TÉCNICA PARA ESCRIBIR: Una lectura crítica de William Burroughs.


Cuando se piensa en un taller de escritura, se supone que la persona que ocupa el cargo de profesor o director, ocupa ese lugar justamente porque sabe más de la materia que los demás integrantes del taller. Saber más presupone en este caso que hay algo definido que saber, que existe una técnica y que se le puede enseñar a un estudiante capaz, lo cual no es del todo cierto, aunque así lo plantee William Burroughs en el texto ‘‘Técnica para escribir’’.


        En él, Burroughs deja de lado una de las posibilidades más potentes que ofrecen los talleres de escritura: la posibilidad de entrar en contacto con los otros, ese gesto colectivo de plantearse preguntas y tratar de responderlas entre todos. Esto suele verse reflejado también en la escritura: se puede escribir en simultáneo con los demás, leerlos, darles a conocer las apreciaciones personales al respecto de lo que escriben y aprender (replicando aciertos o evitando errores) de sus escritos. A la inversa, se puede dar a conocer lo que uno escribe, recibir críticas y recomendaciones para mejorar la propia obra -o lo que, se espera, se convierta a la postre en una obra-. Así, la enseñanza y el aprendizaje no radica solo en el profesor/director sino en la sumatoria de los saberes de los integrantes. El profesor/director justifica entonces su lugar con la capacidad que tenga -o no- de articular y concretar las inquietudes y las certezas del grupo.



        En lo que sí acierta Burroughs es preguntándose qué puede ofrecer un taller (¿existe una técnica para la escritura?) y en plantear, a modo de respuesta, algunas condiciones básicas que necesitan desarrollar los aprendices de escritores: un cierto grado de coordinación mental, una cierta estabilidad del sistema nervioso y un mínimo nivel de inteligencia. Condiciones que, agregamos nosotros, se manifiestan cotidianamente en la capacidad de sentarse frente a un computador (o frente al papel o la máquina) a escribir sin distraerse; la capacidad para soportar la soledad en ese momento de escritura; la capacidad para establecer empatía con otros, es decir, de ver y escuchar lo que les pasa por la mente; y, finalmente, la capacidad para lidiar con el fracaso y el desaliento producido por los textos fallidos.

        Respecto a esta última, cabe recordar que escribir (crear) es reescribir (re-crear). Al igual que pasa en todos los actos creativos, escribir es un acto de prueba y error, de descubrimiento y aprendizaje, en el cual, a veces, es necesario desechar, borrar y volver a empezar, es decir, reescribir. Si bien borrar lo escrito por uno mismo cuando se está empezando a escribir puede ser doloroso, también es algo que se aprende, que se interioriza en cuanto se entiende que ningún texto borrado es un texto perdido, al contrario, es decantación, revisión y mejoramiento que va a emerger con el paso del tiempo en otros textos, siempre y cuando, tanto director como estudiantes, sigan escribiendo -aunque sean apuntes, como se verá al final de este texto-.

        Otra de las capacidades que menciona Burroughs es la capacidad de observación, para lo cual recomienda un ejercicio que, a su vez, le recomendó un capo de la mafia en Columbus, Ohio. Asegura que cuanto más observador sea un escritor tanto más podrá descubrir cosas sobre las que escribir: cuando vayan caminando por una calle cualquiera, traten de ver a todos los que están en ella antes de que ellos los vean a ustedes. Descubrirán que, si ustedes los ven primero, ellos no los verán a ustedes y eso les dará tiempo para observar o archivar para un uso futuro. Si un escritor es visto primero, no necesariamente dejará de ser escritor, pero puede que se pierda de un escenario o un personaje. Alguien a quien entrevemos al pasar puede ser usado como un personaje años después; un pasillo o el frente de un almacén pueden servir de escenario. Un escritor distraído le cierra la puerta a la percepción.


        Por otra parte, propone Burroughs, un taller puede aportar al aprendiz la posibilidad de convertirse en su primer crítico, porque los escritores no siempre son buenos críticos de su trabajo. En este sentido, un taller tendría como fin enseñar al aprendiz a utilizar eficazmente el tiempo de corrección, edición y selección de lo mejor de sus escritos. Esto tiene que ver directamente con el conocimiento de la lengua en la que escribe, sus palabras y sus posibilidades de encadenamiento, es decir, tiene que ver con el conocimiento y experticia en el uso de sus herramientas de trabajo. Pues, así como hay caricias propias de amantes que tienen difícil explicación racional, pasa lo mismo con el sentido de las palabras. Estas tienen facetas como el diamante y por eso pueden tener varios significados. Hay otras hechas de terciopelo y a ellas se adhieren distintas acepciones que dependen de la ocasión, el contexto o el modo en que son escritas. Con este material se erige la escritura, o sea, con un material esquivo, ambiguo y traidor.

        Existen también las palabras vacías, abstractas, las cuales no tienen un referente definido. Palabras como comunismo, materialismo, civilización, fascismo, reduccionismo, misticismo, etcétera. Hay tantas definiciones como usuarios para estas palabras. Burroughs propone que, cuando una palabra no tiene referente, deberíamos sacarla del lenguaje del escritor. En lugar de escribir fascismo, un escritor debería tener la capacidad de describir y ‘‘hacer ver’’ el fascismo. Por ejemplo, tendría que ser capaz de describir la expansión militar de un país industrializado como lo fue la Alemania nazi; o la opresión diseñada para sostener el apartheid en Sudáfrica. Ambos hechos han sido denominados como fascismo pero ¿son exactamente lo mismo? En la capacidad de mostrar las características minúsculas y desapercibidas de cada situación, radica la fuerza de un gran escritor.


        ¿Cómo puede un taller, entonces, evitar que sus asistentes caigan en estos abismos de significado? Para ello Burroughs propone la escritura cinematográfica. Esta busca concretar toda palabra o frase que, en sí, no tiene otro referente que su misma tipografía. Pensemos, con base en Burroughs, qué es un presentimiento y cómo podría verse en la escritura. De nada sirve, como ya se puede intuir, escribir la palabra y punto. Sería necesario ‘‘presentarlo’’ ante el lector, quizá con un incidente que haya provocado un estremecimiento interior; un murmullo que pasa; una expresión maligna en la cara del vecino; una interpretación oscura de una señal de radio lejana e incomprensible. Porque el lector no quiere saber que el narrador tiene un presentimiento, sino que necesita verlo y sentirlo él también. Así pasa con todas las palabras abstractas. No se debería escribir un monstruo indescriptible; habría que demostrarlo. El lector quiere ver al monstruo. Para eso compra el libro. Esta habilidad para escribir en términos visuales es la base de la escritura cinematográfica. De ahí la importancia de pensar en imágenes y escenas concretas, porque si algo no se puede ver, oír, sentir, oler, generalmente tampoco debería escribirse.

        Recapitulando, un taller de escritura debería exponer constantemente ante los integrantes la necesidad de soportar la disciplina física de sentarse ante cualquier dispositivo de escritura y escribir, escribir y escribir; la necesidad de asimilar y persistir el desaliento provocado por sus textos fallidos; la necesidad de soportar la percepción de su obra por parte de los demás; la necesidad de pensar en términos visuales concretos; y la necesidad de poseer un conocimiento complejo de la lengua en la que escribe para poder ser su primer crítico.

        Por último, y lejos de cualquier otra pretensión, un buen taller de escritura debería, de base, promover en el aprendiz la práctica y el hábito de tomar apuntes, de escribir sus ideas, de plasmar sus interpretaciones del mundo. Se dice que las historias suelen llamar al escritor, como si le rogaran para ser escritas. Lo mismo que esos bebés que, sentados en el piso, nos echan los bracitos cuando pasamos cerca como si se estuvieran ahogando. Todo aprendiz de escritor debería volverse incapaz de ignorar a ese llamado. Tendría que estar dispuesto a dejar de lado cualquier cosa que esté haciendo, para, por lo menos, hacer una anotación sobre ella, imaginando su futuro en forma de argumento, en forma de semilla que germinará algún día. Cabe insistir aquí en que todo apunte es importante porque es el estado embrionario de un texto (la previa del sentido, o sea, la potencia del sentido). Cualquier taller de escritura debería invitar a sus integrantes a atesorar sus apuntes porque la tendencia de un apunte al volverse texto, como la de un niño al volverse adulto, es arruinarse.



        Porque un buen apunte es una imagen suelta, pero cristalina, que contiene una idea potente. Un buen apunte se parece a la poesía. Cualquier aprendiz debería juntar incesantemente sus apuntes, como un ''hoarder''. Un acumulador. Alguien que no puede - aunque quiera- deshacerse de nada de lo que tiene. En el camino de la escritura, es mejor ser un acumulador que un despojado. Si bien hay textos que resultan fallidos, nunca debería descartarse que, por lo menos una parte de ellos, son un posible material para otra historia.

        Cualquier taller de escritura entonces, además de textos terminados, debería estar lleno de apuntes potencialmente usables y estos, los apuntes, deberían estar siempre apretados contra el cuerpo caliente de los estudiantes, encendidos como faros en la oscuridad, como una apuesta con grandes posibilidades de ganar, como su más esforzado símbolo de fe.

Autor: 
ÁLVARO JOSÉ CLARO RÍOS
Docente de la Escuela de Literatura
Centro Cultural Bacatá de Funza

      BIBLIOGRAFÍA

                   •  Burroughs, W. S. (2015). Técnica para escribir. En La máquina sumatoria (pp. 71- 80). México: Paradiso Editores.






Comments

Popular posts from this blog

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE BARRIO?

ESCRIBIR Y CREAR EN EL CENTRO CULTURAL BACATÁ DE FUNZA

LEVANTAR LA MANO CONTRA UNO MISMO: Reseña crítica de ''Los suicidas del fin del mundo''.