelo ni hueso”), el barrio persiste como territorio lleno de historias. De esta manera, el cuento no solo retrata un lugar, sino que propone que toda geografía es, en última instancia, un archivo afectivo en constante transformación.


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NI PELO NI HUESO

Por: Lisbeth Paola Meneses Casas

    Nombres han pasado y quedan los recuerdos, porque, como dicen por ahí, ya no queda ni pelo ni hueso. Un número negro grande puesto visible a los ojos de propios y visitantes, otro número negro grande, puesto al otro extremo en la otra línea...solo se repetía el número 2 en ambos casos.

   Una reunión o enfrentamiento se daba día a día entre los protagonistas: los más engreídos, que salían a tomar un rato de sol en las mañanas, se sentaban, se escuchaban hablar y cantar ¡y ya! ¡De resto, no era mucho lo que aportaban! Aparentemente tenían por qué dárselas, son de esos que suscitan un buen gusto y un buen sabor.



  
El otro protagonista, alto, fornido y digamos que apuesto aunque un tanto apelotardado, pues más de una vez, se quedaba fuera de casa descolgando jeta hasta que le abrieran, de nada le valían sus caras de drama y ojos casi llorosos, ¡ah! Pero eso sí, solo era que me viera caminando por la acera compartida entre las hileras de casas para empezar a buscar pelea.

Y diagonal, la emperifollada y cantaletosa, a ella le gustaba vestir de blanco y siempre con una moña alta que separaba por la mitad y adornaba -digamos que sí - con un lacito de color rosa.  

¿Y qué me dicen del de enfrente? Más de una vez se tuvo que llamar a la fuerza, casi que policial, para que usara métodos de represión, voces fuertes de mando y una algarabía hasta que llegaba sí señores: ¡el agua! De contextura media, pelo largo, cara alargada, era quien más bulla hacía. Cada vez que salía de casa, toda la cuadra se enteraba. Por eso mi mirada era cortante cada vez que asomaba la jeta, yo salía orondo, pero a la más mínima oportunidad clavaba mis felinos ojos en él, diciéndole: ¡ja, yo aquí llegué primero!    Luego, otro par de vecinos, que siempre querían chismear en las casas ajenas, como que no perdían oportunidad para irse entrando, y otro par que poco duraron, porque con quién les tocó compartir la casa, pobrecitos: un escándalo y una molestadera todo el día. No los dejaban en paz, y pa' colmo de males eran jóvenes, así que no gozaban de las virtudes de la libertad, salir y entrar a disposición.



    Cada casa es en su fachada prácticamente igual a la de al lado, cambian como el número de pisos, de dos a tres y pues las rejas que cada quien escoge. El color debería ser el mismo, pero hay quienes omiten aquello de la carta de color y la ponen más hacia el amarillo, más hacia el blanco y otros que se alejaron bastante.     Varias veces escuché decir que deben ser iguales, totalmente iguales, porque según la asamblea, porque el administrador dijo que... que ahora sí va a poner para la pintura, a ver si se ve como antes. Cada casa tiene una pequeña placa con dos números que cambian, pues van aumentando, y preciso, me toca el negro de pelo largo, enfrente.

    

    Ya de los vecinos de las últimas casas, como poco saludaban, no los recuerdo, pero sí recuerdo cómo en ese pequeño andén que divide las dos hileras de casas, cuando llovía se formaban caudales por las cunetas, siempre anduve pendiente de que no me cogiera el agua estando afuera, porque me gustaba contemplar desde la ventana. También recuerdo ver crecer un arbolito de pino al lado de la casa de los engreídos, recuerdo que en varias casas pasaron de tener pasto a baldosas, como fue el caso de la casa de la de moño alto, pero otras en cambio, como la de enfrente se sembraron muchas plantas y cuando florecían, ¡ah qué belleza!, de hecho espero que sigan floreciendo. Dicen que en Colombia no hay estaciones, pero yo me tomaba el tiempo de observar las plantas sembradas, y en ellas notaba el cambio, el paso del tiempo.

      ¡Y no, no puede ser! Se me estaba olvidando las más diva de la cuadra, pa’ qué, ¡me caía muy bien! Siendo la más pequeñita de todos los vecinos, cambiaba de ajuar, diría yo día tras día, un día vestido rosa, otro chaleco acolchado, otro vestido combinado, a veces con gorro, a veces con balaca, y hasta de “Mujer Maravilla” llegó a estar.

    Estos son mis recuerdos del barrio donde crecí, de mi cuadra, y aunque prácticamente todos me caían mal, pues mi mirada era imponente, mi paso firme y estaba listo para la pelea, extrañé ese andén y esas fachadas cuando me tocó viajar y cambiar de lugar.



   Aunque en el nuevo barrio cabía como mil veces mi cuadra, ya no eran tantos los vecinos, porque sí, ya sé que están pensando, ni me tomé el tiempo de saludar a todos los de antes ...Pero aquí solo había tres y como los de esta casa se llevaban mal con la siguiente pues no hablábamos, y los demás vecinos estaban más y más lejos. Aquí no hay andén, ni casas iguales, hay mucho más pasto que el dispuesto en el antejardín y muchas flores, muchas más que las del vecino, el cielo es más azul y no hay tanto ruido, de hecho, no hay tantos carros ni motos.

    Acá mi parcero, fue el negro de pelo corto, y me enseñó a vagabundear de otra manera: a comerme lo que no es mío, a asustar a los demás. El día nos llevaba y la noche nos traía, pero una noche solo él volvió. Esa vez me esperaron por días, salieron a llamarme, me recomendaron a la gente y entre lágrimas y resignación, me tuvieron que decir adiós. Años después se enteraron del veneno y del victimario que no dejaron de mí ni pelo, ni hueso, lo que él no sabía es que sus intenciones no lograron borrar los  gratos recuerdos de mi andar  por el campo, por mi ventana, por mi andén, por mi barrio.





LISBETH PAOLA MENESES CASAS
Gestora cultural, diseñadora industrial, lectora y escritora. Magíster en Cooperación Internacional al desarrollo: Gestión y Dirección de proyectos. Ama viajar, aportar en la construcción de las comunidades fortaleciendo territorios. Considera a Colombia un lugar maravilloso digno de conocerse, reconocerse , escribirse y leerse. Su quehacer artístico y profesional conecta desde la cotidianidad, lugar de vínculo con los otros  para sus creaciones.






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