NO ME VA A PASAR LO MISMO DE SIEMPRE

 RESEÑA
Por Luis Alberto Aponte


Este cuento es de autoría de José Napoleón Hernández, escritor venezolano radicado actualmente en Argentina. En el ámbito literario, se dedica principalmente a los géneros del cuento y la poesía. Participa en el Taller Funza para contar, de la Escuela de Literatura del Centro Cultural Bacatá de Funza. Algunas de sus obras se han publicado en antologías y revistas literarias.

En No me va a pasar lo mismo de siempre, Hernández narra la historia de Pepe, un joven habitante del pueblo de Carvajal, en Venezuela, quien —a pesar de llevar una vida marginal junto a sus amigos de bohemia— termina siendo víctima del poder arbitrario de un Estado represivo.

El relato evoca con fuerza el ambiente del bar de Rufo, a mediados de la década de 1970, un espacio donde el tiempo parecía detenerse y repetirse, entre música popular de la época, juegos tradicionales y tragos compartidos. En este escenario, los narradores reconstruyen las últimas cinco horas de vida de Pepe, el personaje principal.

Pepe había sido reclutado por la fuerza dos años antes; era soldado del ejército. Un fin de semana de julio, como tantos otros, salió de permiso y, fiel a su costumbre, fue directo al bar de Rufo. En el bar, se crea un ambiente de fiesta con la introducción de personajes típicos, así como de los apodos de otros personajes, que le dan un ambiente pueblerino. 

Pepe, llegaba, bebía en exceso, armaba pleitos, y no regresaba a tiempo al cuartel. Entonces los militares iban a buscarlo y lo arrestaban. Pero esta vez, estaba decidido a que no le pasara lo mismo de siempre. Así lo repetía una y otra vez, en las canciones que cantaba y tarareaba.

Y sin embargo, todo volvió a repetirse. Fue al bar, se emborrachó, provocó líos, no se presentó en el cuartel. Los militares llegaron, lo apresaron y lo arrojaron como un bulto en la parte trasera de la camioneta, inicio in extremis del cuento. Finalmente, el título, No me va a pasar lo mismo de siempre, por un lado, se introduce como una premonición a lo largo del cuento por medio de la reiteración; y por el otro, la presencia de los versos de una canción de la época le agrega matices vinculados al desarrollo de la historia.

El cuento conmueve por la intensidad de sus imágenes y el tono evocador del narrador, quien recuerda los hechos, años después, desde la posición de los narradores: omnisciente y primera persona. 

¿Será que, al leer esta historia, algo de ella resuena con nuestra realidad actual?


___________________________

NO ME VA PASAR LO MISMO DE SIEMPRE
Por José Napoleón Hernández


Por el amor a mi madre

voy a dejar la parranda


Aquella fue la última vez que lo vieron: los vecinos de la entrada a Curazao, los hijos de la maestra Pepita y los muchachos de Edén Téllez. También quienes salían del bar de Rufo: jugadores de dominó y bolas criollas, borrachos sin rumbo y otros, con rumbo y cierta sobriedad.

—¡Suéltenlo! ¡Él no le hizo daño a nadie! ¡Déjenlo en paz! —gritaron. 

Lo arrojaron a la jaula metálica de la camioneta: un golpe seco, ahogado por el bullicio. 



—¡Trato inhumano! —gritó alguien con voz ruda— ¡Él no es un delincuente!  

Y yo… yo no entendía. Hoy, con los años encima, me veo allí, preguntándome por qué se lo llevaban preso si lo único que había hecho era emborracharse. Al fin y al cabo, esa borrachera era suya —de nadie más.


Y aunque me digan cobarde

a mí no me importa nada


***

Pepe, inmóvil en la esquina, releía el cartel con la figura de un águila de alas desplegadas: Bar Altos de Milla, aunque todos lo conocían como el bar de Rufo. Sabía por qué aquella postura altiva lo hipnotizaba: era el emblema de una soberbia que alguna vez creyó suya. Entonces volvía a tararear la canción que lo arrojaba otra vez al abismo del remordimiento. Era la canción de moda, la que sonaba en todas las rocolas: tan tradicional y arraigada que todos los borrachos la repetían como una plegaria rota. 

Esa águila también traía a la memoria aquellos días en que iba a pie al colegio bordeando la carretera, lanzando piedras a cualquier pájaro que se cruzara en su camino: arrendajos, azulejos, loros y, como los llamaba el abuelo de Joseíto, los pájaros negros —los cuervos—. Las piedras, siempre las piedras… cuántas veces habrían terminado en los techos de zinc de las casas. Y entonces, a correr, justo antes de que los vecinos aparecieran en las puertas, furiosos, con los gritos persiguiéndolo: 

—¡Pepe, hijueputa, te voy a acusar con la señora Carmen!

                                            

Mi madrecita llorando

me dice que ya no tome


***

Pepe pasó frente a la casa de Marta Barrios, junto al bar. Allí, un televisor en blanco y negro, encaramado sobre patas larguiruchas, anunciaba la final del Mundial de Fútbol entre Alemania y Holanda, prevista para el día siguiente. 


Al entrar al bar de Rufo, se abría un pequeño salón donde reposaba, como un testigo, una rocola. El brazo metálico de la máquina recorría los discos de 45 r. p. m. buscaba el código -una letra, un número-. Una canción. Bastaba una moneda: cuatro melodías. 

 Las canciones sonaban en cadena: el bolero ranchero y oscuro: “Sombras nada más, entre tu vida y mi vida...”; la cumbia corralera de un amor extraviado: “Hace un mes que no te miro, hace un mes que no te abrazo…”; y la tristeza jaramillera: “No puedo verte triste porque me mata, tu carita de pena, mi dulce amor…”. Esa tristeza jaramillera, así la llamó Joseíto la vez que fue con su abuelo Encarnación a cazar lapas en el río Jiménez: 

—Las lapas tienen los ojos tristes, abuelo… como las canciones de Julio Jaramillo. ¿Cuánto tiempo habrá pasado el abuelo Encarnación en la cárcel por cazar una simple lapa? ¿…Simple?

Eran canciones con letras que herían, olorosas a puño, a puñal, a tristeza. Cortantes, envalentonaban a unos y entristecían a otros, cada vez que se enchumbaban de cerveza, ron, cocuy o miche. Melodías que no perdonaban, que seguían vibrando en el pecho después de sonar.


Mi madrecita llorando

me dice que ya no tome

***

Pepe llegó con la cara tímida, haciéndose el pendejo, como decía Ricardo Paredes cada vez que lo veía. Saludó con el brazo derecho a los cuatro tempraneros que jugaban dominó, sumidos en una nube de humo.



—¡Te ahorqué la cochina! —gritó Palillo, golpeando una pieza del dominó contra la mesa.  

Sobre la pared frontal, el hijo mayor de Rufo y María Ester, Cholero, había plasmado un cuadro. Una mujer semidesnuda sostenía un cigarrillo entre los dedos. El humo se perdía en sus cabellos oscuros, mezclándose con los bucles que exhalaban los jugadores. Pepe sonreía con picardía cada vez que sus ojos se cruzaban con la pintura.


Luego se acercaba al mostrador, apoyaba los codos y lanzaba su pedido, sin prisa:

—Rufo, deme una cerveza bien fría —ordenaba, golpeando el mostrador húmedo con la palma abierta. 

—Recuerda que me debes las de la última vez… —replicó Rufo, con una sonrisa burlona—, y dime, ¿cuándo saliste del cuartel, soldado? 

—Salí el viernes por la mañana, pero debía volver hoy antes del mediodía. 

—¿Otra vez andas volado? O sea, que hoy te va a pasar lo mismo de siempre —resaltó Rufo, sirviendo la cerveza con parsimonia, como si alargara un presagio.

—Sí… pero el coronel ya está acostumbrado a mis demoras. No tardarán en venir a buscarme; me llevarán preso otra vez —dijo, y a tucún tucún tomó toda la cerveza—. Otra más —pidió, y los ojos se le encendieron como dos brasas—. ¡Pero esta vez no me va a pasar lo mismo de siempre! —gritó, desafiando al aire.



Rufo lo observó en silencio mientras servía la siguiente. Ese es tu problema. Lo mismo de siempre: sale franco, llega, se emborracha, forma peos y… otra vez termina en el calabozo.


Adiós botellas de vino

adiós mujeres alegres


***


Después de cuarenta años, todavía lo veo todo. Cada rincón, cada pared… todo, todo del bar de Rufo. Como si el tiempo no quisiera mudarse —en el tiempo de La Cabecera y de Carvajal—. Las mesas cojas, las paredes rayadas y opacas por el humo de los cigarrillos, el techo de zinc que crujía cuando el calor se metía por todas partes. Todo igualito. Quieto. Suspendido. Como si el bar no supiera envejecer. 

Lo más vivo eran los juegos de bolas criollas. Cada tarde, cada noche, las voces se repetían como un eco interminable:

—¡Esa bola, la verde!

—¡No, la roja primero!

—¡Más suave, más suave, por aquí!

Mientras tanto, en la mesa de dominó:

—Trancado el juego.

—¿Por qué lo trancaste? ¡¿Eres pendejo?! 

—¡Déjame pensar, güevón! 



También me gustaba escuchar las peleas breves entre Rufo y María Ester, su esposa. Ella, seria y desconfiada, patrullaba el lugar con la voz fina que frenaba a cualquiera que se pasara de tragos. Rufo era diferente: un hombre conversador, afable, dado a evocar memorias ajenas. La palabra era su alimento.

Mi hermano Isabelino “Farmacia” era quien mejor los conocía. En los peregrinajes por los bares del pueblo —yo lo seguía sin discutir, como siempre—. La ruta no tenía un orden secreto: primero el bar de Luisa, luego El Tranquero, después el bar La Preferida de Miguel “Papujo”, y al final, siempre, el bar de Rufo. Allí, apenas cruzaba la puerta, Isabelino dejaba caer su sentencia, como quien reparte un secreto:

—María Ester es la acción; Rufo, la filosofía —así los saludaba.

Los borrachos lo celebraban con carcajadas, chocaban vasos y botellas, y alguien, clavando la mirada en ella, soltaba el remate: 

—Pero no parece…  con lo chiquita que es… y lo jodida que resulta la condenada.


Adiós todos mis amigos

adiós los falsos quereres

***

Yo, era apenas un niño. Casi entrando a la adolescencia. Los fines de semana me gustaba merodear por el bar de Rufo. Allí vi muchas veces llegar a Isabelino con sus palabras llenas de alegría; y a Napoleón, riéndose de las ocurrencias de su hermano.



A Rufo y a María Ester no les hacía chiste que yo anduviera por allí —o, mejor dicho, entre los borrachos—, pero me querían… o al menos me tenían cariño. Ese cariño me lo gané corriendo a avisarles, cada vez, cuando el camión de la cerveza asomaba la trompa por la calle.

Por las mañanas también los ayudaba a recoger los taburetes regados por todo el lugar, alineándolos junto a la cancha y en el corredor. Lo mismo con las sillas: las cargaba en silencio, siguiendo los pasos de Rufo. 

Silencio. Y madera. Y yo entre ellos. Pequeño. Atento

Por eso, a veces, ellos mismos me alcahueteaban: 

—Cuando llegue la policía, te escondes en la casa y te pones a estudiar —decían, entre risas y guiños cómplices.

***

Por el amor a mi madre

haré cualquier sacrificio



Después de tragarse las primeras cervezas, Pepe rondaba como perro con gusanos. A paso torcido, regresó al salón del dominó. A la izquierda, los refrigeradores rebosaban de cervezas frías, vestidas de novia —como solía decir Perro Lobo con su voz de caverna—. Sobre uno de ellos, un cuaderno viejo servía para que Rufo y María Ester llevaran la cuenta de las cervezas, pedidas a punta de gritos. 


Antes de que sea muy tarde

voy a quitarme del vicio


En la cancha de bolas criollas, estaba Eleazar Araujo, firme como una estatua de plaza, listo para el juego, vestido como si fuera a misa de domingo. Tomaba el par de bolas verdes y parecía esperar algo más que un turno para bochar la bola roja, mientras recordaba sus viajes a Torococo. 



En el salón, como un sediento, Pepe pidió otra cerveza y, en tres largos tragos, vació la botella. Cruzó el cobertizo sin paredes, de techo de zinc, y se dejó caer sobre el muro pequeño que servía de asiento improvisado. A la derecha, el baño aguardaba por las urgencias generadas por las cervezas. Hasta allí, María Esther le llevó otra botella. Pepe la vació y llegó hasta el borde de la cancha. Sonrió. El juego ya había empezado, con las bolas verdes y rojas regadas por el suelo y el mingo entre ellas. Hincado sobre la pierna izquierda, con la derecha estirada al límite, “El Faro” balanceaba el brazo como péndulo. Atrás. Adelante. Y soltó la bola roja sobre la tierra seca—, que rodó mansa, precisa, deslizándose con la cautela de una gata. Como una gata, así decía Luis “El Gato” Terán. 

—¡¿Quién me quita ese arrime, nojoda?! —desafió “El Faro”, mirando a Ramón “Cañaña”.

“Mantequilla” agarró la regla de madera y se acomodó los lentes de culo de botella. Luego, con esmero, midió la distancia de cada bola al mingo. Apenas terminó, se enganchó en una discusión con “El Chinche”, mientras Omar, el otro hijo de Rufo y María Ester, los observaba en silencio.

Orlando “el Mentiroso” no aguantó más y, para apaciguar la discusión, gritó:

—¡Gana la verde!

—¡Quiero jugar! —dijo Pepe, con la voz apagada. Nadie oyó.


Sé que no soy un cualquiera

si a mí me vive mi madre


Desde cada rincón se escuchaban voces desiguales: 

—¡María Ester, anótame tres frías! 

—¡Rufo, dos para mí! 

—¡María Ester, cuatro p'acá!  —gritaba Camilo desde la mesa de dominó.

Pepe se acercó a Beto, que llegaba sudoroso, y le susurró al oído con tono desafiante: 

—Y antes de que sea muy tarde, voy a quitarme del vicio —cantó y, cerrándole el paso, lo miró con los ojos vidriosos.

—¿Tan temprano, borracho y buscando pleito? —dijo Beto, empujándolo hacia un costado y siguió a paso firme hacia la cancha. 

Pepe, sin equilibrio, cayó de espaldas sobre el césped mojado. Intentó levantarse, pero el cuerpo lo traicionó y volvió a caer, esta vez de bruces. Se arrastró hasta el muro de bloques y, con esfuerzo, logró sentarse: torcido, como si el peso de la borrachera le encorvara el cuerpo.

Con más terquedad que fuerza, volvió a ponerse en pie y avanzó, tambaleante, hasta la mitad de la cancha. Llegó retador, con una cerveza en la mano izquierda, mientras con el índice de la derecha iba señalando, uno por uno, a los jugadores: 


—¡Los voy a joder a todos! ¡Esta vez no me va a pasar lo mismo de siempre! —escupió al aire, y dando tumbos, se acercó a la esquina donde Víctor “el Chopo” se empinaba una cerveza que desapareció en dos tragos: 

—Dame un palo de cocuy, “Chopo” —pidió Pepe, aferrándose al poste de madera del que dependía su equilibrio.


Si no, yo ahorita anduviera

como la pluma en el aire


Víctor “el Chopo” miró a su alrededor, desconfiado y misterioso, antes de sacar del bolsillo trasero la botella de Jirajara que nunca le faltaba —su compañera de rondas solitarias y nocturnas—. Pepe bebió un trago largo, arrugó la cara y una tos seca le sacudió el pecho. Luego, con una sonrisa entre los dientes manchados de chimó, se plantó en medio de la cancha.

—Quítese del medio de la cancha, ¿o quiere que le clave esta bola en la frente? —amenazó una voz áspera entre el ruido.

—¿Y con cuántos cuenta? —replicó Pepe, mirando a todas partes.

Rufo apareció a su lado, lo batuqueó del brazo y lo soltó en el borde de la cancha.

—¡Otra cerveza! —pidió con la voz torcida.

Un rato después, María Ester, de mala gana, le alcanzó otra botella.

Bebió a sorbos torpes; parte de la cerveza, fría y espumosa, le escurrió por el pecho sin que él lo notara. Tambaleándose, volvió a plantarse en el centro de la cancha.



—¡Quiero otra! —gritó, pero antes de que reaccionara, Rufo lo agarró y, con poco esfuerzo, lo llevó y lo sentó en el muro, frente al baño.

—Quiero otra… —repitió, antes de caer hacia atrás sobre el césped húmedo.


Adiós botellas de vino

adiós mujeres alegres



Antes de tocar el suelo, Pepe ya estaba dormido. No advirtió la llegada, como una apisonadora, del sargento y los tres soldados. Lo levantaron sin contemplaciones. Dos de ellos lo sujetaron con fuerza por los brazos, mientras el tercero lo jalaba de la correa del pantalón. Lo arrastraron hasta sacarlo del bar. 



Con la curiosidad pegada en los ojos, salí a la calle. Lo vi todo: el sargento y sus hombres lo arrastraron como un bulto, lo balancearon y lo lanzaron al fondo de la jaula de la camioneta. Un golpe fúnebre se mezcló con las risas de los soldados. Después de lanzarlo, entraron al bar y se sirvieron una cerveza. 

No vi a nadie pagar.  


***

Adiós todos mis amigos

adiós los falsos quereres


El domingo por la mañana corría la noticia sobre Pepe: sangre en la cabeza, baba roja en los labios. 

—No me va a pasar lo mismo de siempre —dijo Toño Contreras, con una llave ajustable en la mano—. Lo había gritado toda la noche. 

—Tenía razón —pensó Silvio Barrios, mientras se subía a su Impala amarillo.

Desde el bar de Rufo sonaba la canción marcada en la tecla B5 de la rocola, pero ahora sonaba diferente.

Por el amor a mi madre,

voy a dejar la parranda




Comments

  1. Fue inevitable leer el epígrafe sin cantarlo. Que chimba la música popular para ambientar los cuentos.

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  2. Que potencia la voz narrativa de este escritor que no se anda con rodeos, ni menoscabo, ni ahorro de palabras ni de hijueputazos.

    No hay duda de que además es un poeta, se siente en el texto el ritmo, la cadencia, las imágenes que solo un buen poeta puede ponerle a un relato.

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