PLACERES OCULTOS

 RESEÑA
Por Jonathan Caviedes

Oriunda de Popayán, Cauca, Jimena Bacca habita hace más de 10 años en Funza. Ingeniera Electrónica de profesión, hace parte del Grupo de Amigos de la Biblioteca (GAB) Marqués San Jorge. Participa de los talleres de literatura del Centro Cultural  Bacatá, Funza para contar y del Círculo femenino de la palabra.

    Algunos de sus textos se han publicado en: Cartografías del Silencio, Revista Alondra, Antología de la Red Relata, Antología Sobrevivientes, Antología Hecha a Mano, entre otras. 

        “Placeres ocultos” es un relato que transcurre en pandemia, narrado desde un conjunto residencial donde todo es aparentemente “apacible”. Existe un negocio clandestino que enciende las alarmas entre los vecinos. Como un testigo inserta al lector en las dinámicas de convivencia y moralidad de la vida en comunidad. También indaga sobre las nuevas formas de generar ingresos a partir de prácticas debatibles por los habitantes del conjunto. El negocio clandestino se desarrolla en una de las casas  más grandes. La protagonista no sospecha nada. Se entera abruptamente del trabajo de las jóvenes y escucha las opiniones a favor y en contra de dicha empresa, para terminar empatizando con los motivos de las compañeras.

        Desde la ficción literaria, Bacca plantea una pregunta que atañe a la forma en que se mueve o se hace el dinero y la moral frente a la industria sexual creciente en el país. ¿Existe un tipo de trabajo para migrantes que genere los mismos ingresos que producen estas industrias?


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PLACERES OCULTOS
Por Jimena Bacca


Me mudé aquí porque es un conjunto residencial tranquilo, donde no se escucha jamás una pelea; no hay música estruendosa, a veces, por mucho, mi vecino veinteañero pasa sus tusas por varios géneros musicales, pero tiene hasta buen gusto. Estuvimos tres meses guardaditos cumpliendo la cuarentena. En aquellos días nunca fui a la portería, no pedimos un domicilio; mi esposo fue el elegido para ir al supermercado a traer los víveres. Los hijos estaban en estudio virtual, ejercicio virtual, cumpleaños virtuales y la lista de la virtualidad se extendía hasta el hartazgo.

Cuando empecé a salir una vez por semana para ir al trabajo, en el camino me encontraba a las chicas que entraban a la casa 153, nos saludábamos con una señal sostenida a la respectiva distancia; cubiertas con los tapabocas parecíamos las protagonistas de El cuento de la criada. Esta casa cambió de dueños hace menos de un año: decían que un joven la había comprado y no la pudo ocupar por las restricciones de mudanzas del inesperado virus que inundó nuestras vidas. Desde entonces, la 153 siempre tenía las cortinas cerradas; yo tampoco abría las mías, no me acostumbraba al frio de la sabana, nunca se me hizo normal. A veces mi perro ladraba al escuchar la puerta abrirse con un desconocido patrón mientras la tarde agonizaba. Pensé que las inquilinas salían a trabajar en turnos; decían ser empleadas en una fábrica de alimentos para gatos. Las pobres no tuvieron confinamiento. Bien abrigaditas se veían entrar y salir, con sus caras semi cubiertas con un tapabocas bajo la barbilla, dejando relucir su misteriosa belleza.



    Me falta decir que no hubo asamblea de propietarios en el 2020 por el Covid-19. Muchos se quedaron con las ganas de cambiar a la administradora que llevaba más de una década robando. Este año la nueva normalidad hace necesario que se le dé el liderazgo a la asamblea, aunque sus reuniones sigan siendo virtuales, gracias al placer de estar en casa que aprendimos a la fuerza durante el encierro. Un vecino con barba juvenil, con su cámara encendida, levantó la mano a través del Zoom y le dieron la palabra:

    —Buenas tardes, vecinos, lo mío es una queja. Debido a la intervención de don Evaristo, el de la 152, que colocó una querella contra la empresa que había iniciado desde mi casa, la 153. Esta empresa fue creada con mucho esfuerzo y sacrificio, pero tuve que suspender sus actividades por culpa de este viejito.
      —Lo primero que pido, señor Rangel— intervino don Evaristo en la reunión— es que explique bien la índole de su negocio.

       —Si no me sigue interrumpiendo— prosiguió Nicolás Rangel— lo explicaré con gusto: es un negocio de venta a través de cámaras, mis empleadas ofrecen servicios tecnológicos.
        Estallaron las murmuraciones de parte y parte. El viejo Evaristo siempre amargado, impidiéndoles prosperar a los jóvenes, susurraba la vecina de la 131 mientras que doña Barbara, la de la 140, decía que es un acto de obscenidad llamar ‘‘empresa’’ a prostituir niñitas a través de esos aparatos.



Quedé atónita durante meses. Seguía saludando a las tres chicas, pero ahora imaginaba sus vidas lejos del país natal, trabajando de sol a sol, o mejor, de cámara en cámara, para hacer el diario y enviar el sustento a sus familias en la frontera, durmiendo juntas para alivianar sus penas en la misma cama.

Ante el anhelo de comunicarse con sus familias, cada vez que se caía el internet, se desesperaban. Ahora recuerdo que una vez pidieron conectarse a mi red. Atrapada por un temor ancestral, en ese momento dije que no tenía datos. Todavía me arrepiento. 





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