UN GORDITO GLOTÓN
El tío Óscar murió un domingo en la madrugada, pero los abuelos se percataron de su muerte a las tres de la tarde cuando cayeron en cuenta de que no se había levantado a desayunar ni a almorzar. Se le había visto tan contento el día anterior, cuando se puso a cocinar el sancocho para festejar su cumpleaños, que hasta se negó a recibir ayuda en los menesteres. Degolló y desplumó una gallina; arrancó, lavó y peló los tubérculos; troceó el plátano verde, encendió el fogón de leña y allí hizo magia con un poco de sal y cilantro.
Contó la abuela, días después del deceso, que ese sábado el tío Óscar comió de manera desaforada, arrasando con todo el ají machacado con cominos y achiote, se jartó entera una pimpina de guarapo, bailó y cantó sin pena cuanta carranga pusieron en la radio, y habló y habló hasta el cansancio de lo hecho y todo lo que aún faltaba por hacer. También lloró, recordando el día en que el caballo lo pateó y lo dejó cojo para siempre, cuando apenas tenía trece años. Esa fue la razón por la que abandonó la escuela y se aisló para protegerse de las burlas. Al finalizar el convite, extendieron una estera en el piso de la habitación y se acostaron juntos: el tío en medio de los abuelos, estaban tan borrachos que seguramente se durmieron con la ruana, las alpargatas y el sombrero puestos.
Al día siguiente los viejos se despertaron con el cantar del gallo dentro del gallinero; ella preparó tinto, él limpió unas matas de café; ella asó unas arepitas, él puso agua a las bestias; ella le echó lavaza y picó guayabas a los cerdos y él empacó unas panelas para venderlas en la plaza de mercado. Ambos pensaron que el cansancio y el guarapo habían puesto a dormir profundamente al tío Óscar, pero cuando varias gallinas negras empezaron a curucutearle en los ojos y éste permaneció inmóvil sobre la estera, comprendieron que el ánima deshízole del cuero, como dice la canción de Velandia.
Con todo el dolor del mundo comprimido entre las costillas, el abuelo bajó hasta el pueblo en busca de ayuda, pero por ser domingo no encontró funcionario alguno en la morgue ni en la fiscalía. La alerta corrió por cuenta del hospital y la emisora, a través de la cual nos enteramos los familiares que vivíamos en Bogotá.
El lunes, después de finiquitar la amarga burocracia, fueron a recoger el cadáver del tío Óscar a la finquita donde vivían los abuelos. Dicen que se convirtió en una osadía dadas las condiciones del lugar y el clima: desde la casa hasta la falda de la montaña y bajo un torrencial aguacero, seis funcionarios transportaron el cuerpo en una camilla, luego en una carroza de madera tirada por una mula hasta que, finalmente, un carro brillante, largo y negro como la muerte, lo condujo hasta la morgue, bien adentro del cementerio. Corrían las seis de la tarde y el único patólogo del pueblo ya había terminado su turno, el finado permanecía picoteado por las gallinas sobre una mesa de metal, mientras los abuelos lo lloraban sentados sobre la estera, desconcertados y perfectos como un cuadro de Botero.
El martes fue la autopsia y el embalsamamiento. El miércoles llegamos el resto de los familiares. A mí me tocó manejar dieciocho horas sin parar, luchando contra el sueño, el tráfico y el tiempo en una carretera a medio pavimentar, sin tiendas ni casas cerca, con el hambre imperturbable emergiendo cada tanto tiempo como la soledad de las montañas. Llegué directo al velorio: un salón decorado con flores e inciensos alrededor del féretro que expelían una capa delgada de humo, una atmósfera espiritual, ritualista y rara en una familia que nunca había dado señales de misticismo. Me acerqué con la curiosidad de quien nunca ha visto un muerto, levanté la tapa y pude verlo por primera vez: se encontraba peor de lo que me habían dicho. Su piel verde e inerte debajo del maquillaje; sin párpados, pues las gallinas se los habían arrancado. Comprendí entonces el afán por inundar el lugar con algún olor distinto al de la carne pútrida.
Quise vomitar, pero tras varios jadeos me fue imposible con el estómago vacío. Respiré profundamente y una pulsión escatológica empezó a hacer mella en mi apetito adolorido por el gruñir estomacal. Levanté la cabeza, giré los ojos para ratificar nuestra soledad y mandé un lengüetazo al rostro desfigurado del tío Óscar. Verifiqué nuevamente que no hubiera nadie a mi alrededor y recorrí sin pudor esas cuencas verdosas y vacías, también sus heridas a medio suturar y el labio, ese labio seco y entumecido que hubiera mordido de no ser por los cantos religiosos que anunciaban la llegada del sacerdote. Hui del velorio espantado de mí mismo. Algo en el fondo de la conciencia me susurraba que debía expiar esta culpa. Subí a la montaña y robé las gallinas negras sin sacrificar por la abuela.
De nuevo al volante pensé en mi infancia junto al tío Óscar, puse La gallina mellicera de Jorge Velosa, esa canción que tanto bailaba con su pata renga y su totumada de guarapo, pero un cacareo hizo que me detuviera: una gallina negra que, como el conejo en la leyenda de Quetzalcóat, había decidido sacrificarse para alimentar a su dios. Cené con Velosa en el autorradio y recuperé la vitalidad necesaria para las dieciocho horas de viaje a Bogotá.
Después del entierro las gallinas del pueblo empezaron a desaparecer, según escuché en una llamada por teléfono. Los lugareños pensaron que se trataba de un perro salvaje, otros le atribuyeron la desaparición a una serpiente, pero cuando encontraron a los avechuchos en el cementerio tragándose el cadáver del tío Óscar después de haber escarbado la tierra con sus patas y de haber destruido a picotazos la tapa del ataúd, el rumor de satanismo y brujería empezó a circular y entonces se vio con buenos ojos que la carne del tío reposara en el buche de las enfurecidas aves.
Más tarde, la historia se transmitió por un programa radial de entrevistas que escuchábamos en Bogotá: la
angustia y la impotencia nos mantuvo en vilo e intuimos lo peor. Esa noche los
campesinos emprendieron una romería a la montaña. Armados con palos y
antorchas, sacaron sin benevolencia a los abuelos y los amarraron a una mata de
plátano mientras curucuteaban entre las habitaciones de la casa. Absorto, el
periodista narraba con detalle lo que acontecía, incluyendo la meada del abuelo
que temblaba por el frío y por el terror. No encontraron nada, pero prendieron fuego a
la habitación en la que dormía el tío y acto seguido instigaron a los viejos
para que revelaran los rituales del difunto.
Al otro lado del dial los familiares
atestiguamos la cacería de brujas. La primera en hablar fue la abuela, entre
sollozos dijo que el tío Óscar no era ningún satánico, que eso sí aterrorizaba
a las gallinas cuando debía elegir una para el sancocho, pero quién no ha
encerrado una gallina en el galpón para poder desgonzarle el cuello. Él siempre
elegía a las gallina negras porque decía, con una sonrisa de oreja a oreja, que las negras eran hijas del diablo y muy pocos se daban el lujo de comerse al
demonio. Les partía una pata para que cojearan y supieran lo que era vivir así, con el cuerpo escurrido siempre hacia un costado, como él, desde que era un peladito, y las seguía correteando hasta que, la mayoría de las veces, las hacía brincar montaña abajo, pero no,
además de esas locuras que hace cualquier muchacho, cómo se le ocurría pensar que Osquitar era un satánico; no, eso nunca.
Nunca un satánico, dijo el abuelo, y añadió que el problema de su chino siempre fue el hambre y esa manía de degollar gallinas y dejarlas colgadas en su cuarto hasta que se desangraran por completo. Después se las tragaba así, con el cuero verde, crudas. Quién sabe por qué le gustaba sorberle los ojos y terminaba con un mordisco certero en el costillar para sacarle las vísceras. Mejor dicho, que su hijo pudo haber sido un gordito glotón, pero quién iba a imaginar que ¿Óscar, su Osquitar, un satánico? No señor, eso nunca.
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