EL ÚLTIMO ARQUETIPO
RESEÑAPor Wilson Amado
La aparición de D. Max, una creación con el poder de alterar a otros protagonistas y la inclusión de este en los momentos más determinantes para su obra, llevan a un escritor a creer que ha logrado el punto máximo en la creación de sus personajes. La sensación de ser un Dios en la tridimensionalidad de la literatura.
Pero su creador, ávido de la perfección literaria y en medio de su arrogancia, no logró imaginar el poder que alcanzaría D. Max, cobrando vida y actuando libre dentro de la maraña de los caminos de las letras, escondiéndose entre líneas, signos, comas y puntos, y en medio de los demás personajes.
Con la necesidad de vencer a aquel monstruo, el escritor crea su último arquetipo, Durandarte, que inicialmente logra a la perfección la misión para la que fue creado, pero D. Max regresa y desde ahí, el autor hilvana delicadamente la trama para llevarnos por un laberinto cruzando de manera magistral la cuarta pared, solo buscada por aventureros literarios, dirigiendo al lector en un intrigante paseo hacia un final inimaginable.
En este cuento, Gustavo Medina, El Viejo Maestro Zastrapa, hace uso de sus armas literarias, como dirigir su pluma sin temor hacia el seppuku o hara-kiri, y hacernos pasear por un mundo imaginario donde los signos de puntuación y las letras entre líneas son gigantescos lugares para ocultar intrigas, personajes y cada paso de sus protagonistas que no solo cobran vida en la historia sino en el intermedio de la realidad y la fantasía, hasta donde se adentra el mismo autor llevando consigo al lector.
Respecto al autor, el bumangués Gustavo Eduardo Medina Ramos, cabe resaltar que fusiona su vasta experiencia profesional en la ingeniería de sistemas y la docencia universitaria con su profunda pasión por el arte. Ha cultivado en paralelo una rica trayectoria como poeta, dramaturgo, escritor y actor de teatro. Conocido también por su pseudónimo El viejo Maestro Zastrapa, considera la escritura como una manifestación de su esencia espiritual, un camino que le ha permitido crear obras que exploran y celebran la vida.
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EL ÚLTIMO ARQUETIPO
Por Gustavo Medina
Devoraba con ansia cuanto libro quedaba a su alcance. Este lector insaciable creyó estar listo para dar sus primeros pasos como escritor. Hilvanó torpemente las palabras, sin lograr ver en sus escritos la maestría de las obras que lo inspiraban. Se sumergió en los laberintos de papel de Borges y confrontó la rebelión existencial con Unamuno. Sus narraciones ganaron en estructura, sus protagonistas en profundidad y sus giros argumentales se cargaron de un peso emocional que elevó la calidad de su pluma.
Pero este mismo crecimiento, el dominio de la tridimensionalidad de sus personajes, fue lo que le generó la arrogancia que no le dio cabida al miedo al crear a D. Max. En su lugar, sintió un poder inigualable, la vanidad del dios creador que también puede quitar el aliento. La soberbia no le permitió fijarse en cómo, apuñaladas por uno de sus más grandes complejos, las letras con voluntad propia, en su dolor, coagulaban un monstruo oscuro, de alma tan sombría como su piel, que podía corromper y rehacer el destino de sus personajes.
Hasta ese momento, era de lejos, la mejor creación de su carrera: un arquetipo tan crudamente auténtico que sus palabras se clavaban como dardos en la psique de sus protagonistas, una cerbatana venenosa que les despojaba de todo su valor. El autor sonrió; en su boca la ponzoñosa victoria era dulce y embriagadora. No tuvo la precaución de retirarlo al final, porque, en el fondo, D. Max era él mismo, la parte que podía arruinarlo todo para crear algo grande. Ahora, desde los últimos tres cuentos, ese poder había cobrado vida propia, un demonio que serpenteaba sin avisar en cualquier capítulo, inoculaba a los protagonistas y destrozaba sus historias, doblegando la voluntad de cada uno y convirtiéndolos en presa fácil de su desmedida ambición.
-¡No, no otra vez! ¿Qué estoy haciendo mal?- se preguntaba. De ahí en adelante, el cuento se perdía, la historia no avanzaba, no llegaba a terminar.
-¡Basta, D.Max, no puedes seguir arruinándolo todo!
El autor estaba desesperado; necesitaba trabajar, pero su creación era implacable, fue ideada para humillar, para buscar el punto de quiebre de los otros. Así que decidió mandarlo a matar. No podía ser eliminado por una mano cualquiera. Un arquetipo no es carne y hueso, sino veneno y verbo. Seguramente alcanzaría a defenderse con su poderío semántico y lograría bajar la autoestima del sicario para sobrevivir.
No podía equivocarse esta vez, tendría que crear otro arquetipo: uno muy siniestro, un experto en las sombras, el maestro del disfraz que podría hacerse pasar por el personaje más anodino para que D. Max simplemente no pudiera detectarlo. Con mano firme y decidida, describió la nueva arma. Había llegado el momento de liberar a Durandarte.
-Si un demonio no funciona, crearé otro. Un demonio capaz de matar a otro demonio-, se dijo.
Entonces se lanzó a escribir febrilmente y soltó a Durandarte desde el primer capítulo, casi como un comentario al margen. Las letras de su nombre, apenas puestas en la página, con aroma de tinta fresca, se escurrieron formando una mancha que se arrastró hasta el párrafo precedente, en busca de un lugar para acechar. Se hizo pequeño, se escondió en la curva de una coma, casi invisible, como la punta de un florete y luego desapareció en el contexto. Se podía sentir una quietud antinatural, como si el lenguaje mismo estuviera conteniendo la respiración.
Al llegar al capítulo dos, D. Max apareció y se inclinó sobre la protagonista y empezó a hablarle al oído. Se sentía un temblor en la página; la energía de la heroína se desvanecía, las convicciones que la dignifican se habían desmoronado y su inseguridad era evidente. Fue como ver una flor de colores brillantes volverse mustia y convertirse en un borrón. La esencia de su ser se había desintegrado en un solo párrafo.
-¡Maldita sea! Era perfecta, ¿por qué la aniquilaste?- se lamentaba.
D. Max comenzó a reírse cruelmente. El autor, agotado y al borde de la locura, podría jurar que D. Max giro taimadamente la cabeza y lo había observado de soslayo. ¿Era su paranoia o algo muy extraño estaba sucediendo?
-¡Mírame de frente, asqueroso monstruo!- le gritó el autor, logrando distraerlo al llamar su atención. D. Max sorprendido guardó silencio mirando fuera del texto, nunca le habían insultado directamente y eso lo perdió. Ante la mirada atónita del escritor, Durandarte le saltó al cuello desde una línea anterior y cayó sobre sus últimas risas para degollar su negra cabeza, que guardaba un gesto final de incredulidad. Por fin pudo terminar su cuento; ya tenía una historia para publicar.
Cuando empezó a escribir su siguiente obra, algo detuvo su mano. Si bien D. Max ya no existía, ahora tenía que lidiar con su fantasma, una mutación que no atacaba a sus personajes, pero que se le atravesaba al escribir.
-¿Qué demonios he hecho?- pensó, dándose cuenta del terrible error que había cometido.
-Es inaudito... ahora viene tras de mí…
Antes de que Fan D. Max lo pudiera dejar indefenso, de que lo pudiera imbuir del miedo a la página en blanco, del terror a no poder crear algo nuevo y valioso, de que lo arropara con la sombra de sus fracasos pasados, el autor abandonó el escrito y se puso a investigar inmediatamente sobre cómo dominar apariciones.
En su biblioteca, encontró un solo libro: Fantasmas de la Nueva España de Javier Ayala Calderón. Era un compendio de historia, no de exorcismo; la teoría no podía salvarlo de la práctica. Entonces, recurrió a internet y curiosamente al intentar escribir la palabra Fantasmas, las letras se distorsionaban en la pantalla, como si una entidad paranormal las estuviera manipulando.
-Esto se pone peor. Pero mucho, mucho, muchísimo… peor se pone esto-, murmuraba mientras revisaba los resultados al googlear la consulta. Finalmente, encontró un conjuro registrado en un pergamino de ritos paranormales, con la advertencia de que no le permitiría dominarlos, pero sí aseguraba que los mantendría alejados: trajo una cucharada de sal y la esparció por la siguiente línea en blanco, recitando el mantra correspondiente. La fórmula mágica no resultó: apenas empezó a escribir de nuevo, Fan D. Max apareció por allí. Se sintió frustrado e impotente. Entonces, en un arranque de desesperación, el autor convocó a Durandarte, le entregó una daga ritual, un arma fantasmagórica y lo convirtió en su guardaespaldas.
El asesino se agazapó en un punto y coma pacientemente en espera de una oportunidad que no tardó en llegar; el final de Fan D. Max y la posterior desaparición de Durandarte para acechar a su siguiente víctima, generó un problema aún mayor.
El autor no podía volver a crear un arquetipo sin que el criminal saltara de la nada, desde un interrogante o un signo de admiración, y acabara con él. Ahora sus escritos tenían un sabor soso, sin chispa; estaba acabado como escritor. Sus mejores creaciones, las que desarrollarían las mejores tramas, morían prácticamente al nacer, sacrificadas desde la sombra por Durandarte. La pluma se había convertido en una amenaza constante, el teclado en una trampa. Así que solo le quedaba un camino y luego de pensarlo mucho, decidió recorrerlo; era el reo a muerte transitando su última milla.
Redactó la siguiente misión para Durandarte a sabiendas de lo que vendría después: tendría que acometer el seppuku. Cada palabra le costó una tonelada de fuerza escribirla. Comprendió que después de matar las partes, debía acabar con el todo. Agotado y con los ojos rojos, descargó un puñetazo sobre el escritorio.
-Anda, Durandarte ¡Hazlo ya!
El autor bajó la cabeza, sentía su alma tan vacía como su mente de palabras. ''Condenado a vagar eternamente sin redención entre los márgenes de este cuento inconcluso'', es el epitafio apropiado, que escribo desde mi última conciencia.
* Las fotografías corresponden al performance ''Un paseo con Robert Walser por Berlín'', de autoría de Álvaro Claro - Archivo personal *
Por Gustavo Medina
Devoraba con ansia cuanto libro quedaba a su alcance. Este lector insaciable creyó estar listo para dar sus primeros pasos como escritor. Hilvanó torpemente las palabras, sin lograr ver en sus escritos la maestría de las obras que lo inspiraban. Se sumergió en los laberintos de papel de Borges y confrontó la rebelión existencial con Unamuno. Sus narraciones ganaron en estructura, sus protagonistas en profundidad y sus giros argumentales se cargaron de un peso emocional que elevó la calidad de su pluma.
Pero este mismo crecimiento, el dominio de la tridimensionalidad de sus personajes, fue lo que le generó la arrogancia que no le dio cabida al miedo al crear a D. Max. En su lugar, sintió un poder inigualable, la vanidad del dios creador que también puede quitar el aliento. La soberbia no le permitió fijarse en cómo, apuñaladas por uno de sus más grandes complejos, las letras con voluntad propia, en su dolor, coagulaban un monstruo oscuro, de alma tan sombría como su piel, que podía corromper y rehacer el destino de sus personajes.
Hasta ese momento, era de lejos, la mejor creación de su carrera: un arquetipo tan crudamente auténtico que sus palabras se clavaban como dardos en la psique de sus protagonistas, una cerbatana venenosa que les despojaba de todo su valor. El autor sonrió; en su boca la ponzoñosa victoria era dulce y embriagadora. No tuvo la precaución de retirarlo al final, porque, en el fondo, D. Max era él mismo, la parte que podía arruinarlo todo para crear algo grande. Ahora, desde los últimos tres cuentos, ese poder había cobrado vida propia, un demonio que serpenteaba sin avisar en cualquier capítulo, inoculaba a los protagonistas y destrozaba sus historias, doblegando la voluntad de cada uno y convirtiéndolos en presa fácil de su desmedida ambición.
-¡No, no otra vez! ¿Qué estoy haciendo mal?- se preguntaba. De ahí en adelante, el cuento se perdía, la historia no avanzaba, no llegaba a terminar.
-¡Basta, D.Max, no puedes seguir arruinándolo todo!
El autor estaba desesperado; necesitaba trabajar, pero su creación era implacable, fue ideada para humillar, para buscar el punto de quiebre de los otros. Así que decidió mandarlo a matar. No podía ser eliminado por una mano cualquiera. Un arquetipo no es carne y hueso, sino veneno y verbo. Seguramente alcanzaría a defenderse con su poderío semántico y lograría bajar la autoestima del sicario para sobrevivir.
No podía equivocarse esta vez, tendría que crear otro arquetipo: uno muy siniestro, un experto en las sombras, el maestro del disfraz que podría hacerse pasar por el personaje más anodino para que D. Max simplemente no pudiera detectarlo. Con mano firme y decidida, describió la nueva arma. Había llegado el momento de liberar a Durandarte.
-Si un demonio no funciona, crearé otro. Un demonio capaz de matar a otro demonio-, se dijo.
Entonces se lanzó a escribir febrilmente y soltó a Durandarte desde el primer capítulo, casi como un comentario al margen. Las letras de su nombre, apenas puestas en la página, con aroma de tinta fresca, se escurrieron formando una mancha que se arrastró hasta el párrafo precedente, en busca de un lugar para acechar. Se hizo pequeño, se escondió en la curva de una coma, casi invisible, como la punta de un florete y luego desapareció en el contexto. Se podía sentir una quietud antinatural, como si el lenguaje mismo estuviera conteniendo la respiración.
Al llegar al capítulo dos, D. Max apareció y se inclinó sobre la protagonista y empezó a hablarle al oído. Se sentía un temblor en la página; la energía de la heroína se desvanecía, las convicciones que la dignifican se habían desmoronado y su inseguridad era evidente. Fue como ver una flor de colores brillantes volverse mustia y convertirse en un borrón. La esencia de su ser se había desintegrado en un solo párrafo.
-¡Maldita sea! Era perfecta, ¿por qué la aniquilaste?- se lamentaba.
D. Max comenzó a reírse cruelmente. El autor, agotado y al borde de la locura, podría jurar que D. Max giro taimadamente la cabeza y lo había observado de soslayo. ¿Era su paranoia o algo muy extraño estaba sucediendo?
-¡Mírame de frente, asqueroso monstruo!- le gritó el autor, logrando distraerlo al llamar su atención. D. Max sorprendido guardó silencio mirando fuera del texto, nunca le habían insultado directamente y eso lo perdió. Ante la mirada atónita del escritor, Durandarte le saltó al cuello desde una línea anterior y cayó sobre sus últimas risas para degollar su negra cabeza, que guardaba un gesto final de incredulidad. Por fin pudo terminar su cuento; ya tenía una historia para publicar.
Cuando empezó a escribir su siguiente obra, algo detuvo su mano. Si bien D. Max ya no existía, ahora tenía que lidiar con su fantasma, una mutación que no atacaba a sus personajes, pero que se le atravesaba al escribir.
-¿Qué demonios he hecho?- pensó, dándose cuenta del terrible error que había cometido.
-Es inaudito... ahora viene tras de mí…
Antes de que Fan D. Max lo pudiera dejar indefenso, de que lo pudiera imbuir del miedo a la página en blanco, del terror a no poder crear algo nuevo y valioso, de que lo arropara con la sombra de sus fracasos pasados, el autor abandonó el escrito y se puso a investigar inmediatamente sobre cómo dominar apariciones.
En su biblioteca, encontró un solo libro: Fantasmas de la Nueva España de Javier Ayala Calderón. Era un compendio de historia, no de exorcismo; la teoría no podía salvarlo de la práctica. Entonces, recurrió a internet y curiosamente al intentar escribir la palabra Fantasmas, las letras se distorsionaban en la pantalla, como si una entidad paranormal las estuviera manipulando.
-Esto se pone peor. Pero mucho, mucho, muchísimo… peor se pone esto-, murmuraba mientras revisaba los resultados al googlear la consulta. Finalmente, encontró un conjuro registrado en un pergamino de ritos paranormales, con la advertencia de que no le permitiría dominarlos, pero sí aseguraba que los mantendría alejados: trajo una cucharada de sal y la esparció por la siguiente línea en blanco, recitando el mantra correspondiente. La fórmula mágica no resultó: apenas empezó a escribir de nuevo, Fan D. Max apareció por allí. Se sintió frustrado e impotente. Entonces, en un arranque de desesperación, el autor convocó a Durandarte, le entregó una daga ritual, un arma fantasmagórica y lo convirtió en su guardaespaldas.
El asesino se agazapó en un punto y coma pacientemente en espera de una oportunidad que no tardó en llegar; el final de Fan D. Max y la posterior desaparición de Durandarte para acechar a su siguiente víctima, generó un problema aún mayor.
El autor no podía volver a crear un arquetipo sin que el criminal saltara de la nada, desde un interrogante o un signo de admiración, y acabara con él. Ahora sus escritos tenían un sabor soso, sin chispa; estaba acabado como escritor. Sus mejores creaciones, las que desarrollarían las mejores tramas, morían prácticamente al nacer, sacrificadas desde la sombra por Durandarte. La pluma se había convertido en una amenaza constante, el teclado en una trampa. Así que solo le quedaba un camino y luego de pensarlo mucho, decidió recorrerlo; era el reo a muerte transitando su última milla.
Redactó la siguiente misión para Durandarte a sabiendas de lo que vendría después: tendría que acometer el seppuku. Cada palabra le costó una tonelada de fuerza escribirla. Comprendió que después de matar las partes, debía acabar con el todo. Agotado y con los ojos rojos, descargó un puñetazo sobre el escritorio.
-Anda, Durandarte ¡Hazlo ya!
El autor bajó la cabeza, sentía su alma tan vacía como su mente de palabras. ''Condenado a vagar eternamente sin redención entre los márgenes de este cuento inconcluso'', es el epitafio apropiado, que escribo desde mi última conciencia.









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