EL RISUEÑO
RESEÑA
Por Fanny Díaz
Marcela Alfonso es odontóloga de profesión, especializada en Ortopedia Maxilar y Gerencia de la Calidad Gestión Clínica. Lectora y escritora. Como estudiante de la Maestría en Creación Literaria y Narrativas Digitales de la ICESI, ha dado rienda suelta a la cotidianidad del entorno vivencial de donde reside, Bogotá.
Ganadora del Concurso de Cuento Corto Palabras del Alma, Fundación Universitaria de Ciencias de la Salud (FUCS, 2023). Sus cuentos han sido publicados en Antología de la Biblioteca de Netanya (Tel-Aviv, Israel 2019). Antología de Elipsis Editores (Bogotá, 2022). Revista Literaria Alondra (Funza, 2021).
Actualmente se
encuentra participando en el Taller Funza para Contar; y, nos presenta el
cuento “El Risueño”, mostrando la convivencia de los vecinos en la forma de
vida barrial de grandes conjuntos de edificios donde la comunicación es escasa
ya que se vive corriendo o como se diría en el argot bogotano: “de
afanes”.
"El
risueño" es un cuento que combina el tono cotidiano con una profunda carga
simbólica y emocional. A través de una narración en primera persona, el texto
explora el misterio, la fascinación y la ambigüedad detrás de un personaje
aparentemente feliz, cuya risa se convierte en un eco inquietante dentro de un
edificio de apartamentos.
El protagonista
es un vecino enigmático, un hombre que ríe sin cesar, cuya alegría parece
desbordar las paredes de su apartamento, contagiando al vecindario entero. La
risa, símbolo de plenitud y libertad, es también el punto de partida de una
inquietud: ¿de dónde proviene esa felicidad tan pura y solitaria?
La narración
logra una tensión creciente gracias a la perspectiva del narrador, quien se
debate entre la admiración y la envidia. El vecino se transforma en un mito
urbano, en una figura casi mística cuya risa despierta tanto ternura como
sospecha. A lo largo del cuento, el ambiente cotidiano se va tiñendo de
extrañeza, hasta desembocar en un giro final devastador: el silencio inevitable del risueño.
Este desenlace
no solo rompe la ilusión de la risa como plenitud, sino que revela la
profundidad del sufrimiento oculto. La carcajada que parecía alegría resultó
ser un mecanismo de defensa, una máscara, o quizás un último intento por
espantar la tristeza.
El texto destaca
por su prosa sensible, con imágenes potentes (“las carcajadas eran como leche
que le hervía en el vientre”), y por su capacidad de construir una atmósfera
íntima, casi claustrofóbica, en la que la comunidad entera se vuelve cómplice
de una ilusión compartida. La narración no juzga, sino que observa, con una
mezcla de ternura, desconcierto y humanidad.
"El
risueño" es, en el fondo, una reflexión sobre la apariencia y el dolor
escondido, sobre el deseo de plenitud y la imposibilidad de alcanzarla del
todo. Un cuento conmovedor, inquietante y dolorosamente actual, que nos
recuerda que la felicidad más ruidosa puede esconder el silencio más oscuro.
EL RISUEÑO
Por Marcela Alfonso
Mi vecino era un tipo como cualquiera. Tenía ojos con
párpados caídos y caminar despreocupado. Nunca hablamos. A veces lo veía por las escaleras
y apenas cruzábamos un
«hola».
Las paredes de estos apartamentos son delgadas, hasta podemos escuchar cuando los vecinos respiran. Claro que, además, este tipo se carcajeaba sin parar ¿Cuál era el motivo de la risa? Si siempre estaba solo y nadie lo visitaba… ¿Es posible ser tan auténtico como para reírse de sí mismo y asfixiarse de la felicidad?
Las carcajadas eran como leche que le hervía en el vientre: subían con furia por la garganta hasta estallar en la boca, se derramaban por el edificio, las calles y los parques del barrio. Una orquesta, una algarabía, trombones, flautas y guitarras. Una fiesta que infectaba de alegría a todo el que lo oía.
En el barrio, las viejas chismosas atisbaban por las ventanas, sospechaban y le inventaban amantes. Don Chucho, el de la tienda, lo identificó rápido y cuando lo veía pasar lo saludaba con una sonrisa de envidia. Los vigilantes, en sus rondas nocturnas pegaban la oreja a su puerta mientras se reían por lo bajo.
Todos queríamos ser como él, pero yo más que nadie. «Que no me agobie mi mujer con sus quejas, que no me enoje el llanto de los niños, que mi jefe valore el trabajo que hago». Necesitaba, a toda costa, vivir alegre como mi vecino y desternillarme de la risa. Estar a gusto conmigo mismo, no necesitar nada ni a nadie.
Reconozco que también lo envidiaba. Pasaba mis noches imaginando como él lloraba de felicidad, escurriéndose del sillón por la risa, su dolor de tripa por no poder parar y tapándose la boca para no hacer tanto escándalo. Al final, solo nos queda darnos por vencido. Entonces me reía con él. Me picaba la curiosidad, no solo ansiaba escucharlo a través de las paredes. ¿Por qué tanto gozo?
Una tarde, me lo estrellé en las escaleras. Yo bajaba, él subía. Lo saludé con el mismo «hola» de siempre. Él apenas levantó una ceja y murmuró algo que no entendí. En un arrebato quise decirle: «vecino, lo invito a comer en mi apartamento. A mi esposa y a mí nos encantaría compartir un buen momento con usted». No me atreví. ¿Quiénes éramos nosotros para robarle un poco de su alegría? Sus pasos en la estrecha escalera eran como gotas espesas que, al caer, hacían un eco de ondas concéntricas a medida que se alejaban.
Esa noche no paró de reír hasta tarde. Pensé que quizás veía algún programa de televisión. Un show donde un cómico hace las delicias del público humillando al uno o al otro. Puse un vaso de vidrio contra la pared y arrimé el oído. Yo tampoco podía dejar de sonreír. Lo único audible eran sus risotadas. Ni televisión, ni radio. Nada. Con mi mujer nos turnábamos para escucharlo, y nuestros pequeños se burlaban de vernos pegados a la pared.
Salí al corredor y me sorprendí al ver a todos los habitantes de nuestro piso asomados a la ventana, especulando, armando posibles tramas, riéndose como niños. Riéndonos como niños. Nadie tocó su puerta, sería una torpeza interrumpir su animosidad. ¿Qué derecho teníamos nosotros de arrebatar su dicha? Y de haberlo hecho, ¿qué le hubiéramos dicho? ¿Qué su risa nos gustaba? Eso era demasiado estúpido. Terminamos por acostarnos a dormir con esa música.
Hoy, de madrugada, un estallido nos despertó. Mis hijos saltaron asustados a nuestra cama. Mi mujer corrió a la cocina a revisar la tubería del gas. Una vecina golpeó en nuestra puerta preguntando si la olla a presión había explotado de nuevo, tal como nos pasó hace unos meses. Todos los de nuestro piso, más los del quinto y del tercero deambulaban en pijama, alborotando los pasillos ¿Qué sucedió? Alguien llamó a la policía.
Los uniformados con desgano revisaron apartamento por apartamento, amenazando con encerrarnos a todos si se trataba de una
tontería. Después de que un oficial inspeccionara mi apartamento, le insistí en que viera a mi vecino. El uniformado golpeó en su puerta un par de minutos. Sin previo aviso,
dio un empujón a la gruesa
lámina de madera. La cerradura se destrozó. Entró con paso largo. No se demoró
mucho; salió lívido. Carraspeó intentando que el estupor no se le notara. Debía
ser un hombre duro.
―Lo de siempre ―dijo a todos los que estábamos con ojos expectantes―. Este tipo se puso el cañón de un revólver en la boca. Se voló la tapa de los sesos-. Sin decir otra palabra, me extendió un pedazo de papel teñido de sangre. Era una nota arrugada con letra desigual y pálida:
Agoté mi risa tratando de espantar la tristeza.
Nadie jamás la oyó.
* Las fotos son de autoría de Stuart Franklin, tomadas de:
https://www.magnumphotos.com/photographer/stuart-franklin/ *






Que historia tan encantadora como… ¿actual? Porque la soledad, la tristeza y la desdicha están servidas todo el tiempo en la mesa de la cotidianidad.
ReplyDeleteGracias por la reseña, le hace honor a tan maravilloso cuento.
Gracias, Fabián. Sí, es cierto, la soledad y la depresión están en todas partes.
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