INSERT COIN

 RESEÑA
Por Gustavo Medina

En el vibrante universo de un centro de diversión digital, dos almas se refugian de la lluvia y de sus vivencias individuales. Una de piel nívea y la otra de tez morena, se encuentran, se separan y se reencuentran en una batalla épica, sin saber que sus destinos están entrelazados. La vida real las ha mantenido distantes, pero la realidad virtual las une en un conflicto donde pueden experimentar quienes eligen ser.

¿Qué sucede cuando los límites entre el juego y la vida se desvanecen? ¿Podrán estas dos guerreras, rivales en la pantalla, tener contacto más allá de la fantasía?

En ‘‘INSERT COIN’’, Wilson Amado Gamboa nos ofrece un relato fascinante sobre la conexión humana, el contraste de nuestras realidades y la delgada línea que separa lo que somos de lo que anhelamos ser. Un cuento que te dejará reflexionando sobre las batallas que libramos, tanto en la vida real como en el mundo virtual.

Nacido en Bogotá, Wilson creció en los barrios del oriente de la capital. Desde su infancia, ha entrelazado personajes cotidianos con historias reales y de fantasía, escribiendo cuentos con un claro mensaje de protesta y libertad de expresión.

Sus primeros pasos en la poesía clásica moldearon su estilo y lo acercaron a la narrativa, donde ha destacado en varios concursos y ha sido publicado en revistas y antologías. Hoy, combina su trabajo con lo que él mismo llama "el descanso perfecto": sentarse a escribir y dejar que la imaginación le dicte sus historias.


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INSERT COIN
Por Wilson Amado

A la entrada del Centro de Diversión Digital y Realidad Virtual, dejando la lluvia atrás, en medio de quienes se alejan a diario de la vida cotidiana, se cruzaron las miradas desconocidas de Aura y Estrella. Estrella pasó con su hermosa piel marrón y su cabellera de pequeñas trenzas doradas y negras, contrastando con la iluminación cyberpunk del lugar. A su lado se erguía Aura, completamente rubia y nívea como un amanecer polar. Ambas estaban hechas para estar allí, aunque, si se hubieran conocido antes, muy seguramente, habrían tenido otros planes.

En la recepción, cada una, sin importar la presencia de la otra, compró las fichas con las que jugarían en la realidad virtual. En salones diferentes, cada guerrera se puso los guantes de nylon, las gafas que cubrían la mitad del rostro y eligieron las armas con las que luego se sumieron en la sangrienta batalla. Ajenas al mundo material que las sometía, la virtualidad ayudaba a liberar el estrés diario manchado por el capitalismo y la barbarie.

Aura, que anhelaba ser tan negra como la noche, así eligió verse y así enfrentó a su rival. Seleccionó a su oponente de una lista de diez posibles contendientes, dejándose seducir por la bella mujer pálida que cargaba en sus manos unas gruesas y largas cadenas ensangrentadas; quiso ver de cerca esos ojos que mostraban desde lejos la disposición encantada de asesinar. Con una mirada llena de satisfacción, se decidió Aura por la Excálibur de oro: poderosa espada del rey Arturo que tomó a dos manos para probar con ellas mismas su peso y su poder. Con la punta de la espada oprimió play, se acomodó el cabello y el juego inició. Detrás de las gafas danzaba por la sala como si estuviera impulsada por drogas inescrutables, avasallantes, destructivamente apetecibles.

En el otro salón, vestida de blanco como armiño y agarrada a una gruesa cadena de plata, con filos de cuchillas sangrantes, Estrella se batía en duelo contra una colosal mujer negra que intentaba matarla con una espada dorada tipo mandoble, tan grande y pesada como su efectividad. También saltaba de un lugar a otro batiendo las manos al aire, como un ciego encerrado en una burbuja de jabón. A veces las juntaba y las separaba poseída por un baile con intensos gritos de irracionalidad. Las gafas virtuales flotaban agitadas mientras gruesas gotas de sudor bajaban por su rostro. Era tal la concentración en el juego que, en ocasiones, tanto Aura como Estrella, se revolcaban en el suelo tratando de salvar sus vidas, aunque parecieran estar padeciendo convulsiones.

      En una media vuelta, Estrella no midió sus pasos y la espada de su oponente le causó una herida en el costado, disminuyendo su barra de estamina, lo que impulsó a Aura a atacar con más violencia, logrando abrir una segunda herida en su rival.

Cuando la pelea se hacía lenta para tomar aire y planear el siguiente ataque, Estrella movía su cabeza de lado a lado como negándose a aceptar su realidad virtual. Aura, en ocasiones, pasaba su mano izquierda tratando de acomodar su cabello igual que en la vida real coqueteaba con su peinado. En este leve descuido, recibió un fuerte latigazo con la cadena de Estrella: la moribunda, con su barra de energía al mínimo, daba el todo por el todo defendiéndose a muerte, aunque su cuerpo casi no resistía más tiempo en la batalla. Trastabillando, y luego de inclinar su cabeza a los lados, con un golpe perfecto con la cuchilla de la cadena, decapitó a la gran mujer negra que intentaba deshacerse de ella. En ese mismo instante, en la otra sala, Aura cayó de rodillas a merced de su enemiga, alzó la mano y en letras de piedra apareció el título: “GAME OVER”.

Estrella retiró sus gafas y se acurrucó con los brazos descolgados hacia adelante, con la respiración agitada dejando mecer sus trenzas que tocaron el suelo. El calor y el sudor le obligaron a retirarse la camisa y quedar en un top blanco que contrastaba con el color de su piel morena. Por su parte Aura, en la habitación contigua y decepcionada por el resultado, retiró las gafas y alzó la mirada buscando aire para limpiar sus pulmones. Sobre la piel blanca resbalaban las gotas de sudor. Con rabia se quitó el saco de lana que la sofocaba. Lo tiró a un lado en el suelo del salón y se dejó caer sentada estirando las piernas. Apoyada con las manos hacia atrás, cerrando los ojos bajo el peso del agotamiento, descolgó la cabeza como si su oponente hubiese tenido éxito también en la vida real.


        Al salir del Centro de Diversión Digital, volvieron a cruzarse en la calle, esta vez en direcciones opuestas, con las miradas tranquilas y sonrisas marfiladas después de haber liberado el estrés que cargaban al entrar. Tal vez tuvieron el impulso de pronunciar alguna palabra, pero una simple mirada bastó para percibir el desahogo de la una entre las pupilas de la otra. Estrella simplemente inclinó la cabeza hacia los lados y Aura acomodó su cabellera con coquetería con la mano izquierda. Cinco pasos después, ambas, sin conocerse, voltearon para mirarse fijamente. Apretaron entonces los labios al igual que los puños en sus bolsillos.

 

 


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