LEVANTAR LA MANO CONTRA UNO MISMO: Reseña crítica de ''Los suicidas del fin del mundo''.



INTRODUCCIÓN

PARA NADIE ES UN SECRETO QUE LEILA GUERRIERO es actualmente una de las voces más potentes e innovadoras de habla hispana: dicha potencia e innovación, entre tantos motivos, se da gracias a la relación que establece entre la literatura y el periodismo. Históricamente estas dos manifestaciones de la escritura se han retroalimentado en un intercambio constante que afina tanto la sensibilidad de los escritores como la precisión sus obras.

PERIODISMO Y LITERATURA

La literatura aporta al periodismo una dimensión estética que amplía su capacidad de significar: le ofrece ritmo, metáforas, imágenes y estructuras narrativas que permiten revelar matices emocionales ocultos detrás de los hechos. Gracias a ese pulso poético y narrativo, la noticia (o ‘‘la fuente periodística’’) deja de ser un inherte reporte para convertirse en una mirada que interpreta el mundo material, simbólico y natural construido o al que fue eyectada la especie humana. El periodismo, por su parte, nutre a la literatura con la densidad de ‘‘lo real’’: hechos verificables, voces concretas, geografías específicas, estadísticas y acontecimientos que anclan las ficciones a un suelo reconocible. Mientras la literatura otorga cierta sensibilidad al periodismo, el periodismo provee a la imaginación literaria un repertorio sólido de experiencias del mundo común, fáctico e inevitable.

En Los suicidas del fin del mundo, crónica de un pueblo patagónico, con precisión quirúrgica y una sensibilidad incontenible, Guerriero aborda el hecho ante el cual toda sociedad debe guardar silencio, como escribió Jean Améry para referirse al suicidio. Y es que en Las Heras no se dio una, sino más de doce muertes voluntarias por parte de personas que no superaban los 25 años. A través de entrevistas, la descripción de paisajes desolados y silencios cargados de tensión, Guerriero reconstruye no solo la cadena de las muertes, sino el entramado social, económico y emocional que las rodea: la soledad de un pueblo aislado, las fracturas familiares, la precariedad laboral y el peso de una comunidad que vive suspendida entre el hastío y la resignación. La autora ofrece aquí un retrato complejo de la condición humana, en el que cada suicidio revela la complejidad de un acto imposible de explicar desde una sola perspectiva.

MÁS ALLÁ DEL POR QUÉ

Así es como Leila Guerriero desplaza la mirada convencional que suele reducir el suicidio a diagnósticos psicológicos o a lecturas estatales que lo clasifican como un problema social a erradicar. En lugar de presentar la muerte voluntaria como una patología o un acto exclusivamente individual, la crónica abre un campo de indagación más amplio, donde las historias personales revelan redes de sentido vinculadas con el territorio, los problemas materiales, los desacuerdos en comunidad y los vestigios afectivos de cada ser humano. La crónica invita a leer cada caso no como un fallo moral o un desorden clínico, sino como un acontecimiento inscrito en estructuras sociales que condicionan la existencia, mostrando brotes que van más allá de las explicaciones institucionales o médicas.


Esta ampliación de perspectivas permite que el suicidio sea leído desde diversas ramas del conocimiento. Desde la sociología durkheimiana, por ejemplo, la crónica muestra cómo el egoísmo, la anomia y la falta de regulación social pueden moldear las decisiones individuales. Desde la visión filosófica de Jean Améry, particularmente desde la obra Levantar la mano contra uno mismo, se presenta la posibilidad de comprender el suicidio como un acto de soberanía sobre el propio cuerpo, lejos de cualquier condena moral. Desde el ensayo literario, como El mito de Sísifo de Albert Camus, la crónica sugiere que la muerte voluntaria también puede pensarse en relación con el absurdo: esa tensión entre el deseo de sentido y la indiferencia de una tierra que, parafraseando un poema de Nicolás Suescún, apenas empieza a dar vueltas, como si ir para allá no fuera venir hacia acá, como si no girara y siguiera girando, enloquecida... Guerriero no ofrece respuestas definitivas, pero sí abre un espacio donde convergen la sociología, la filosofía y la literatura para pensar la complejidad irreductible del acto de morir por voluntad propia.

Gracias a esta brecha abierta en la literatura, se identificó un alto número de expresiones del suicidio que conforman un amplio catálogo de móviles, perspectivas e interpretaciones sobre la muerte voluntaria, las cuales compartimos a continuación:

            EL ESTADO Y SUS PROYECTOS SIN RESULTADO

Con la figura de ‘‘Jóvenes negociadores de la UNICEF’’ (Guerriero, 2005, P. 23), el Estado aparece dentro de la crónica como un padre vigilante que extiende carteles, líneas telefónicas y campañas luminosas para evitar que sus hijos caigan al vacío; sin embargo, sus brazos a menudo se queda  cortos para alcanzar la oscuridad íntima en la que se decide el destino de una vida. Este “ente protector” se consolida como una figura que promete refugio, pero su voz se dispersa en el ruido burocrático y en la distancia emocional que separa al individuo de las instituciones. Sus campañas, erigidas con slogans y cifras, chocan contra la opacidad de la angustia humana: la palabra oficial intenta rescatar, pero cae como un eco muerto sobre un abismo que no sabe escuchar consignas. La narrativa del Estado protector se quiebra, revelando que no basta la intención normativa para tocar el enigma más profundo, aquel que solo los relatos, la memoria y las miradas cercanas pueden rozar someramente.

            DESEMPLEO Y LEJANÍA

En el olvido de Las Heras, más que nunca es importante sobresalir y ‘‘ser alguien’’. Allí se agudiza la eterna presión social por salir adelante, aunque el mismo sistema capitalista haya creado las condiciones para no hacerlo. Porque el desempleo es más que la ausencia de trabajo: es un despojo simbólico que va arrancándole al sujeto su lugar en el mundo, como si cada día sin ingresos fuera también un día sin identidad, echado a perder. La lejanía —geográfica y afectiva— de Las Heras se suma como segunda sombra que amplía el silencio en el que las personas se sienten cada vez menos necesarias, cada vez más invisibles. Frente a esta combinación devastadora, algunos seres vieron en el suicidio no un impulso, sino un agotamiento extremo: la sensación de que ya no existían puentes hacia ninguna parte y  sus vidas se habían convertido en una obra de teatro repitiéndose incesantemente en un auditorio sin espectadores. Dentro de la crónica, Julieta Durán (Guerriero, 2005, P. 40) revela hasta que medida, cuál fibra interna atribula, la falta de trabajo que no solo vacía bolsillos, sino también la esperanza y hasta el sentido de estar vivos. Allí donde la soledad no encuentra respuesta y el futuro empieza a proyectarse como una amenaza, la muerte voluntaria aparece como un acto político de alguien que no encuentra forma de ingresar a una normalidad vital que le ha cerrado la puerta.


            LOS ROCKEROS SE SUICIDAN

¿Los adolescentes de Las Heras, influenciados por el rock, también se suicidan? En la crónica y en el imaginario social, los rockeros suicidarios encarnan una especie de épica contemporánea: son cuerpos desbordados por un fuego que la vida cotidiana no logra contener. Su existencia avanza al borde de un puño en la oreja. La desazón, lejos de ser un refugio, amplifica la distorsión de sus silencios interiores, y la música no consigue cerrar las grietas de estridencia que los atraviesan frente al abismo. La muerte voluntaria forma un holograma en tres dimensiones como la última nota de una canción demasiado intensa, cuyo acorde sospechoso estalla cuando ya no hay manera de sostener la tensión, ni el ritmo, ni la melodía (Guerriero, 2005, P. 37). La vida pública e intima se desmoronan. Los rockeros como Mónica Banegas —convertidos en mitos y advertencias después de caer— muestran cómo la cultura popular idolatra al mismo tiempo que teme la combustión y la rebeldía, pero pocas veces comprende la solitaria felicidad que acompaña a los que están afinados en una frecuencia tan alta que también termina por quebrarlos en pedacitos de otros días.Principio del formulario

LOS SOLOS

¿Alguien puede pensar en los que se quedan, en los dolientes, en aquellos egoístas a los que no les duele la muerte ajena sino el vacío que dejan en su propia vida? Los solos —aquellos que quedan después de la partida de los suicidarios— (Guerriero, 2005, P. 43) caminan por un territorio cubierto por hojas secas y los latidos pierden consistencia. Ellos escuchan el eco de una ausencia que no se apaga, los que cargan preguntas sin destinatario y culpas que nadie les entregó, pero que igual se adhieren a sus cuerpos. En ellos la muerte del otro se vuelve una fractura íntima: una grieta por donde huye la estabilidad de lo cotidiano. La amistad, la sangre o la simple cercanía se transforman en un hilo tenso que une la vida con la sombra de su ausencia. En Los suicidas, sobrevivientes como Alberto Banegas no son tan solo testigos, sino portadores de un duelo imposible, como un silencio que pesa más que cualquier promesa sin realizar. Caminan entre recuerdos, tratando de reconstruir un rostro que no responde, y en su nostalgia padecen una verdad perturbadora: morir por mano propia nunca es un acto individual, sino una onda expansiva que alcanza, rompe y redefine a quienes permanecen en derredor, obligándolos —a veces por años— a aprender a malvivir con una silla vacía durante la comida del 24.

LA RELIGIÓN COMO ÚNICA SALIDA

Solo Dios podría evitar el suicidio, y cuando no lo evita, solo Dios puede socorrer a los solos, calmando su sufrimiento con la oferta del más allá y un desprecio por el presente: se espera que después de morir, solos y suicidarios se reencuentren en el paraíso. En los testimonios aquí recogidos, en particular en los de Nélida y José (Guerriero, 2005, P. 46), la religión se presenta como la única salida frente al suicidio, lo cual puede convertirse en un atajo quisquilloso: una respuesta que quiere clausurar preguntas que nacen de un dolor demasiado complejo para encajarse en un dogma. La fe, en muchos pasajes de esta crónica, puede ofrecer un profundo desconsuelo, porque imponer la religión como remedio universal es reducir la experiencia humana a un manual de instrucciones espirituales. Esta crónica está cargada de descripciones suicidas que no encuentran redención automática en un templo ni en un versículo: se enfrentan a la tensión entre la promesa de salvación y la materialidad persistente del sufrimiento. La religión, cuando se formula de manera simplista, se vuelve una barrera que los silencia, un mandato que exige esperanza sin comprender la hondura de la desesperación. La literatura pone en duda esa salida predilecta, mostrando que un alma zarrapastrosa no necesita sermones; tampoco necesita dogmas que marquen su camino. Cuando la fe se convierte en imposición, deja de ser refugio y se transforma en un muro dentro del laberinto donde el suicida intenta, a tientas, encontrar una salida de emergencia hacia alguna especie de calma.

EL DIABLO MATA

En muchos relatos, culpar al Diablo es una forma de esquivar la verdad incómoda: que el dolor humano no proviene de fuerzas míticas, sino de heridas silenciosas que nadie puede suturar. Convertir al demonio -y al satanismo con todas sus perspicacias y sospechas- en responsable absoluto de la muerte voluntaria, puede leerse como un gesto narrativo que lava culpas; como una explicación rápida que aliviana a la sociedad, a la familia o a las instituciones de cualquier responsabilidad. Los testimonios de Nélida y José (Guerriero, 2005, P. 58) así lo demuestran: el sufrimiento no se posa en sus hombros porque un ente malévolo lo haya dictado, sino porque la vida —con sus violencias, abandonos y silencios— puede arrinconar al individuo en un lugar neblinosos como un eterno espejismo. Cuando algunos testimonios de la crónica proponen que “toda la culpa es del Diablo”, lo que realmente señalan es la incapacidad de mirar de frente lo que impulsa a los que dan el misterioso paso en el momento previo al salto.

 MUERTE VOLUNTARIA DEL NIHILISTA POSITIVO

La figura del nihilista positivo, representa a aquellos seres que, al descubrir que nada tiene un sentido último, no caen en la desesperación, sino que, en una extraña forma de lucidez exploratoria, comprenden la ausencia de propósito como un lienzo abierto para sus propias pinceladas o, en su defecto, para la destrucción total del mismo, ya que su esfuerzo carece de valor alguno. Sin embargo, esa claridad puede volverse pesada, casi insoportable, cuando la renuncia a uno mismo deja de ser posibilidad y se convierte en un callejón sin salida. Entre los diferentes testimonios recogidos por Guerriero, esta figura puede proyectarse particularmente sobre Luis Montiel (Guerriero, 2005, P. 59), quien no se suicidó por tristeza, sino por coherencia: porque su visión del mundo lo llevó a concluir que, si la vida misma no garantiza el ser vivida en toda su intensidad, también es legítimo abandonarla. Estas muertes no fueron un grito que nadie escuchó, sino gesto deliberado de su conciencia; una afirmación final de su libertad radical. Esta crónica, en su ambigüedad, expone la grieta de esta postura: muestra que incluso el nihilista más sereno se enfrenta a un abismo donde la razón no basta, donde la lucidez se multiplica y donde la comprensión del sinsentido puede volverse tan densa que termina pesando más que cualquier voz sombría que cada uno escucha en el abismo. Así, el nihilismo positivo revela una paradoja: quienes han descubierto que nada tiene sentido, llevan su postura tan lejos que su vida—y su muerte—, son al mismo tiempo lo único que importa.

MIGRACIÓN Y DESARRAIGO

¿Es la migración eterna y la sensación de nunca pertenecer a ninguna parte, un veneno o un antídoto contra al suicidio? En algunas obras literarias, la migración es una herida que nunca cicatriza y, al mismo tiempo, una brújula en constante desequilibrio. El desarraigo instala en el sujeto una doble tensión: la nostalgia que arrastra como un cubo de plomo; y la promesa de comenzar de nuevo. Quien migra vive entre restos: restos de lengua, de afectos, de paisaje, de identidad. Y esa vida en tránsito puede ser veneno o antídoto frente al suicidio. Veneno cuando la soledad se vuelve interminable, cuando el nuevo territorio no ofrece acogida y el pasado ya no tiene caminos por los cuales regresar; antídoto cuando el movimiento mismo —esa fuga hacia todas las direcciones— permite al sujeto salvarse de una asfixia anterior, respirando en la posibilidad de reinventarse. Los suicidas del fin del mundo en su totalidad, y particularmente Roberto Mansilla, alias Rulo (Guerriero, 2005, P. 122), muestra que no es la migración lo que conduce a la muerte, sino la intensidad del vacío o la esperanza incumplida que la acompaña. En los personajes que vagan sin pertenencia, la pregunta sobre el suicidio no surge de estar lejos, sino de no tener dónde anclar el alma. Sin embargo, en otros habitantes de Las Heras, el camino abierto por el exilio se convierte en la única manera de seguir vivos. Con la voz de las diferentes personas entrevistadas por Guerriero, la migración se revela como un territorio ambiguo: un lugar donde el desarraigo puede hundir o sostener, según la fuerza —o la fragilidad— con que cada quien cargue su propia historia.

MORIR PARA MATAR AL PADRE Y A LA MADRE

Desde una lectura psicoanalítica, esta crónica muestra que el suicidio suele gestarse en el territorio más profundo de la memoria: ese espacio donde la sombra del padre y de la madre se vuelve paisaje peligroso. En esa zona donde se forjan las primeras palabras de amor, de dolor o de límite, también se abren oquedades que más tarde pueden crecer en el inconsciente. El padre —como figura simbólica de la norma, la autoridad y el mundo exterior— puede aparecer como una presencia opresiva o una ausencia devastadora; en ambos casos, su sombra marca el modo en que el personaje se mide a sí mismo, cómo soporta o evade la culpa, cómo concibe el fracaso o la libertad. La madre —como refugio, origen o abismo emocional— se vuelve la matriz desde la cual el sujeto aprende a sentirse digno de existir… o a sentir que no merece el mundo. En algunos testimonios recogidos en la crónica, como el relacionado con Ricardo (Guerriero, 2005, P. 147), el suicidio es la culminación trágica de un vínculo fallido con estas figuras primordiales: un padre cuya ley resulta insoportable o inaccesible; una madre cuyo amor se vuelve demasiado frágil o demasiado totalitario. En consecuencia, los que se quitaron la vida, como Ricardo, no rompieron solo con el presente, sino con la cadena de sentidos heredados de quienes los engendraron. 

LA MARGINALIDAD COMO ESCAPATORIA Y CÁRCEL

En algunos suicidas que componen esta crónica, la marginalidad consciente fue un gesto de supervivencia: la elección deliberada de habitar los bordes para no caer en el abismo. No se trataba de la exclusión impuesta por la violencia social, sino de la retirada voluntaria que emprenden ciertas personas cuando el funcionamiento general del mundo —con sus exigencias, normas, ritmos y mandatos— se vuelve insostenible. Allí, en los márgenes, encontraron una forma sólida de sostenerse: un ritmo propio, una soledad habitada, una identidad que no debía ajustarse a nada. Varios protagonistas de esta crónica, como César López (Guerriero, 2005, P.132) , descubrieron que el apartarse, lejos de ser una renuncia, es una manera de preservar la vida cuando la presión de la pertenencia se vuelve un veneno. En el margen, el ruido se silenció y la existencia recobró un pulso íntimo; la muerte dejó de ser una tentación urgente, porque ya no había un alguien más que oprimiera ni una mirada ajena que los juzgara. Así, la marginalidad buscada funciona como antídoto al suicidio: no porque cure la tentación, sino porque le da espacio y forma, permitiendo que respire sin autodestruirse. En ese borde elegido, la vida se vuelve pequeña, sí, pero también posible—una persistencia que nace de apartarse a tiempo, antes de que el sinsentido se apodere de todo el paisaje.

LA URBANOPATÍA Y EL SÍNDROME DE LA VALIJA

En esta crónica, la urbanopatía —enfermedad de seres inquietos que nacen en territorios que devoran más de lo que ofrecen— aparece como una infección silenciosa: un gusano que se alimenta de la prisa de cada mañana, de la multitud que no se conmueve y la arquitectura que nos aplasta. El pueblo se convierte en un organismo inmenso que, lejos de acoger, expulsa lentamente a quienes no logran seguir su ritmo agonizante. Sus habitantes, atrapados entre el anonimato y la hiperexposición, viven una vida de calles desoladas donde el deseo se erosiona y la satisfacción se vuelve un lujo.

El síndrome de la valija es la expresión íntima de ese desajuste: la sensación persistente de estar siempre por partir, de no arraigar en ningún lugar, de llevar una maleta invisible que nunca se deshace del todo. Es el impulso de huida constante, la fantasía de que otro espacio aliviará la presión asfixiante del aquí y ahora. Aunque esta promesa de movimiento se desgasta e incluso se quiebra: la valija deja de ser posibilidad y se vuelve carga; deja de ser destino y se vuelve ratonera.

Según la visión del sicólogo José Kovalschi (Guerriero, 2005, P. 164), en esta conjunción estrepitosa, ciertos habitantes de Las Heras encontraron un terreno fértil para la desesperación. El suicidio se les presentó entonces como la única salida cuando ni quedarse ni partir parecía viable; cuando el día a día consume y la valija nunca se abre. Esta crónica revela que, en estos casos, no es el deseo de morir lo que domina, sino la imposibilidad de hallar un lugar donde la vida pueda sostenerse. La urbanopatía y el síndrome de la valija configuran así un círculo trágico: sujetos sitiados por un mundo que los expulsaba y por un viaje que nunca llegó a salvarlos.

 LA MELANCOLÍA SOCIAL

La melancolía social en la obra de Guerriero no es una emoción individual, sino un clima: una bruma colectiva que se posa sobre los habitantes de Las Heras como un cansancio heredado. Es la tristeza que proviene de vivir en un mundo fracturado, donde los vínculos se asemejan a la desconfianza, las instituciones fallan y la sensación del porvenir se evapora. No es un duelo por algo perdido, sino por algo que nunca llegó a existir: comunidad, prosperidad, sentido. Esta melancolía no nace del interior del sujeto; se le es inoculada por la época: una tristeza que se respira en la calle, que se arrastra en el trabajo, que se filtra en los callejones sin salida que no pueden esquivarse.

Cuando esta melancolía se vuelve estructura, dice el siquiatra José Abadi (citado dentro de la crónica), puede acercar a ciertos personajes al suicidio no por un móvil personal, sino por la percepción de que la vida está anquilosada sobre un fondo gris que no admite transformaciones. El mundo deja de prometer y, con ello, la subjetividad se aburre y tambalea. La literatura muestra que, bajo esta atmósfera, el suicidio puede ser un gesto de agotamiento social: la consecuencia de habitar un tiempo donde la felicidad se ha convertido en una rareza. No es que el individuo falle, sino que el mundo alrededor ha perdido su capacidad de sostenerse.

La melancolía social (Guerriero, 2005, P. 166) se revela como un paisaje afectivo que corroe lentamente la voluntad. Es un estado donde la tristeza colectiva se infiltra en el cuerpo de la intimidad, empujando a la comunidad hacia el borde con la misma suavidad con que la niebla y la arena cubren al pueblo entero: sin violencia, pero sin dejar espacio para la luz.

                A MODO DE CIERRE

            Este cruce de enfoques no solo enriquece los puntos de vista para analizar las variadas y complejas estructuras del suicidio, sino que permite valorar con mayor profundidad el trabajo literario y periodístico de Leila Guerriero. Su investigación minuciosa, sostenida por entrevistas, documentos y observación directa, se combina con una escritura equilibrada que evita explicaciones fáciles o reducciones moralistas. En vez de imponer una única interpretación de la muerte voluntaria, la autora deja que las voces, los silencios y las tensiones sociales hablen por sí mismos, estructurando una narrativa que respeta la complejidad del tema y la autonomía de cada historia. Esa capacidad para mantener la distancia justa —ni fría ni sentimental— convierte la crónica en un ejercicio riguroso de comprensión de la existencia humana.

Además de su valor literario, Los suicidas del fin del mundo también abre una ventana para observar el acto de levantar la mano contra uno mismo desde ángulos que suelen quedar ocultos en el discurso público. Para quienes han sentido de cerca la incógnita por lo que sigue a la vida, o han perdido a alguien por esta atracción, la obra ofrece un espejo incómodo pero necesario: permite reconocer las fuerzas sociales, afectivas e inaprehensibles que atraviesan estos actos. Aunque no brinda consuelo directo, la crónica sí habilita nuevas formas de bordear un dolor que a menudo deja a las personas atónitas, arrepentidas o hasta enfermas. Al hacerlo, transforma la lectura en un espejo para mirar de frente una experiencia que, en la vida real, suele desbordar cualquier intento de comprensión.

LO REALMENTE ''TERAPÉUTICO''

Con esto se confirmaría que quizá sí hay algo de terapéutico en el acto de levantar la mano contra uno mismo, seguramente no desde la visión del miedo y de lo que hay que evitar, sino desde lo que, citando a Emil Cioran, concluye Ramón Andrés en su Semper dolens. Historia del suicidio en Occidente:

‘‘Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace mucho tiempo me hubiera matado’’-. Con esta expresión, estaba abrazando (Cioran) el razonamiento nietzscheano en virtud del cual el suicidio, la vislumbre de su posibilidad, había salvado muchas vidas. En lo más hondo de nuestro interior esta posibilidad actúa como una puerta de salida en caso de incendio, como una descomprensión del espacio psíquico. Poder despedirse voluntariamente de la vida, admitir la viabilidad de tal determinación, facilita seguir el camino’’.  



BIBLIOGRAFÍA 

1. Guerriero, L. (2005). Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico. Editorial TUSQUETS

RECOMENDADA

1.    Améry, J. (2005). Levantar la mano contra uno mismo: Discurso sobre la muerte voluntaria. Editorial Pre-Textos.

2. Camus, A. (1999). El mito de Sísifo. Alianza Editorial.

3. Durkheim, É. (2004). El suicidio. Editorial Akal.

4. Andrés, R. (2015). Semper dolens: Historia del suicidio en Occidente. Editorial Acantilado.



AUTOR
Álvaro José Claro Ríos
Docente de la Escuela de Literatura de Funza
CICLO: ‘‘LEVANTAR LA MANO CONTRA UNO MISMO:
Manifestaciones literarias acerca del suicidio’’


 

 







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