ERES LO QUE COMES

JAIME ES UNA RATA QUE BUSCA TODO EL DÍA ALGO DE COMER. Del anochecer al alba, recorre los callejones dañinos de la ciudad donde alimenta la esperanza de encontrar las sobras mohosas de un sándwich de jamón o, para su extraña fortuna, los huesos inacabados de un pollo asado hace tres días. Eso sí, aborrece una comida recién hecha. Aunque su vida se resuma a poco más que buscar algo para llenar el estómago, eso no significa que ese algo pueda ser cualquier cosa: un buen sándwich de jamón y queso fresco le provoca náuseas, un pan sin moho lo enferma y una fruta sin podrirse lo puede matar. No cabe duda de que preferiría ayunar hasta morir, antes que alimentarse con un pollo, jugoso y luminiscente, recién salido del asador.

Hace un par de años que le cocino. Lo encontré casi muerto hurgando entre el basurero de la esquina nororiental del parque Leopoldo II, a sólo tres calles de mi edificio ubicado sobre la avenida Juan de Sámano con Augusto Pinochet. Nunca he descubierto exactamente dónde se encuentra su madriguera, pero sospecho que está cerca del basurero en el que hablamos por primera vez.

Desde aquel día hemos sabido construir una amistad, o algo parecido a eso que llaman contar con un amigo. De lo que no hay duda es de que nos ayudamos mutuamente: yo le doy de comer y él mantiene mi cocina libre de todo tipo de plaga, cual animal doméstico protegiendo el hogar de otros roedores. No estoy seguro si él piensa lo mismo de nuestra relación. Aunque es bastante hablador no suele decir nada sobre sus sentimientos más profundos, sobre todo los que tiene hacia nosotros: los ‘‘hocico fresco’’. Ese es el nombre con que se refiere a todos los seres humanos por la costumbre que tenemos de consumir alimentos frescos antes de que adquieran el podrido olor de los lixiviados del mundo.

Muchas veces me pregunto si, de no ser por lo mucho que disfruta mi comida, soportaría realmente mi compañía. Esta duda me surge por lo cortas que son sus visitas. La mayoría de las veces Jaime no extiende su estadía después de haber devorado mis platillos. No es que dude de la satisfacción que le producen mis recetas. Pero aquellas veces que calla, siento que anhela la repetición de alguno de sus platos favoritos, bien sea un estofado con desperdicios de frutas y verduras ensopadas por tres semanas dentro de una bolsa plástica; o quizá sueña con mis macarrones de atún marinados mes y medio en ron con Coca Cola: lo que dicen sus silencios rastreros siempre será una incógnita inconmensurable. Solo en los momentos en que me dispongo a emplatar, Jaime deja que de su hocico fluya el alivio y el hambre, relamiendo con su lengua negra sus diminutas orejas. Esos instantes hacen que todos los problemas que me causa darle de comer valgan la pena.

Cocinarle a Jaime no es tan sencillo. Preparar lo que le gusta implica una amplia labor logística. Al inicio de nuestra amistad tuve que adecuar la cocina para que los ingredientes en descomposición no atrajeran moscas, gusanos, cucarachas y demás visitantes inesperados. Tuve que comprar recipientes herméticos para que el olor no pudiera escaparse. Mi principal preocupación por esos días era que la comida no se quedara pegada en el fondo de los platos. También instalé tubos de ventilación para evitar que el apartamento se impregnara con el olor de los desperdicios.

La semana pasada tuve que desocupar el cuarto de ropas para adecuarlo como alacena. Es el lugar perfecto por la humedad, ideal para que nazcan las bacterias y la levadura sobre todos los alimentos que compro, garantizando ese toque especialmente vencido que tanto le gusta a Jaime. Para cocinarle me cubro con pijamas quirúrgicas, doble tapabocas y delantales de carnicero para evitar infecciones. Remojo y restriego durante semanas la ropa para que no quede rastro del olor a podrido de mi culinaria. Las primeras veces no tomé estas precauciones y terminé desmayado en más de una ocasión, hasta la horrible noche en que desperté con suero intravenoso en el hospital, tratando de contrarrestar el ataque de salmonella que me auto-provoqué con las toxinas de mi alacena.

Jaime es un comensal bastante exigente y si la comida no cumple estas expectativas, la escupe con rabia para luego insultar y salir corriendo. En varias ocasiones hemos peleado por este motivo. Él puede ser bastante hiriente; no mide sus palabras cuando se enoja. Tal vez por eso nunca fue muy bueno haciendo amigos. A veces llega a volverse insoportable. Todos los días regreso cansado de aguantar las pestes que inundan las calles, como la bruja decrépita del 403. Pero Jaime, en su afán por comer de inmediato, no lo entiende y exige un platillo recién hecho lo antes posible. No para de gritar y chillar por su comida hasta que la tiene servida. En esos momentos me corroen las dementes ganas de patearlo como a un balón de fútbol, de ahogarlo bajo el agua, de asfixiarlo con mis propias manos como al estúpido mocoso del apartamento del frente, especialmente aquellas noches en que llora y llora sin parar sin permitirme siquiera conciliar el sueño.


Sin importar lo complicada que se torne a veces nuestra relación, daría cualquier cosa por conservarla. Jaime es lo más cercano al anhelado amigo que jamás tuve. Todos mis supuestos “amigos” me abandonaron después de que el extraño virus deformara mi rostro, dejándome la oreja y la mejilla derecha como queso derretido dentro sobre la carretera. Por aquellos años solo fuimos mi madre y yo, desde que las golpizas de mi padre se tornaron intolerables y huimos al sur del país. Ese sucio bicho nunca pudo volver a mirarme sin rabia. Me culpaba por no haberme defendido del virus, pero ¿qué podía hacer yo contra esos malditos microbios?, ¿acaso creía que disfrutaba tener el rostro como vaso de plástico quemándose sobre la estufa? Tal vez pensaba que siempre quise cargar con estas horribles cicatrices en la mitad de mi cara, porque claro, ¿a quién no le gustaría?

Después de escapar, mi madre y yo fuimos felices durante tres años. Por lo menos estábamos juntos. El miedo y la paranoia por la aparición de mi padre a la vuelta de cualquier esquina nos atormentaba, pero nos calmábamos sentándonos a comer frente al televisor todas las noches. Incluso cuando la enfermedad la mantenía en cama vomitando todo lo que comía, yo me sentaba junto a la cabecera y nos disponíamos de cuerpo y alma para cenar, así todo fuera un acto simbólico, porque al final perdió completamente el apetito. Fue entonces cuando aprendí a cocinar. Quería que ella disfrutara de una buena comida hasta su último día. Después de miles de cartas y reclamos para que el seguro o el gobierno nos ayudaran a pagar su tratamiento, ella quedó tiesa y fría sobre la cama mientras le llevaba un arroz con raíces chinas y corazones de pollo. Me fui de inmediato, me alejé de ese lugar sin saber a dónde. Por algún motivo que no logro entender, terminé nuevamente en esta ciudad, esta asquerosa urbe de desesperanza en la que viven todavía mi padre y sus peores recuerdos. También me juré no volver a cocinar para nadie, incluso para mí; no podía soportarlo. Y así fue hasta la noche en que Jaime, casi agonizando, me pidió algo para llenar su estómago.

A lo largo de nuestra historia hemos tenido épocas maravillosas y otras horrorosas. Lo peor fue cuando la sabandija del 403 se obsesionó con nosotros. Ese engendro maligno trabajó toda su vida doblando la ley en contra de los pobres. Hizo una fortuna defendiendo empresarios y políticos corruptos en los tribunales. Entre sus clientes llegaron a estar nombres como Luis Stalin y Marcela Thatcher. El Pol Pot, la mayor fuente hídrica de la ciudad y sus alrededores ya no tiene peces ni aves a su alrededor, con razón goza del desafortunado mote de el río más contaminado del mundo. Ella fue parte del equipo de abogados encargados de defender a la Manson-Dahmer en el juicio, por el cual, se informó por todos los medios, con profunda indignación para la mitad del país, sólo tuvieron que pagar 300.000 dólares. Pero ella se cree santa porque va a misa, dona el diezmo y se para frente a las clínicas a gritarle salmos y castigos a las jóvenes que abortan. Todavía no entiende por qué Dios fue tan cruel al darle un esposo ludópata que dilapidó toda la fortuna que había acumulado con sus triunfos en los tribunales, hasta dejarla viviendo en este barrio de gente pobre e inmoral donde hasta yo, que no hablo con nadie, me entero de la vida y obra de los vecinos. Ella y su grupito de esqueletos andantes, cuya mayor diversión es sentarse a juzgar a los demás, siempre están a la búsqueda de una nueva causa para iniciar la cruzada final que salvará al conjunto, a la localidad y a la ciudad entera del comunismo, los maricas y la drogadicción.

Como su apartamento queda encima del mío, de vez en cuando le llega el hedor de mi culinaria. Gracias a los tubos de ventilación que conducen los olores hasta la terraza, esto se da de manera muy excepcional: sólo cuando llueve se cuelan un poco por la ventana. Además, se confunden en su mayoría con el humo tóxico de la fábrica B. Netanyahu —la que ella también defendió cuando ejercía en la Adolf H.— Pero ese repugnante vejestorio tiene un sexto sentido para encontrar problemas donde no los hay. Un día notó que la pestilencia era distinta a la de la fábrica. Recorrió todos los pisos golpeando puertas sin importar la hora hasta encontrar la fuente de la extraña fetidez. Mi puerta casi la rompe a golpes, pero fingí no estar en casa y Jaime salió rápido por el callejón. Al otro día le dije que me había quedado donde un amigo y dejé la luz encendida por accidente. Desde entonces desconfió de mí, no estoy seguro si por la mentira o si mi rostro derretido por la infección me hacía sospechoso.

Ella y su séquito empezaron a vigilarme. Espiando desde la ventana, una de ellas vio cómo Jaime saltaba sobre las terrazas hasta llegar a mi apartamento. Un par de horas después, llegó con un exterminador y el resto de las brujas del edificio. Me acusó de estar infestado de ratas, falta de higiene y comprometer la salubridad de los propietarios. Afortunadamente Jaime y yo no somos tontos. Con tan exhaustiva vigilancia, ya sabíamos que algo así podía ocurrir, por eso habíamos tomado ciertas medidas. Había intensificado la limpieza de todo el espacio, sobre todo la cocina. Había instalado una pared falsa en la alacena para esconder los ingredientes, recipientes y todo lo que fuera sospechoso, incluso había un escondite para Jaime. Cuando uno entraba parecía un cuarto de limpieza. También había instalado varias trampas con veneno para rata. Les dije que hacía un tiempo que las ratas se colaban por el desagüe o la ventana esporádicamente y había tenido que tomar medidas para prevenir que se infestara mi hogar. Todos estuvieron satisfechos menos mi inclemente vecina. Por lo menos esa noche no pudo demostrar nada que me inculpara y tuvo que desistir arañándose los nudillos.

Los meses siguientes agudizó la tortura, vigilándome con mayor esmero: investigó qué hacía, dónde trabajaba, quién era mi familia y si tenía antecedentes legales. Al parecer no encontró nada útil. No sé qué artimañas habrá usado para hacerse con la copia de la llave de mi casa, seguramente distrajo al administrador y la sacó del cajón donde guarda las copias de todos los apartamentos.. Esperó a que saliera a trabajar y escabulló su carne arrugada dentro de mi hogar. Buscó en todos los lugares posibles; revolcó mi cuarto y mis cosas; revisó cada plato y sartén de la cocina; movió cada mueble de su lugar. Finalmente encontró la pared falsa que daba a la alacena. Afortunadamente Jaime estaba en su escondite esperando a que se fuera y saltó sobre ella con sus garras. El miedo la hizo desmayar y Jaime aprovechó para encerrarla dentro del cuarto. Cuando llegué me contó todo.

Lo que debíamos hacer era obvio, pero tuvimos que pensar un poco mejor la forma cómo lo haríamos: había maneras civilizadas y otras salvajes de deshacernos de ella. Como no somos tan monstruos tomamos una alternativa civilizada. Le preparé un delicioso plato de ratatouille bellamente emplatado y se lo dejamos dentro para que comiera. Después de casi tres días sucumbió al hambre; el veneno para ratas que había en el platillo hizo su trabajo. Para no dejar rastros la devané en grandes trozos que se lanzaron al Pol Pot y el resto lo rebané en pequeñas porciones para que Jaime comiera durante varias semanas. Esto último fue un grave error.

Conforme Jaime iba comiendo la maligna carne, se iba volviendo más odioso e intolerante. Empezó a fijarse en la vida de los demás y criticarles sin piedad; me trataba cada vez peor, como si fuera su sirviente. Solo odio salía de su hocico frente a lo que fuera diferente, sobre todo ante nosotros los hocico fresco. Tardé demasiado en entender lo que sucedía, pero cuando lo hice fue obvio; “eres lo que comes” decía mi madre y empezaba a comprobar que tenía razón. Así que tuve que tomar la decisión más difícil de mi vida. No podía permitir que Jaime se volviera una nauseabunda plaga como esa anciana. En su sopa favorita, la de pescado añejado y seis quesos, puse un somnífero. Después, entre un río de lágrimas y chillidos de roedor, tomé fuerzas para partirle el cuello.

En primer momento no supe qué hacer con mi adorado amigo, pero ahora no tengo ninguna duda. Le quitaré el pelo y las entrañas, lo sazonaré con las mejores especias, lo dejaré colgado meses en la bodega hasta que adquiera el peor sabor posible. Lo cocinaré al vapor, lo herviré después junto a las mejores frutas, verduras y tubérculos. Cocinaré el mejor estofado que jamás se haya hecho. Invitaré a comer a todos los roedores de larga cola del conjunto, quienes se deleitarán con el extraordinario festín. Todos ellos se convertirán en Jaime y yo nunca volveré a estar solo.


Autor: 
SERGIO ZOQUE

* Enlace al cortometraje ''Hapinness'', crítica social sobre las ratas y la vida humana: 







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