R.I.P., si puede

 PRESENTACIÓN
Por: Comité editorial LITERAFUNZA

            Hay muertes que no solo guardan luto, sino también terribles secretos.

El protagonista de este relato se encuentra en un sendero abismal donde cada paso es una caída. El tormento del fracaso, tanto en el ámbito profesional, como en su vida personal, convierte su paranoica existencia en un desfile vertiginoso con rumbo al destino.

La intriga no tarda en transformarse en una amenaza tangible. Un mensaje en un trozo de papel, una mirada en el pasillo, un encuentro inesperado; todo alimenta la certeza de que está siendo acosado por una fuerza implacable.

En "R I P, si puede", Héctor Ignacio Cristancho Ballesteros, ofrece una inmersión tensa en la mente de un hombre traicionado por su entorno y empujado al límite de la desesperación. Es una historia de persecución donde la frontera entre aliado y verdugo se difumina con una velocidad aterradora.

¿Qué harías si tu vida entera fuese un complot? Sumérgete en este misterio. La única certeza real es que, para él, ya no habrá vuelta atrás.

Nacido en Boyacá, de niño se dedicaba a pastorear ovejas, ganado y apoyar las labores agrícolas de su padre. En la escuela del pueblo sintió el primer llamado de la literatura, arte al que le debe gran parte de lo que ha logrado a través de los años.

Su vida profesional se desarrolla en la dirección de hoteles en el país y fuera de él. Profundiza sus estudios hoteleros en Cornell University, Ithaca/Nueva York. Tiene una Maestría en Planificación turística de la Universidad Externado de Colombia y es candidato a la Maestría en Economía de la Universidad Santo Tomás.

Combina la actividad profesional con la fotografía, arte con el cual ha expuesto su trabajo en varios países y galardonado por el Salón Colombia de fotografía de Medellín.

Actualmente, es estudiante de la Escuela de Literatura del Centro Cultural Bacatá de Funza.

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 RIP, si puede
Por: Héctor Cristancho

EL CUERPO INMÓVIL, SUSPENDIDO EN LAS ALTURAS, con los ojos cerrados y la cabeza baja intentando reconocer sus pasos. El peso del madero lo mantiene preso con el lazo alrededor del cuello. Parece un cristo que se eleva en el ataúd de un armario abierto. 

El jefe de recepción, con el rostro marchito, ingresa a la oficina del gerente y le describe los hechos ocurridos en la habitación 903. Toman los documentos y propiedades del huésped y los ponen en custodia.

Con el dorso de la mano abierta, el gerente toca el cuello del crucificado y la retira al sentir el contacto del vacío.

Buenos días, ingeniero Guillermo, acabo de hacer el recorrido por la planta. Varios pabellones presentan plántulas con coloración inapropiada. Estoy seguro que se han considerado todas las variables, por lo que no encuentro explicación. Me pregunto si es posible que alguien con acceso al sistema haya ingresado parámetros erróneos. De tajo lo descarto. Solo usted y yo tenemos los atributos para ingresar, lo que elimina cualquier posibilidad.   

─¿Estás seguro, Julián, de lo que dices? 

─Bueno, solo pensarlo me llena de urticaria; la gerencia general tiene el atributo maestro. 

─Por favor, Julián, no hemos hablado de esto y tampoco siento que Zuluaga se atreva a tanto. Revisa los protocolos y sus guarismos; de ser necesario, ajústalos. Toma muestras de la solución en diferentes lugares; analízalas en el laboratorio y confirma que el nutriente sea el estipulado. Asegúrate de que los inyectores y dosificadores de los depósitos no hayan sido abiertos o manipulados. Deja evidencia del proceso; es evidente que alguien quiere que el proyecto no prospere.

Guillermo se refugia en su oficina. Pone los codos sobre el escritorio formando una “v” con sus manos, en la que deja caer el peso de su rostro y se hunde en el abismo revuelto de la duda y desconfianza.

Juanita, su mujer, lo espera sentada en el comedor, para cenar con él. Un asomo de abulia intenta esconderse en la espera. Cansada por el paso del tiempo, decide irse a dormir.

Al llegar a casa, Guillermo busca en la cocina algo para calmar el hambre. Sirve un vaso de whisky y deja caer su humanidad en el sofá de la sala. Su escasa energía le nubla el pensamiento. El escrito amenazante ha alterado su forma de trabajo. Intenta olvidar las frases. Deja que su silencio las devore. Se va a dormir pues sus menguadas fuerzas se lo exigen.

A Juanita la baña la suave luz de la lampara de pie, haciéndola lucir más bella y delicada con esa leve sonrisa que esconde entre sus labios. La besa en la mejilla y apaga la luz. No quiere interrumpir la placidez de su sueño.

No hay nadie cuando llega Guillermo a su oficina. Un trozo de papel sobre el escritorio deja ver una leyenda que se resiste a ver. La hoja grita con torpeza: 

Se larga o se muere, le quedan tres días pa’ pudrirse, hijueputa

Llama a Jaime, hermano de fraternidad, quien ostenta un alto rango militar. Le pide ir a cenar en su casa, para escuchar la preocupación que le lastima. Guillermo lo actualiza con minucia de los detalles que lo tienen al filo de la locura: el misterio que cubre el proyecto de hidroponía; su jefe y sus compañeros de trabajo. No necesita pedirle la promesa del sigilo, pero con fervor lo hace.

De regreso a casa, un par de motos lo interceptan, abren fuego contra el vehículo, un neumático estalla; presiona el acelerador y avanza a gran velocidad. El rechinar del aro metálico atrae la atención de los vehículos que sobrepasa: luces rojas y azules se reflejan en la vía y las sirenas anuncian la presencia de la policía.

─Buenas noches, ¿sabe usted que se pasó varios semáforos en rojo y estuvo a punto de provocar un accidente? Por favor, apague el vehículo y bájese. Deme sus documentos con la tarjeta de propiedad. Le vamos a practicar una prueba de alcoholemia, ¿está de acuerdo?-. Guillermo relata los hechos a la policía, quienes deciden llevarlo a la estación para formular la denuncia correspondiente. 

─La camioneta será llevada en grúa para una inspección forense. Después una patrulla lo llevará a su domicilio- Le informa el agente.

        Hace el menor ruido al entrar a su casa, no quiere despertar a Juanita. Toma un baño y se va a la cama en busca del descanso.

Javier Zuluaga, director general, lo baña un aire de arrogancia. Confía en que los resultados del proyecto que dará a conocer el comité técnico a los inversores, estarán acorde a sus deseos.

Julián, supervisor de procesos, presenta a la Junta las conclusiones del Centro de Investigación de Agricultura Hidropónica:

─El CIAH dictamina que el análisis a los procesos aplicados para el cultivo de la K’oka, se ajustan en el 99,73%, de las necesidades fisiológicas de la especie.

─Me alegra conocer estos resultados, Guillermo -interviene Zuluaga-. Sin embargo, no podemos seguir perdiendo dinero por el fracaso de las plántulas. Les pido profundizar sobre la realidad que nos aqueja. Y me mantienen informado de los avances y correctivos aplicables.

Camino a la oficina, Zuluaga felicita a Guillermo por el informe y lo invita a tomar un café.  

─Supe que tuviste un percance, me alegra que no te haya pasado nada. ¿Qué sabes del incidente? ¿Tienes alguna sospecha sobre alguien que quiera hacerte daño? 

─Gracias por su preocupación. Solo fue un intento de atraco. Todos somos vulnerables ante la inseguridad creciente, pero gracias a Dios, no pasó nada. 

─Cuentas con todo mi apoyo si llegas a necesitar algo. Me inquieta tu tranquilidad, he sabido que pediste copia de las imágenes de ingreso a tu oficina y evidencia de accesos a los archivos de datos; cuando puedas, me cuentas tus hallazgos, por favor.


Guillermo llega temprano a casa. Ha planeado cenar con Juanita. Un apasionado beso recorre su cuerpo y lo estremece, extrae del bar una y otra botella de champaña, el poc en su vuelo los abraza. Las palabras retumban silenciosas, mientras Malú los envuelve en una fantástica aventura donde les sobra la ropa. Copa a copa navegan la topografía de sus cuerpos en ríos de placer que beben hasta alcanzar el cenit de su marea.

El desayuno deja escapar hilos de vapor a la espera que tomen asiento. Guillermo describe los últimos sucesos a su esposa, quien no se atreve a romper su silencio. Se limita a pedirle evaluar su vida, los hechos, los socios de la empresa en que trabaja y las consecuencias del éxito o fracaso del proyecto.

Un nuevo panfleto lo recibe en su oficina, las letras escritas con marcador, anuncian:

Lo de las motos fue un aviso. Esta noche lo encontramos y mañana lo enterramos. RIP, si puede­.


Jaime, con prendas militares, recoge a Guillermo en su oficina, da varias vueltas por la ciudad para evadir el riesgo. Finalmente lo deja en su casa. 

─Guillermo, no salgas sin estar seguro de mi llegada-. Le solicita Jaime.

A la hora prevista, Jaime y otro oficial le esperan en la puerta. Aborda el vehículo y parten de inmediato con la complicidad de la noche y el silencio de las calles.

Los días de encierro de Guillermo multiplican los minutos y las horas. La soledad le carcome mente y alma. Es una cárcel sin barrotes ni grilletes, pero destruye la fe y la esperanza. Está solo en su prisión secreta intentando esconderse de la infamia.

La pequeñez del cuarto eleva los sonidos. Pasar por el pasillo lo convierte en victimario. De un salto se pega a la mirilla de la puerta en un intento por alargar el tiempo.


─Buenos días, ¿el señor Guillermo del Toro, que habitación tiene? Soy su esposa y quiero darle una sorpresa.

Juanita toca en la puerta de la habitación 903. Reconoce la voz que desde dentro pregunta quién lo busca. 

─Mi amor, soy yo, quiero verte, abre-. Las palabras de su esposa alejan sus miedos y le llenan de esperanza. Abre la puerta ilusionado, desea tenerla entre sus brazos largo tiempo. 

─Te traje este yogurt. Es el que te gusta, tómatelo-. Ansioso lo recibe y apura el contenido. 

Su cuerpo se desploma pesadamente de la silla en que se encuentra. Los restos del vaso se dispersan por el piso.

Ella, en su mutismo, lo observa de pie con los ojos fijos. Una leve sonrisa se asoma entre sus labios y se transforma en una mueca indescifrable. Al mismo tiempo, una lágrima involuntaria se funde en la camisa de quien fue su esposo.

El frío invade la materia inerte que en el suelo yace. El rostro de aquel hombre está inmensamente pálido. La boca entreabierta deja ver su lengua amarillenta y, una abertura en su pijama, insinúa manchas verdosas en su estómago, testigo mudo de los presagios.



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