INSERT COIN
RESEÑAPor Gustavo Medina
En el vibrante universo de un
centro de diversión digital, dos almas se refugian de la lluvia y de sus
vivencias individuales. Una de piel nívea y la otra de tez morena, se
encuentran, se separan y se reencuentran en una batalla épica, sin saber que
sus destinos están entrelazados. La vida real las ha mantenido distantes, pero
la realidad virtual las une en un conflicto donde pueden experimentar quienes
eligen ser.
¿Qué sucede
cuando los límites entre el juego y la vida se desvanecen? ¿Podrán estas dos
guerreras, rivales en la pantalla, tener contacto más allá de la fantasía?
En ‘‘INSERT
COIN’’, Wilson Amado Gamboa nos ofrece un relato fascinante sobre la conexión
humana, el contraste de nuestras realidades y la delgada línea que separa lo
que somos de lo que anhelamos ser. Un cuento que te dejará reflexionando sobre
las batallas que libramos, tanto en la vida real como en el mundo virtual.
Nacido en
Bogotá, Wilson creció en los barrios del oriente de la capital. Desde su
infancia, ha entrelazado personajes cotidianos con historias reales y de
fantasía, escribiendo cuentos con un claro mensaje de protesta y libertad de
expresión.
Sus primeros
pasos en la poesía clásica moldearon su estilo y lo acercaron a la narrativa,
donde ha destacado en varios concursos y ha sido publicado en revistas y
antologías. Hoy, combina su trabajo con lo que él mismo llama "el descanso
perfecto": sentarse a escribir y dejar que la imaginación le dicte sus
historias.
En el vibrante universo de un
centro de diversión digital, dos almas se refugian de la lluvia y de sus
vivencias individuales. Una de piel nívea y la otra de tez morena, se
encuentran, se separan y se reencuentran en una batalla épica, sin saber que
sus destinos están entrelazados. La vida real las ha mantenido distantes, pero
la realidad virtual las une en un conflicto donde pueden experimentar quienes
eligen ser.
¿Qué sucede
cuando los límites entre el juego y la vida se desvanecen? ¿Podrán estas dos
guerreras, rivales en la pantalla, tener contacto más allá de la fantasía?
En ‘‘INSERT
COIN’’, Wilson Amado Gamboa nos ofrece un relato fascinante sobre la conexión
humana, el contraste de nuestras realidades y la delgada línea que separa lo
que somos de lo que anhelamos ser. Un cuento que te dejará reflexionando sobre
las batallas que libramos, tanto en la vida real como en el mundo virtual.
Nacido en
Bogotá, Wilson creció en los barrios del oriente de la capital. Desde su
infancia, ha entrelazado personajes cotidianos con historias reales y de
fantasía, escribiendo cuentos con un claro mensaje de protesta y libertad de
expresión.
Sus primeros pasos en la poesía clásica moldearon su estilo y lo acercaron a la narrativa, donde ha destacado en varios concursos y ha sido publicado en revistas y antologías. Hoy, combina su trabajo con lo que él mismo llama "el descanso perfecto": sentarse a escribir y dejar que la imaginación le dicte sus historias.
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INSERT COINPor Wilson Amado
A la entrada del Centro de
Diversión Digital y Realidad Virtual, dejando la lluvia atrás, en medio de
quienes se alejan a diario de la vida cotidiana, se cruzaron las miradas
desconocidas de Aura y Estrella. Estrella pasó con su hermosa piel marrón y su
cabellera de pequeñas trenzas doradas y negras, contrastando con la iluminación
cyberpunk del lugar. A su lado se erguía Aura, completamente rubia y
nívea como un amanecer polar. Ambas estaban hechas para estar allí, aunque, si
se hubieran conocido antes, muy seguramente, habrían tenido otros planes.
En la
recepción, cada una, sin importar la presencia de la otra, compró las fichas con las que jugarían en la realidad virtual. En salones
diferentes, cada guerrera se puso los guantes de nylon, las gafas que cubrían
la mitad del rostro y eligieron las armas con las que luego se sumieron en la
sangrienta batalla. Ajenas al mundo material que las sometía, la virtualidad
ayudaba a liberar el estrés diario manchado por el capitalismo y la barbarie.
A la entrada del Centro de
Diversión Digital y Realidad Virtual, dejando la lluvia atrás, en medio de
quienes se alejan a diario de la vida cotidiana, se cruzaron las miradas
desconocidas de Aura y Estrella. Estrella pasó con su hermosa piel marrón y su
cabellera de pequeñas trenzas doradas y negras, contrastando con la iluminación
cyberpunk del lugar. A su lado se erguía Aura, completamente rubia y
nívea como un amanecer polar. Ambas estaban hechas para estar allí, aunque, si
se hubieran conocido antes, muy seguramente, habrían tenido otros planes.
En la
recepción, cada una, sin importar la presencia de la otra, compró las fichas con las que jugarían en la realidad virtual. En salones
diferentes, cada guerrera se puso los guantes de nylon, las gafas que cubrían
la mitad del rostro y eligieron las armas con las que luego se sumieron en la
sangrienta batalla. Ajenas al mundo material que las sometía, la virtualidad
ayudaba a liberar el estrés diario manchado por el capitalismo y la barbarie.
Aura, que
anhelaba ser tan negra como la noche, así eligió verse y así enfrentó a su
rival. Seleccionó a su oponente de una lista de diez posibles contendientes,
dejándose seducir por la bella mujer pálida que cargaba en sus manos unas
gruesas y largas cadenas ensangrentadas; quiso ver de cerca esos ojos que
mostraban desde lejos la disposición encantada de asesinar. Con una mirada
llena de satisfacción, se decidió Aura por la Excálibur de oro: poderosa
espada del rey Arturo que tomó a dos manos para probar con ellas mismas su peso y su poder. Con la punta de la espada oprimió play, se acomodó el cabello y el juego inició. Detrás de las gafas danzaba
por la sala como si estuviera impulsada por drogas inescrutables, avasallantes, destructivamente apetecibles.
En el otro
salón, vestida de blanco como armiño y agarrada a una gruesa cadena de plata,
con filos de cuchillas sangrantes, Estrella se batía en duelo contra una
colosal mujer negra que intentaba matarla con una espada dorada tipo mandoble,
tan grande y pesada como su efectividad. También saltaba de un lugar a otro
batiendo las manos al aire, como un ciego encerrado en una burbuja de jabón. A
veces las juntaba y las separaba poseída por un baile con intensos gritos de
irracionalidad. Las gafas virtuales flotaban agitadas mientras gruesas gotas de
sudor bajaban por su rostro. Era tal la concentración en el juego que, en
ocasiones, tanto Aura como Estrella, se revolcaban en el suelo tratando de
salvar sus vidas, aunque parecieran estar padeciendo convulsiones.
En una media vuelta, Estrella no midió sus pasos y la espada de su oponente le causó una herida en el costado, disminuyendo su barra de estamina, lo que impulsó a Aura a atacar con más violencia, logrando abrir una segunda herida en su rival.
Cuando la
pelea se hacía lenta para tomar aire y planear el siguiente ataque, Estrella
movía su cabeza de lado a lado como negándose a aceptar su realidad virtual. Aura,
en ocasiones, pasaba su mano izquierda tratando de acomodar su cabello igual
que en la vida real coqueteaba con su peinado. En este leve descuido, recibió
un fuerte latigazo con la cadena de Estrella: la moribunda, con su barra de
energía al mínimo, daba el todo por el todo defendiéndose a muerte, aunque su
cuerpo casi no resistía más tiempo en la batalla. Trastabillando, y luego de
inclinar su cabeza a los lados, con un golpe perfecto con la cuchilla de la
cadena, decapitó a la gran mujer negra que intentaba deshacerse de ella. En ese
mismo instante, en la otra sala, Aura cayó de rodillas a merced de su enemiga,
alzó la mano y en letras de piedra apareció el título: “GAME OVER”.
Estrella
retiró sus gafas y se acurrucó con los brazos descolgados hacia adelante, con
la respiración agitada dejando mecer sus trenzas que tocaron el suelo. El calor
y el sudor le obligaron a retirarse la camisa y quedar en un top blanco que
contrastaba con el color de su piel morena. Por su parte Aura, en la habitación
contigua y decepcionada por el resultado, retiró las gafas y alzó la mirada
buscando aire para limpiar sus pulmones. Sobre la piel blanca resbalaban las
gotas de sudor. Con rabia se quitó el saco de lana que la sofocaba. Lo tiró a
un lado en el suelo del salón y se dejó caer sentada estirando las piernas.
Apoyada con las manos hacia atrás, cerrando los ojos bajo el peso del
agotamiento, descolgó la cabeza como si su oponente hubiese tenido éxito
también en la vida real.




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