FIEBRE DE SÁBADO POR LA MAÑANA

 RESEÑA
Por María C. Molina

El relato gira alrededor de una dolencia de la protagonista quien debe trasladarse a una clínica al otro lado de la ciudad. Lo hace en transporte público, donde se reflejan los contrastes de una sociedad desigual característico de la ciudad de Bogotá.

        En este se entiende la ciudad más allá que un espacio físico o asentamiento geográfico. Desde la perspectiva de la literatura se concibe como un escenario de historias en el que se pueden vislumbrar categorías como: representación e identidad cultural, estructura social, y contexto social e histórico. Insumos al momento de narrar realidades o ficciones en torno a la ciudad. Este es el caso del texto Fiebre de sábado por la mañana.

        Adentrándonos en dichas categorias, en relación al contexto social e histórico, el relato nos ubica en la época del COVID-19 que afectó las costumbres de asepsia de la población mundial, (representación cultural):

Llevaba varios meses en el encierro;(…) limpiaba todas las frutas del mercado y todo lo que estuviera a su paso. Lavaba muy bien sus manos, como si hubiera tocado todas las inmundicias del mundo.

        Otro aspecto es la afectación del transporte público:

(… )Iba muy pensativa, evitando tocar las varillas amarillas. Las personas se sentaban dejando de por medio una silla vacía. No había un mar de rostros como de costumbre, …

        También aparece el imaginario urbano frente a lo que significa la ciudad; un laberinto oscuro. Describe las desigualdades que la caracterizan que se observan particularmente en el transporte público:

… parecen madre e hija: bellas, finas, de buen vestir, llenas de paquetes. A su vez, una madre con su hijo. El niño tiene cicatrices en el rostro; posiblemente es el mayor de varios hermanos. Es inevitable ver las antípodas.

       En el habitante de calle, se observa la desigualdad en relación a su destino, marcado por la violencia y la indiferencia. Elementos comunes a las grandes urbes.

Los médicos no corren; no hubo nadie dándole aliento. Su mano se abrió y quedó tieso, con los ojos abiertos. Chao, chico; no tienes dolientes, no tienes nombre.

        Para finalizar, el texto nos ubica en un momento histórico a nivel nacional.

En la radio escucha que ha muerto uno de los compositores más importantes del mundo y que se reportan 789 muertes a causa de la pandemia. Después suena la canción La miseria humana.

        El final del relato invita a reflexionar, alrededor de La Miseria Humana -canción interpretada por el colombiano Lizandro Mesa y escrita por Gabriel Escorcia Gravini poeta de inicios del siglo XX-, en la que se evidencia el significado de fragilidad y el valor de la existencia más allá de las apariencias. 

        En conclusión, la lectura de Fiebre de sábado por la mañana nos invita a la reflexión en torno a la ciudad de Bogotá, y diferentes temas que la envuelven como la desigualdad social, la pandemia y la muerte.



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FIEBRE DE SÁBADO POR LA MAÑANA

Por Gina Olaya


Agoniza la noche del viernes. Se apaga la música de la cantina, los borrachos ya se quedan sin energía y se van desvaneciendo como vampiros urbanos. Alex ha pasado una mala semana: lleva cuatro días con dolor de pierna. Pensó que se trataba de una lesión, pero la intuición le dice que algo está pasando. Su cuerpo le está hablando. Necesita atención médica. No funcionaron los masajes ni las pastillas. Su pierna izquierda se ha hinchado; no sabe por qué se ve más gruesa que la otra y tiene un dolor que solo se calma con analgésicos y cuando está durmiendo, pero al levantarse siente cómo su pierna pesa, cómo se va pudriendo. Sospecha que tiene una trombosis. Por la mañana vio un ave negra sobrevolar su ventana. ¿Será la parca? Eso es más efectivo que cualquier diagnóstico. Llevaba varios meses en el encierro; de vez en cuando tomaba el sol, limpiaba todas las frutas del mercado y todo lo que estuviera a su paso. Lavaba muy bien sus manos, como si hubiera tocado todas las inmundicias del mundo. El destino, a veces, nos juega malas pasadas. Llamó a su EPS y ocurrió algo muy extraño: le asignaron una cita para el mismo día. El consultorio médico queda cerca de la casa de Alex, así que aún quedan esperanzas de que sea una simple inflamación producto de un mal movimiento.


         Alex se fumó un cigarrillo y pidió un Uber. Diez minutos más tarde se bajó en la calle 80 con Avenida 68 e ingresó a los consultorios. Todavía guardaba la esperanza de volver para almorzar con su familia. Pero su pierna agudizaba el enrojecimiento. La doctora le hizo una revisión exhaustiva, tomó apuntes, le midió las piernas, se fue unos minutos e hizo un par de llamadas; finalmente dijo que algo no cuadraba, que lo mejor era que se fuera al hospital. Piensa en llamar a su familia pero se da cuenta de que dejó el celular dentro del Uber. No lo puede creer: llora, se lamenta, tiene miedo, aunque en el fondo lo presentía.

        Alex no puede perder tiempo. Rengueando se dirige a un puesto de dulces donde venden minutos e informa a su familia que no podrán almorzar juntos, pero asegura que va a estar bien, aunque ni siquiera pueda creer lo que está viviendo.


        Se seca las lágrimas y aborda la bestia roja del nuevo milenio, donde hay mucha calma y quietud. Recorre la urbe y sus laberintos oscuros. Primera parada: grafitis, casas viejas, drogadictos, transeúntes, linyeras. Iba muy pensativa, evitando tocar las varillas amarillas. Las personas se sentaban dejando una silla vacía de por medio. No había un mar de rostros como de costumbre, solo quienes salían a trabajar, a rebuscársela, porque no todos podían quedarse en casa.

        Alex va pensando en su propio drama, pero no puede dejar de observar a un joven que lleva un vestido roto y un costal. Aunque va semidesnudo, para muchos era “un marica más”. Gays hay muchos, pero ser pobre, inmigrante y habitante de calle ya es demasiado para esta ciudad. Recubierto de mugre; su olor se sentía a distancia. Tenía costras de porquería en el cabello. Pese a todo, caminaba de una manera elegante. Estaba golpeado, apuñalado de mil maneras y con la piel llena de llagas.




        Siguiente parada: la bestia roja del nuevo milenio se detiene en el semáforo de la 78 con Caracas. Hay dos mujeres, parecen madre e hija: bellas, finas, de buen vestir, llenas de paquetes. A su lado, una madre con su hijo, más joven que la hija de la otra mujer. El joven tiene cicatrices en el rostro; posiblemente es el mayor de varios hermanos. Es inevitable adolecer las antípodas. El muchacho envidia, a través de sus ojos verdes y la cara sucia, a las dos mujeres como diciendo: ¿Por qué tengo esta suerte tan puta? ¿Por qué no puedo tener un poco de lo que tienen estas viejas gonorreas?

        Siguiente parada: calle 63 con Caracas. Un hombre mayor, con abrigo y bastón, grita efusivamente: “¡Que viva el partido liberal, conservadores hijueputas!”. Se baja en la próxima parada.

         El gusano urbano avanzó tan rápido que Alex apenas descubre que llegó muy pronto a la clínica, perdida ya al otro extremo de la ciudad. Es atendida rápidamente: apenas le quitaron la ropa, fue ingresada a la sala de rayos X donde le practicaron la ecografía.  Los resultados arrojaron una trombosis venosa profunda; debía entrar a cirugía de inmediato. Entonces la montaron en una ambulancia. Todo empezó a suceder muy rápido. Alex se sentía ahora, además de triste, también mareada, confundida. Afuera de la ambulancia, el sonido de los carros y las motos le produjo incomodidad, desasosiego hasta que, quizás por los medicamentos, empezó a dormitar.


        Al llegar al nuevo hospital, atiborrada de calmantes intravenosos, alcanzó a observar baldosas azules que encerraban un halo de misterio. La sala está vacía, aunque se oyen gritos, quejidos y lamentos.

         Antes de ser registrada en una habitación, se encontró con a otra mujer hospitalizada, a la que le habían dado un balazo en la pierna. La mujer le pidió que le ayudara a conectar el celular porque el dolor era tan brutal que no podía moverse. Mientras se esforzaba por no perder la conciencia, Alex escuchó cómo la mujer se lamentaba porque uno de sus amigos, por accidente, disparó su arma mientras se agachaba a destapar una cerveza: “Ese hijueputa del Mauricio, cómo se le ocurrió llevar una pistola a mi cumpleaños.” 

         Antes de quedarse dormida, a través de la pequeña ventanilla de la puerta, vio pasar un chico elegante acostado sobre una camilla. En la duermevela escuchó correr a los médicos en vano, pues su mano se abrió y quedó tiesa para siempre. Chao, chico; chao mundo, yo tampoco tengo dolientes…


        Una semana después, Alex fue dada de alta. Su familia le había llevado ropa, pijama e implementos de aseo. Alex les pidió que por favor no le llevaran ropa vieja pero, como si les hubiera dicho lo contrario, le llevaron la ropa interior más horrenda que tenía en su armario. Alex atravesó los días viendo series en su nuevo celular y aprendió a cogerle el gusto a la comida sin sal.

         Cuando iba con sus padres de regreso a casa, a través de las ventanas del taxi contempló el paisaje, el bosque tan impresionante donde se escondía el hospital. En la radio escuchó que había muerto uno de los compositores más importantes del mundo y que se reportaban 789 muertes a causa de la pandemia. Después de la noticia, en la radio suena la canción de La miseria humana. Alex canta a voz en cuello y todos en el taxi, incluido el conductor, sonríen como sin quererlo. A lo lejos, el sol empieza a ocultarse tras el borde endeble donde se termina la Sabana.   







Comments

  1. Que imágenes poderosas las que nos trae a la mente este cuento como el ave negra, la parca. Dibuja una urbanidad única con los puestos de dulces en calle y ese centro atiborrado de marginalidad y gentes de bien.

    Siempre se agradece el buen análisis de la reseña.

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