ESTRATAGEMA EN EL ÁTICO DE SAN ANTONIO
LO ESPERABAN A LAS CINCO DE LA TARDE EN EL LEGENDARIO ÁTICO: oscuro
bar que permanecía oculto en una casona antigua del barrio San Antonio. Lo
citaba El Círculo de los seis, un poderoso grupo de detractores del
proceso de restitución de tierras que quería discutir el fallo personalmente. La gestión de documentos se había
convertido en un remolino de emociones para los que estábamos esperando. Las
noticias eran favorables para las familias despojadas y una notificación de
quiebra para los que se habían lucrado con el negocio de los desplazamientos y las posteriores ocupaciones. Todo estaba organizado para que la diligencia judicial se
llevara a feliz término. Era un alivio para las familias que ya iban a cumplir sesenta
meses malviviendo con el cuerpo lacerado por el hambre y el frío dentro de los campamentos que habían levantado en los terrenos alquilados
a los que, en otro tiempo, fueran sus empleados.
Josué era el asignado por las familias para recuperar las tierras. Había librado una larga batalla a favor de la devolución de los predios a través de un acuerdo entre las partes. Fueron momentos espinosos. En el oficio se lidió con opositores recalcitrantes para liberar las escrituras de posesión de todo el grupo: en total, doce familias que pertenecían a la vereda de Jericó. Por esos días el gobierno había establecido metas bastante ambiciosas para la entrega de tierras a los desplazados. En medio de múltiples litigios y después de sortear la lentitud de los juzgados, se estaba resolviendo el problema: el juez había adelantado la diligencia de desalojo de predios en manos de un reconocido grupo de invasores que, haciendo uso del terror paramilitar, se había apropiado del extenso territorio después de que los dueños fueran amenazados de muerte. Todo era cuestión de acordar los detalles para la entrega y ahí debía intervenir la Agencia Especial para la Restitución de Tierras Despojadas. Igualmente se debían acordar las medidas de seguridad para proteger sus vidas, su integridad personal y la de sus familias. La situación parecía otra fantasía de la violencia como las que se describen en El país de la canela.
Aquella mañana acordamos que, mientras Josué finiquitaba los
detalles del acuerdo para llevar al Ático de San Antonio, yo haría la
notificación del fallo a las familias, explicándoles el procedimiento requerido
para el retorno a sus fincas. Apenas recibí los documentos, llamé a mi amiga
Raab, una mujer reconocida en la comunidad por su liderazgo entre los
desplazados, su gestión en las mesas de trabajo y su vida licenciosa. De vez en
cuando, si alguien preguntaba por ella, se escuchaba el rumor de que ‘‘ya le había
roto el corazón a varios hombres’’. Raab se comprometió a organizar a las
familias mientras yo llegaba. Me subí entonces a la moto y emprendí camino hacia
las carreteras destapadas que comunicaban con los pueblos del oriente del departamento:
allá, lejos y desconectados, se hallaban los campamentos de las doce familias.
El trayecto, no obstante, lo hice apaciblemente. El día radiaba como un
bombillo; me fui pensando en el encuentro con Raab,
el cual también sería nuestra despedida, aunque aún no pudiéramos imaginarlo.
Ya casi llegando al campamento, disminuí la velocidad y atravesé lentamente, bajo
un sol duro y pesado como un mal recuerdo, el puente militar que los conectaba
con el mundo. Unos cuantos metros más adelante, y después de una curva me encontré
con un muro de media zonga bloqueando el paso. Cuando me detuve, del rastrojo
salieron cinco encapuchados armados con palos, machete y una pistola hechiza.
―¡Quieta ahí sapa hijueputa!¾ gritaron en coro, mientras mi confusión
crecía y el corazón me galopaba a tope. No hicieron preguntas, era evidente que
me estaban esperando. Me quitaron el teléfono y el morral mientras aseguraban
que lo mejor era que me quedara calladita, que no sabía con quiénes me estaba
metiendo. El que parecía ser el jefe me ‘‘recomendó’’ que me largara por donde
había venido. Total, por más que jodiera, no iba desviar el camino de la
gente de bien del municipio. Sin resistirme y amedrantada por las amenazas,
aceleré y me devolví a toda velocidad entre una nube de polvo avivada por el
viento. El sudor y la rabia formaron un lastre, una opresión que me ahogaba
mientras resoplaba el polvo.
Al caer la tarde, regresé a San Antonio con la sangre caliente y los pulmones a punto de estallar. Me detuve en la primera tienda del pueblo. Traté de tomar agua para tragarme la piedra que tenía atravesada en la garganta. Estaba hecha de rabia, impotencia y ganas de matar. Salí endemoniada hacia la antigua casona a buscar a Josué. A esa hora debía ir terminando la reunión con El Circulo de los seis.
Apenas giré por la calle del Ático, se desató un caos de escombros, conmoción y alarmas que me arrojaron al piso. Con los tímpanos estallados y un par de heridas en el rostro, me levanté y corrí hacia el Ático. Al fondo de la casona, en medio de una lluvia estática de partículas, encontré la escalera todavía intacta. Subí al Ático casi asfixiada. Por la rendija de un haz de luz solo podía distinguir bultos. De repente, como la mano de un ahogado saliendo a la superficie, escuché el estertor moribundo de cinco hombres reunidos en torno a la barra. De pie, iluminado por una luz mortecina que parecía señalarlo, apareció Absalón, líder campesino de la rebelión de los de abajo, quien me observó y se quedó en silencio. Triunfante y erguido sobre los moribundos, Absalón parecía recién salido de una pesadilla. Todo indicaba que él era el sexto integrante del Círculo. Yo estaba aterrorizada y casi muda, no obstante, susurré:
― ¿Dónde está Josué?-. Al ver mi rostro desencajado, descargó sus manos sobre el mesón
mientras la gravedad descolgaba su cabeza. Mi sangre se atiborró de zozobra y
silencio. Esta intrusiva presencia solo podía ser la señal de un mal desenlace.
—Josué está muriendo en la acera de enfrente: alguien lo apuñaló
en el pecho, robó su motocicleta y huyó con los documentos que traía para El
círculo de los seis-. La noticia petrificó todas mis esperanzas. Absalón
permanecía de pie, sin inmutarse. En mi último estado de conciencia sobrevino el
silencio y la penumbra. En ese instante, como un
fantasma, Absalón gritó:
— ¡Pero eso tú ya lo sabías, Caleb! ¡Lo sabías porque tú también eres Josué! — y desapareció un segundo antes de que el techo se viniera abajo.
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