ESCOMBROS

RESEÑA
Por Gina Olaya

       


Escombros, escrito por María Claudia Molina, explora temas como la pérdida, la memoria, la soledad y la resistencia en la vejez. A través de la historia de Mario, un hombre fuertemente aferrado a su pasado y a la casa heredada de sus padres; la autora hace una reflexión sobre la fragilidad del individuo frente a los cambios sociales y políticos que suceden dentro de su entorno.


            En primer lugar, se percibe a Mario cómo un hombre rutinario y conservador, marcado por hábitos, como las visitas a la tumba de sus progenitores; y  también, por su desprecio hacia los movimientos sociales, bajo la idea de que “nadie le ha regalado nada” y que cada quien debe vivir de acuerdo con su esfuerzo. 


            Esta postura lo retrata como alguien poco solidario e individualista; sin embargo, cuando llegan las funcionarias de la Alcaldía a notificarle la demolición de su casa, la situación se torna paradójica y genera empatía en el lector: Mario se convierte, de repente, en víctima de la misma estructura social que él antes despreciaba.


         Uno de los aciertos del texto radica en la fuerza de sus imágenes. Por ejemplo, la narración describe con detalle el proceso de demolición de las casas vecinas y cómo empiezan a aparecer grietas en la vivienda de Mario, reflejo  evidente de las grietas que también se marcan en su cuerpo y en su espíritu. La metáfora de las “lianas de pensamientos que se tupen en su habitación” es especialmente poética y simboliza la invasión de la soledad, los prejuicios y la parálisis vital. De igual manera, las enredaderas que consumen la casa representan la manera en que la memoria se enmaraña y atrapa, impidiendo avanzar.


            Por otro lado, el relato presenta la manera en que las decisiones externas, políticas, urbanísticas o sociales, pueden trastocar por completo la vida de las personas. Mario, prisionero del insomnio y la incertidumbre, se pregunta qué ha hecho para merecer semejante destino. Aunque su casa sobrevive por un tiempo, está ya vencida por el abandono y el vacío. Finalmente, tanto su vida como su hogar quedan reducidos a escombros, física y simbólicamente.


           El desenlace revela una transformación en el personaje: aquel que solía rechazar los movimientos sociales, comienza a sentir la necesidad de ser parte de ellos. Sin embargo, sus propias ataduras, las enredaderas que lo inmovilizan, son un impedimento para ello. Este giro dota al relato de una profundidad política y existencial: el derecho a protestar y a defender la propia dignidad no nace del sentido de deuda social, sino de la propia experiencia de la injusticia y del despojo.


           En conclusión, Escombros es un texto sólido, y de gran carga simbólica. La prosa clara y a la vez poética transmite el desarraigo de un hombre que, al perder su hogar, también pierde su anclaje vital. El título resulta sumamente acertado, pues sintetiza no solo la demolición material de una casa, sino también la devastación emocional y existencial de su protagonista.


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ESCOMBROS
Por María C. Molina

Desde hace algún tiempo Mario disfruta la vista desde la ventana del segundo piso de su casa; el continuo movimiento de autos, bicicletas y transeúntes que recorren la Avenida 68 frente a su domicilio le recuerdan que aún está vivo. A pesar de ello, añora tiempos más apacibles, de menos caos.


Su padre, docente eterno del Magisterio de Educación, adquirió la casa a mediados de los años 70, cuando la familia se completó con el nacimiento de sus dos hermanos. Pasado medio siglo, las paredes del recinto contenían las voces, las risas, el llanto que alguna vez la inundaron, envolviendo a Mario en medio de su impavidez frente a una vida solitaria.

Sin falta, Mario visitaba la tumba de sus progenitores cada domingo, pero poco a poco el vaivén citadino, sumado a sus dolencias seniles, deterioró el abnegado amor a dicho compromiso; hoy día, es una de las miles de sepulturas en las que no se descifra el epitafio y tan solo la voluntad de un buen samaritano lleva algunas flores. Sus hermanos, antes que él, abandonaron el deber sepulcral sumidos en los quehaceres cotidianos.


Las noticias sobre las protestas y disturbios en las calles le molestan: el gobierno no me ha regalado nada, además de no necesitarlo, cada quien vive de acuerdo a su esfuerzo y trabajo, piensa, indignado cada vez que acontece un hecho de esta naturaleza. Una triste tarde, en la radio, la alcaldesa de Bogotá informó sobre el inicio de la construcción del Metro y la ampliación de las redes de Transmilenio en la ciudad, lo que llamó su atención, a pesar de que sus salidas son limitadas, reduciéndose específicamente a cobrar la pensión, comprar algunos víveres y elementos de aseo. 

Limitadas igualmente son sus relaciones sociales; aquellos vecinos de infancia y adolescencia que en su momento fueron contemporáneos en la convivencia del barrio y con quienes se produjo la confianza para algún tipo de acercamiento, se marcharon paulatinamente sin decir para dónde, tejiendo parte de los vacíos existenciales apostados en su interior. A sus vecinos actuales poco o nada los conoce.

Un infernal medio día de abril, al llegar de cobrar su mesada, encontró en el buzón una notificación de la Alcaldía Local invitándolo a reunión con la Junta de Acción Comunal para socializar el proyecto de ampliación del Transmilenio en el barrio. La dejó sobre la mesita del recibidor, donde reposaban otras sin importancia para él. ¿En qué podría afectarme el hecho que mejoraran el transporte público en la ciudad, si poco o nada lo utilizo? Pasaron algunos días y Mario continuó su diario aburrimiento entre la soledad y el bullicio a los que ya se estaba acostumbrando.


Son tres las invitaciones sobre la mesita del recibidor. Suena el timbre una, dos, tres veces. Apático atendió el llamado:

―Buenas tardes -expresan al unísono dos mujeres de chaleco rojo-. ¿Es usted el señor Mario González?- pregunta puntualmente una de ellas, ofreciéndole una sonrisa como si se conocieran de toda la vida.


―Sí, así me llaman, ¿qué se les ofrece?- dice Mario cerrando un poco la puerta para evitar el paso de las intrusas.


―Somos trabajadoras sociales de la Alcaldía, -exclama con orgullo la otra contratista-. Nuestra visita se debe a su inasistencia a las reuniones a las que ha sido invitado. Venimos para comunicarle que algunas casas ubicadas sobre la avenida serán demolidas para la ampliación de las obras que se darán en el sector, incluida la suya. Un abogado lo contactará para los trámites legales frente a la venta del predio al distrito.

Le entregaron la notificación de la visita para que la firmara. En su mente revolotearon las palabras jamás dejaré que me quiten mi casa, imposibilitadas para salir de su boca. Tomó el estilógrafo notando un temblor en sus manos. Luego de firmar y de despedir a las desconocidas, estuvo algunos instantes en el quicio de la puerta viendo alejarse entre los transeúntes dos aves arpías de gran envergadura. 


Esa misma noche, el celular no dejó de vibrar: eran sus hermanos que, luego de la notificación del Distrito, no paraban de llamarlo puesto que la venta del inmueble, único patrimonio familiar, los beneficiará a todos. Ahora Mario sale aún menos de casa pretendiendo retener aquellos muros, recodos, aromas; entorno a punto de desaparecer donde revolotean sus recuerdos.

Frente a los escombros de la primera vivienda demolida algunos vecinos con sus trajes oscuros y lánguidas expresiones le traen a la memoria la tumba de sus padres. Los meses pasan: residencias abandonadas, polvo rebosado por doquier, constante vibración, ruido de máquinas y trabajadores. Lianas de pensamientos comienzan a tupirse dentro de su habitación.

Al demoler una de las casas contiguas a la suya, empiezan a aparecer algunas grietas en las paredes de su habitación; desde aquel día, cada mañana, al mirarse en el espejo, es testigo del cambio de color de su piel y de la aparición de una nueva arruga que se pronuncia y deforma sobre su rostro. 

Tras noches eternas aferrándose a lo suyo, hostigado por el insomnio y la desesperación, Mario se pregunta qué le ha hecho al gobierno para merecer este desalojo. Le cuesta movilizarse debido a las hiedras enmarañadas que han ocupado casi todos los espacios de la casa.


Transcurre los días ansiando transformar su suerte. Piensa en sus vecinos y de vez en cuando escucha algunas manifestaciones de habitantes del sector en contra de las obras ejecutadas, surgiéndole un deseo férreo para acompañarlos, pero sus enredaderas de pensamiento se lo impiden.

Su casa es una de las pocas erguidas y habitadas en su calle, única testigo de las grietas aparecidas en su cuerpo; del frío intruso que siempre le gana la batalla a las cobijas que cubren cada uno de los ventanales; de las noches en que el resuello del viento le arrebata cada una de sus vivencias. 

Bajo el sol espeluznante de esta hermosa mañana, en medio del flujo vehicular, el zigzag de los ciclistas, el paso de los transeúntes afanados para llegar a sus trabajos y la indiferencia de las manifestaciones esporádicas, se vislumbran los lotes enlozados, los escombros amontonados y la ventana de Mario vacía.


*Las fotografías son de autoría Álvaro Claro - Archivo personal*


Comments

  1. Me encantaron las frases del final porque dan cuenta de la soledad y la indiferencia propias de estos tiempos. Es un gran relato, la fotografía a color de una ciudad cada vez más gris.

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