¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE LA CASA?

 Rastreo de ‘‘la casa’’ en tres poemas colombianos


‘‘La casa era una casa vieja de bahareque con paredes robustas y el techo empañetado de boñiga que cada tanto se desprendía y nos caía encima, dejando boquetes como mapas silueteados que denunciaban las cañas que sostenían unas tejas de barro cocido, por donde se filtraban las humedades en que naufragaban nuestros sueños familiares, obligándonos a mantener un movimiento constante de trebejos y camas, esquivando acrobáticamente la lluvia que se imponía en el interior, idéntica al exterior; en una habitación dormíamos mi hermano mayor y yo, en otra mi abuela y mi hermano menor, y a falta de más piezas mis padres habilitaron la sala como alcoba matrimonial cerrándola con un tablón de tríplex que había que descorrer cada día con sumo cuidado a riesgo de hacer un escándalo de mil demonios cuando se caía al piso, que solo en esa parte estaba embaldosado con unas baldosas verdes de arabescos vinotinto porque el resto del piso de la casa era gris cemento patinado en laca que al trapearse adquiría un brillo pobre, de casa pobre; también había un solar amplio y desprolijo en donde mis padres en los momentos de mayores afugias criaron gallinas y un par de cerdos que alivianaron nuestras insolvencias. Era una casa de apariencia pobre y fea, aunque con una belleza íntima como el dibujo de un niño al que le falta destreza, pero tiene talento porque a las casas como a las gentes nos definen los interiores’’.

ARANJUÉZ, Gilmer Mesa.

LA CASA DENTRO DE LA CIUDAD NO FUNCIONA únicamente como refugio o como paraíso de cucaña: es, ante todo, un espacio donde la poesía se alza como arquitectura del pensamiento y arquitectura del lenguaje. Mientras las calles, avenidas y parques operan como territorios de tránsito y exposición, tal como lo expresó Rogelio Echavarría en El transeúnte, la casa es el lugar donde el sujeto se mira a solas (con o sin ‘‘el otro’’), donde su tiempo se vuelve interior y, por tanto, avasallante. Esta intimidad, como observaremos en Fernando Linero, Evelio Rosero y Samuel Jaramillo, nunca es absoluta. La ciudad sigue penetrando la casa con el rumor insomne del tráfico, con la vibración ansiosa de los muros y la luz mortecina que se filtra por las ventanas. La casa no es un afuera del mundo: es el modo en que el mundo entierra sus garras en nuestros huesos. Ante ella, solo tenemos la reacción o el sometimiento.

La literatura ha sabido explotar esta tensión. Allí donde la ciudad parece inabarcable, la casa se convierte en un bonsai de sus abismos. Entrar en una casa es entrar en una cartografía del silencio: la disposición de los muebles, la sombra de las fotografías, la manera en que se abre o no se abre una ventana; todo puede leerse como archivo movedizo de lo cotidiano. Cada casa es un relato y un poema; es un detalle y un concepto. Incluso podríamos decir que la literatura urbana se sostiene no en la descripción de las calles, sino en la forma en que esos espacios exteriores repercuten sobre los pasillos de lo íntimo, entre las sombras de lo estrictamente personal. La casa es una caja de resonancia de la ciudad: un hedor o un aroma profundo que solo perciben quienes las habitan.


La casa en la poesía

La poesía ‘‘urbana’’ se eyecta desde la casa: ese es el lugar donde la ciudad se vuelve respiración cercana, una mano que entraña la amistad, un vaso comunicante, otro mundo posible. Mientras la calle exhala ruido, tránsito y velocidad, la casa conserva el pulso de tortuga con que caminamos al salir de la cama. La casa es el latido interior de quien huye del mundo; la pausa y el destino entre dos semáforos, el deseo de permanecer en alguna parte cuando todo se mueve incesantemente. La poesía lo sabe: cada casa es un órgano vivo y de ladrillo, algo concreto y que, sin embargo, siempre se escabulle entre sus grietas.

La casa no solo guarda intimidad; también es el vértice de la fractura. La casa es a menudo un espacio de fisuras: la humedad que trepa por la pared puede ser un fantasma de la familia que se resiste a abandonarnos; la ventana rota es la historia de una pelea nocturna; la puerta que chirría es el relato de un abuelo muy amado que se durmió para siempre sobre la hamaca. Lxs poetas leen estas grietas en el tiempo como signos de otra vida. El espacio doméstico se torna cuerpo vivo que habla, recuerda, se desgasta y sueña. La casa es un museo de afectos al que muy pocos entran, la casa es una herida lenta e inapagable a través de la distancia.

En la ciudad la casa se erige como una frontera. Afuera: ruido, tránsito, presencia de los otros, anonimato. Adentro: respiración propia, sombra del pensamiento, cuidado de los objetos que nos definen. La poesía muestra que esa frontera nunca es sólida. La poesía, tal vez, se encarga de desestabilizarla. La ciudad se encuentra con la casa a través del saludo a los vecinos, de la moto que entrega el domicilio, del migrante que grita y pide comida por la mañana. La casa es ciudad filtrada, ciudad domesticada, ciudad hecha secreto. Lo íntimo nunca es completamente íntimo. La poesía así lo revela: la casa no es refugio puro, sino negociación constante con lo exterior. Por eso la reinventamos hasta la muerte.

1.     ‘‘La casa sin ti’’ de Fernando Linero

En este poema la casa permanece en silencio, como agonizante, pero no es un silencio limpio: es el murmullo detenido de lo que fue en otra época. Cada noche guarda la forma de un cuerpo que ya no la habita. Las acciones cotidianas, sencillas como amarrarse los zapatos, se vuelven acciones imposibles, como si buscaran algo perdido, como si quisieran recuperar un gesto, una palabra que alguna vez flotó en el aire. Sumar o restar, en la casa sin ti es atravesar un espejo del tiempo: el fuego de los amigos recuerda la postura de alguien que ya no calienta; los objetos minúsculos, como los ceniceros, conservan la cadencia de conversaciones apagadas. Esta casa vacía no está vacía: está llena de ausencias que pesan, de cenizas que arden, sin temperatura ya, desde la penumbra.

Algunas veces, cuando el tiempo se detiene y el polvo danza lento sobre el aire que moldea al universo, el ayer toma materialidad como una estatua en medio de la sala. Deja de ser momento evocado y se convierte en aparición al medio día: el golpe de una puerta que se abre sin darnos cuenta, el sonido de unos pasos que se alejan, el crujir breve de las hojas entre los libros y una inesperada alegría que luego se desvanece. En esos instantes la casa revive una memoria que no se controla; convoca lo perdido como quien convoca un sueño sabiendo que, al abrir los ojos, se desvanecerá. La casa se convierte en escenario de una obra sin actores, donde el eco de los ausentes es lo único que todavía tiembla.


Al final la agonía del presente siempre se impone, como la respiración atragantada que termina por ahogar a los desesperados. Lo que estuvo ya no está y la casa vuelve a ser lo que siempre ha sido: espacio hueco, continente sin contenido, página arrugada en una caneca -y todas las canecas son como ciudades-. Las palabras se quedan finalmente estáticas, las metáforas vuelven al tartamudeo y el poema abandona la capacidad de invocar. La casa ya no llora, pero guarda el deseo de seguir respirando, como la última esperanza del que tirita esperando algún abrigo. En ese temblor entendemos que la ausencia no se supera: se aprende a caminar dentro de ella. La casa señala eso: que lo que perdimos en el fuego nunca debimos tenerlo, pero sigue agonizando, lenta y evidentemente, en el rictus con que decimos que ya no lo extrañamos.

2.     ‘‘Casa’’ de Evelio Rosero

Aquí la casa es evidencia concreta del absurdo: un cúmulo de objetos que se repiten, insisten, se acumulan sin sentido en la prosa del mundo. La ventana que espera un cuerpo que nunca termina de llegar; los muebles que se lavan y se elevan una y otra vez como si en ese gesto se restaurara alguna fé; y el piso que recibe el peso nocturno del cansancio, sabiendo que mañana volverá a cargar con los mismos pasos. La materia de esta casa no responde: solo refleja. Cada objeto es la huella de un intento, de un esfuerzo detenido. Esta casa no es refugio sino trampa de gestos que no alcanzan su destino, de lugares comunes que aspiran a ser excepcionales. En esta casa la existencia se vuelve descubrimiento y la rutina castiga con un rito que nunca concreta su enunciado.

Y pese a todo, las voces de los vecinos aún tratan de convencernos. Volvemos a brindar con amigos que desaparecen en su resguardo; volvemos a saludar y despedir espectros que no se han ido porque nunca llegaron. La ciudad se asoma como seña y los rumores dicen que aquí viven niños envejecidos de otras épocas. Aquí habita el desorden de otras familias. La vida en esta casa se eterniza en un reinicio perpetuo, en una balsa transparente que nunca llega a un puerto estable. Esta casa nos revela el absurdo y, al mismo tiempo, la fuerza que nos sostiene: persistimos, no porque vayamos a alcanzar la meta, sino porque en la insistencia, incluyendo su futilidad, seguimos aprendiendo la sana costumbre del fracaso.

Ahora nadie dice la verdad, ni los niños ni los enanos que enclaustramos entre pecho y espalda. Tampoco es necesario liberarlos: su presencia permanece en la costura rota de los cojines, en el desorden de la cocina, en el cuadro que se destiñó por el sol del verano. Cada objeto pertenece a una genealogía inestable: manos que los sostuvieron, voces que los rodearon, risas que ya no se contagian. La casa es un palimpsesto de existencias superpuestas, una respiración que proviene de tiempos que no vivimos pero que sentimos como si fueran propios. Allí donde creemos estar solos, las sombras se inclinan sobre nosotros y nos susurran que la soledad es siempre acompañada.


Así es como nos vamos pareciendo a los fantasmas, mientras la casa sigue escribiendo su propio final. Algún día, nuestras huellas también serán recuerdo ennegrecido, nuestras palabras se disolverán contra las ventanas, las fotografías se volverán rostros sin nombres para otros visitantes. La casa que nos contiene también nos superará: se establecerá como escenario de lo que fuimos, pero también advertencia de lo que nunca dejaremos de ser. Fugacidad, paso breve, quejido que se alarga y desaparece con el atardecer. Para quienes vendrán, ya somos un susurro en los pasillos, los versos olvidados que alguna vez creímos absolutos. La casa no solo guarda la memoria: la proyecta hacia adelante y la difumina, y en ese gesto nos confirma que habitamos el umbral del presente y lo impredecible.

Quizás, al final, la casa no sea un lugar, sino una hermosa forma de decir ''nosotros mismos''. Lo que creíamos que pululaba afuera —los objetos, los recuerdos, los fantasmas— en verdad se sostiene amarrado en nuestro interior. Somos nosotros quienes guardamos las voces, los que recordamos los gestos, los que encendemos y apagamos las luces de la infancia. Nosotros somos la casa: las habitaciones son los asquerosos traumas; los pasillos son caminos que abrimos para no perdernos en la adultez; las grietas son nuestros desarraigos irresolutos. Y si la casa está llena de ecos es porque nosotros mismos somos un eco tardío. Si hay fantasmas es porque nuestra imaginación insiste en darles vida. Habitamos la casa como quien se habita a sí mismo: sabiendo que el vestigio de una voz que vibró y luego se apagó, siempre se escuchará sin saber de dónde viene. Nosotros somos la casa; nosotros somos este olvido que se duplica.

3.     ‘‘Casa que respira’’ de Samuel Jaramillo. 

Hay casas que son abrazo y otras que son jaula. Casas donde la memoria encuentra reposo y casas donde la memoria no deja de gritar. En la casa que respira la luz cae como un milagro despiadado y sus aposentos son burbujas que pesan más que un cuerpo derrotado e indefenso. Esta casa ya no conserva el olor de la infancia y se limita a ver el mundo crecer afuera de sus límites. Así es como se aprende el miedo: viendo suceder por fuera lo que nunca sucede dentro de uno. Entonces corremos al patio de la casa buscando un hogar dentro del hogar, pero lo único que encontramos es polvo, vejez y fractura inconfesable. Estos versos se mueven como el viento entre dos polos: el consuelo de la mano sobre el polvo y la desgarradura de un cuchillo que nos sostiene como una herida supurando.


Pero hay algo más: esta casa es proyección para la memoria. Incluso en su condición de casa vencida por la vida —esa casa que alguna vez habitamos y por cuyo frente ya no podemos pasar sin derrumbarnos— su aparición sigue siendo, desde la pérdida, una caverna fulgente para la poesía, es decir, para poner en voces cercanas un significado que aún no se descubre. Además del miedo, también se desea un nuevo futuro, un nuevo más tarde que se escribe desde el ya mismo: como la actualización de un espacio irrecuperable en otra ruptura cotidiana. La poesía de esta casa es un espejo más allá de las ventanas, más allá de las paredes, más allá de sus propias ruinas: esta casa sigue viva en el canto triste de la voz que la recorre, que la dibuja, aunque el canto ya no sea más que un susurro entre la maleza, aunque el dibujo no sea más que un manchón de tinta al final de la hoja.

Esta casa termina despojada de su antiguo esplendor, como una moneda sin valor de intercambio. Su arquitectura tambalea como un hombre flaco y envejecido que apenas se sostiene. Sus paredes forman el costillar virulento de un perro viejo y demacrado: pobre ser asustado que tiembla en sus vigas estructurales, que se encoge en los rincones de su columna y ante una caricia tenue solo responde con un ronroneo que no es placidez, sino súplica. Animalito triste que ha amado y ha perdido; feto que espera, con la humilde obstinación de lo que aún respira, que alguien vuelva a tocarlo con compasión. Pero el viento, el viento lo tumba todo y no queda tiempo para la nostalgia. Solo tiempo para el entierro, para la despedida sin voltear nunca más la mirada. Esta casa se deshace y vuelve a construirse cada vez que respiramos, cada vez que la pensamos y quisiéramos volver, sin poder aceptarlo, a su oscuridad.


           Las casas que faltan

Para el transeúnte de ciudad, la casa puede ser unidad mínima de resistencia. Cuando la ciudad exige rendimiento, tránsito, productividad, la casa se convierte en el lugar en que el tiempo deja de ser útil y se vuelve propio. Allí se guardan los nombres que ya no pronunciamos, las cartas que no enviamos, la ropa de quienes se han ido. La casa es altar. No en el sentido religioso, sino en el sentido afectivo: es el sitio donde colocamos aquello que no queremos perder. La poesía se aproxima a la casa como quien entra descalzo: con cuidado de no despertar dolores dormidos. Pero siempre tropieza y los despierta.

En la noche urbana las calles se llenan de ventanas iluminadas. Cada una de esas ventanas es un poema potencial. Ningún ser humano puede verlas todas, pero sabemos que allí adentro, detrás del vidrio, hay otras historias, otros cuerpos que se enferman, que celebran y que envejecen hasta la locura. La poesía convierte esas luces en constelaciones. La ciudad entonces no es un laberinto de cemento, sino un cielo invertido: estrellas interiores brillando hacia afuera. La casa no es solo un espacio: es una forma de estar en el mundo. La poesía es un relámpago que vuelve visible ese malestar de la materia: frágil, secreta y derruida.

En América Latina, la casa es además un espacio atravesado por antiguas consecuencias políticas y una detestable desigualdad económica. Casas amplias en barrios aristocráticos, apartamentos mínimos en edificios de densidad extrema; casas en barrios periféricos construidas piedra a piedra: la literatura se encarna a veces en estas diferencias y no solo da cuenta de estilos de vida, sino de mundos que difícilmente se encuentran. Cada casa revela la ciudad que la produce; cada muro es una frontera social. Cuando la literatura se detiene en la intimidad doméstica se convierte, entonces, en una hermosa crítica urbana: revela lo que los transeúntes esconden, lo que los mapas omiten.

La casa resulta siendo un lugar en disputa entre la verdad erguida en medio de cada uno, citando a Luis Cernuda, y los datos objetivos de un mundo breve que se nos escapa, citando a Luis Vidales. Allí quedan las marcas de quienes la habitaron y, a la vez, la promesa de quienes podrían habitarla. La literatura pareciera construir casas vivas, sabiendo que todas lo son, incluso cuando se describen vacías. La ciudad puede transformarse, expandirse, derrumbarse y reconstruirse; pero la casa permanece como la unidad mínima donde se almacena lo que cada uno considera importante. La literatura refracta esos cajones secretos. Muestra que, detrás de cada ventana iluminada en el barrio, en el conjunto o a lo largo de la autopista, hay una historia que aún no ha terminado de escribirse.

    Coda: pequeña selección de otros poemas sobre casas

William Ospina

Hernán Vargascarreño.



Hernán Vargascarreño



Mario Rivero



*Enlace a ''Detonador de escritura: la casa como pasado, presente y futuro''*

Autor:

ÁLVARO JOSÉ CLARO RÍOS

Docente de la Escuela de Literatura de Funza

RELATA - Red Nacional de Talleres de Literatura








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