EL REY DEL HUMEDAL
RESEÑAPor Marcela Alfonso
Fanny Díaz Vargas es una tejedora de
palabras. Aunque su formación profesional está en el campo de la economía y la
matemática financiera, su vocación narrativa la ha llevado a entrelazar
historias con la precisión de quien arma un tejido con paciencia y alma. Nacida en Perú y guapuchera de corazón. Ha recorrido buena parte
de América Latina recogiendo expresiones, culturas y modos de ver el mundo,
consciente de que hablar el mismo idioma no siempre garantiza el entendimiento.
Fanny es miembro del Taller Funza Para Contar, en donde reside actualmente. Su
escritura nace desde esa mirada integradora: cada letra es una lazada; cada
historia, un punto vital dentro del gran universo del alma bella. El rey del
humedal es una de esas piezas tejidas con belleza, humor y profundidad.
En este cuento, el señor Búho,
reconocido por su sabiduría, convoca a los animales del humedal Gualí para
resolver una pregunta inquietante: si el león es el rey de la selva, ¿quién es
el rey del humedal? A partir de esta pregunta se desarrolla una conversación
coral donde cada animal —rana, tingua, curí, guaco, entre otros— se sincera
sobre sus cualidades y limitaciones para asumir el rol de rey. Tras muchos
intentos fallidos y propuestas inesperadas, una voz propone una idea
provocadora sobre quienes pueden ser los reyes. La respuesta, lejos de cerrar
la relación, abre nuevas preguntas sobre el liderazgo, la representación y la
convivencia.
Fanny, en El rey del humedal, nos
plantea, con un tono accesible y lúdico, una meditación profunda sobre el
poder, la identidad colectiva y la convivencia entre especies. El tema central
gira en torno a la redefinición del liderazgo: ya no como fuerza autoritaria,
sino como cuidado mutuo y representación ética. Otros temas que se entrelazan
son la invisibilidad de los más frágiles, el valor de la voz colectiva, la
ecología como forma de ciudadanía, y la posibilidad de que el ser humano no
domine, sino que se integre y colabore. A través de una taxonomía ética y
ambiental, el cuento invita a pensar en nuevas formas de poder más sensibles y
compartidos.
El texto se construye como una fábula
moderna, con una estructura lineal y un narrador en tercera persona que cede el
protagonismo a los diálogos. La narración se apoya en una polifonía de voces
animales que hablan con lenguaje propio, marcada por expresiones onomatopéyicas
(“trrr”, “croac”, “jaaash”), lo que otorga musicalidad y carácter a cada
intervención. El cronotopo, entendido como el espacio-tiempo donde se anudan y
desanudan los conflictos narrativos, es el humedal mismo: no un simple
escenario, sino el eje donde convergen los problemas, reflexiones y decisiones.
El estilo es directo y envolvente, lo suficientemente poético para seducir y lo
claro para comunicar una idea compleja de forma sencilla.
Leer este cuento de Fanny es abrir
una puerta hacia una forma distinta de entender el liderazgo y el cuidado del
entorno. El Humedal Gualí está ubicado entre los municipios de Funza y
Mosquera, en Cundinamarca. Es considerado
el humedal más grande del Departamento y se extiende a lo largo de la cuenca
media del río Bogotá. En una época donde
la naturaleza exige voces que la defiendan, El rey del humedal se presenta como
un llamado tierno y audaz a escuchar a los que nunca tienen micrófono: las
ranas, los patos, las tinguas, los curíes. Es una lectura ideal para niños,
jóvenes y adultos que quieran mirar con nuevos ojos lo que hay en los márgenes
de las ciudades o poblaciones, que son el corazón de los ecosistemas. Es
también una invitación a imaginar mundos más justos, en los que reinar no
signifique mandar, sino proteger.
El cuento nos deriva hacia unas
preguntas: ¿Estamos, como humanidad, dispuestos a reinar, cuidando y no
dominando? ¿Somos conscientes del papel que juegan las pequeñas especies, las
menos vistosas, en el equilibrio del mundo?
En conclusión, El rey del humedal no
solo entretiene: educa sin adoctrinar, sensibiliza sin dramatismo. Es un relato
que hace lo que hacen los buenos cuentos: resonar más allá de la última línea.
Leerlo es, en sí mismo, un acto de reconocimiento hacia los que habitan los
bordes del mundo y cuyas historias, cuando se les da voz, pueden enseñarnos a
vivir de manera más sabia, más bella, más justa.
__________________________________
EL REY DEL HUMEDAL
Por Fanny Díaz
El señor Búho ha convocado a todos los animales del humedal. Anda preocupado e inquieto por una duda que asalta su mente. Él, que se ha caracterizado por su sapiencia y su carisma filosófico, empezó a preguntarse:
—Si en la selva hay un rey, que es el león… Para nosotros, que vivimos en el humedal, ¿quién es el rey?
Ante tal interrogante, los animales quedaron pensativos y se tomaron un tiempo hablando entre ellos para dar una respuesta, una que valiera la pena y calmara la ansiedad del señor Búho.
Entre el cuchicheo, se escuchó una pequeña voz:
—Pero… ¿qué características debería tener un rey?
A lo que el señor Búho sacó un listado de lo que debería tener un rey para ser reconocido. Entre otras cosas, señaló:
—Un rey debe tener —saca su listado— voz con gran poder de convocatoria; ser protector de la vida; no ser autoritario; ser un líder natural…
En ese instante, la comadreja lo interrumpió y comentó:
—¡Jaaash… Jaaash…! Me han dicho que el rey es el caimán… ¡Jaaash… Jaaash…!
—Puede ser —dijo el Búho.
Pero recordó que aquí, en nuestro humedal Gualí, no hay caimán. En general, en los humedales cundinamarqueses no hay caimanes, por lo que deberíamos tener un rey que nos represente, para que nos den la atención y el respeto que merecemos por permanecer en nuestro hogar.
—¡Sí!, ¡sí!, ¡sí!, ¡es cierto! —se escuchó en el barullo.
—Nosotros, las aves pequeñas, creemos que no podemos ser… bir… bir… diii… dijo el doradito lagunero.
—Somos aves cuyos trinos son de alegría, de buenas nuevas, y lo peor: andamos volando de un lado a otro para pasar desapercibidas, porque nos pueden cazar y enjaular —enfatizó la mirla.
—¡Así es! —afirmaron también con la cabeza todas las aves reunidas, como el canario bogotano, la monjita, el cucarachero del pantano, la alondra cundiboyacense, el gorrión…
Intervino la rana sabanera:
—¡Croac… croac…! Ese cargo no es para mí. Salto y salto, y mi naturaleza es recorrer así el humedal. No soy el candidato indicado, no puedo estar quieta… Croac… croac.
—Yo ando escondiéndome —dijo la tingua bogotana—. Trrrrr… Trrrr… Trrr… Nosotros estamos en vías de extinción y buscamos ayuda para no desaparecer. Mantener nuestro hogar es nuestra prioridad. Trrr… Trrr… Trrr…
Siguieron los comentarios:
—Mis primas, las de pico verde, están en las mismas condiciones; y las otras, las azules, son aves migratorias y no siempre permanecen en nuestro humedal —señala la tingua pico rojo.
—¡Carachas, mis chinos! —dice el curí—. A nosotros nos gustan los días soleados y siempre andamos escondidos, bien metidos entre las eneas y juncos para que no nos cacen. ¡¿Príncipes?! No me imagino salir en días lluviosos… brrr, ya estoy temblando de solo imaginarlo.
—Nada, chico… soy libre y voy volando de un lugar a otro… ¡No me miren! Hueco va, hueco va… ¡No me miren! —dice el guaco.
El Búho, tras escuchar todas las razones y excusas —que no eran tan excusas—, comenta que él tampoco podía ser el rey, ya que no cumple con los requisitos considerados: ve mejor de noche, y en el día hay más actividad en el humedal.
—¡Hey chico! Dejemos eso así… Igual, de alguna manera, nos están cuidando y poniendo atención —dice el lagarto collarejo.
—¡Hey míster! Más bien, debemos lucirnos para que nos vean y llamar la atención. Si nos organizamos, mostramos la belleza de nuestro hogar y las bondades que representamos para la población, encontraríamos no solo un rey, sino muchos reyes, dice la tingua azul.
El Búho quedó observando, pensando a qué se refería y, aunque no le gustaba la idea de tener muchos reyes, tampoco podía negar esa opción. Así que solicitó que fuera más explícito.
—¡A ver! Cuac… cuac… cuac… —dijo el pato andino—. Más claro no puede ser: ¡los humanos!
Entre la incertidumbre y la incredulidad, los animales quedaron en silencio, pensando. El Búho se agarró la cabeza, y la verdad, no le parecía nada jalado de las plumas.
—Los tiempos cambian —dijo—. Últimamente nos han tenido en cuenta, nos cuidan y protegen más, siembran árboles. Como habitantes de los humedales somos de ayuda mutua: nuestro hogar proporciona agua, sirve como barrera para evitar inundaciones y sequías, y ayudamos a mitigar el cambio climático. Y ellos pueden estar tranquilos por nuestra parte.
Al escuchar esto, todos los animales se miraron, cuchichearon, quedaron en silencio y, de pronto, se escucharon aplausos y, a una sola voz, gritaron:
¡Aprobado!
Fanny Díaz Vargas es una tejedora de
palabras. Aunque su formación profesional está en el campo de la economía y la
matemática financiera, su vocación narrativa la ha llevado a entrelazar
historias con la precisión de quien arma un tejido con paciencia y alma. Nacida en Perú y guapuchera de corazón. Ha recorrido buena parte
de América Latina recogiendo expresiones, culturas y modos de ver el mundo,
consciente de que hablar el mismo idioma no siempre garantiza el entendimiento.
Fanny es miembro del Taller Funza Para Contar, en donde reside actualmente. Su
escritura nace desde esa mirada integradora: cada letra es una lazada; cada
historia, un punto vital dentro del gran universo del alma bella. El rey del
humedal es una de esas piezas tejidas con belleza, humor y profundidad.
En este cuento, el señor Búho,
reconocido por su sabiduría, convoca a los animales del humedal Gualí para
resolver una pregunta inquietante: si el león es el rey de la selva, ¿quién es
el rey del humedal? A partir de esta pregunta se desarrolla una conversación
coral donde cada animal —rana, tingua, curí, guaco, entre otros— se sincera
sobre sus cualidades y limitaciones para asumir el rol de rey. Tras muchos
intentos fallidos y propuestas inesperadas, una voz propone una idea
provocadora sobre quienes pueden ser los reyes. La respuesta, lejos de cerrar
la relación, abre nuevas preguntas sobre el liderazgo, la representación y la
convivencia.
Fanny, en El rey del humedal, nos
plantea, con un tono accesible y lúdico, una meditación profunda sobre el
poder, la identidad colectiva y la convivencia entre especies. El tema central
gira en torno a la redefinición del liderazgo: ya no como fuerza autoritaria,
sino como cuidado mutuo y representación ética. Otros temas que se entrelazan
son la invisibilidad de los más frágiles, el valor de la voz colectiva, la
ecología como forma de ciudadanía, y la posibilidad de que el ser humano no
domine, sino que se integre y colabore. A través de una taxonomía ética y
ambiental, el cuento invita a pensar en nuevas formas de poder más sensibles y
compartidos.
El texto se construye como una fábula
moderna, con una estructura lineal y un narrador en tercera persona que cede el
protagonismo a los diálogos. La narración se apoya en una polifonía de voces
animales que hablan con lenguaje propio, marcada por expresiones onomatopéyicas
(“trrr”, “croac”, “jaaash”), lo que otorga musicalidad y carácter a cada
intervención. El cronotopo, entendido como el espacio-tiempo donde se anudan y
desanudan los conflictos narrativos, es el humedal mismo: no un simple
escenario, sino el eje donde convergen los problemas, reflexiones y decisiones.
El estilo es directo y envolvente, lo suficientemente poético para seducir y lo
claro para comunicar una idea compleja de forma sencilla.
Leer este cuento de Fanny es abrir
una puerta hacia una forma distinta de entender el liderazgo y el cuidado del
entorno. El Humedal Gualí está ubicado entre los municipios de Funza y
Mosquera, en Cundinamarca. Es considerado
el humedal más grande del Departamento y se extiende a lo largo de la cuenca
media del río Bogotá. En una época donde
la naturaleza exige voces que la defiendan, El rey del humedal se presenta como
un llamado tierno y audaz a escuchar a los que nunca tienen micrófono: las
ranas, los patos, las tinguas, los curíes. Es una lectura ideal para niños,
jóvenes y adultos que quieran mirar con nuevos ojos lo que hay en los márgenes
de las ciudades o poblaciones, que son el corazón de los ecosistemas. Es
también una invitación a imaginar mundos más justos, en los que reinar no
signifique mandar, sino proteger.
El cuento nos deriva hacia unas
preguntas: ¿Estamos, como humanidad, dispuestos a reinar, cuidando y no
dominando? ¿Somos conscientes del papel que juegan las pequeñas especies, las
menos vistosas, en el equilibrio del mundo?
En conclusión, El rey del humedal no
solo entretiene: educa sin adoctrinar, sensibiliza sin dramatismo. Es un relato
que hace lo que hacen los buenos cuentos: resonar más allá de la última línea.
Leerlo es, en sí mismo, un acto de reconocimiento hacia los que habitan los
bordes del mundo y cuyas historias, cuando se les da voz, pueden enseñarnos a
vivir de manera más sabia, más bella, más justa.
__________________________________
EL REY DEL HUMEDAL
El señor Búho ha convocado a todos los animales del humedal. Anda preocupado e inquieto por una duda que asalta su mente. Él, que se ha caracterizado por su sapiencia y su carisma filosófico, empezó a preguntarse:
—Si en la selva hay un rey, que es el león… Para nosotros, que vivimos en el humedal, ¿quién es el rey?
Ante tal interrogante, los animales quedaron pensativos y se tomaron un tiempo hablando entre ellos para dar una respuesta, una que valiera la pena y calmara la ansiedad del señor Búho.
Entre el cuchicheo, se escuchó una pequeña voz:
—Pero… ¿qué características debería tener un rey?
A lo que el señor Búho sacó un listado de lo que debería tener un rey para ser reconocido. Entre otras cosas, señaló:
—Un rey debe tener —saca su listado— voz con gran poder de convocatoria; ser protector de la vida; no ser autoritario; ser un líder natural…
En ese instante, la comadreja lo interrumpió y comentó:
—¡Jaaash… Jaaash…! Me han dicho que el rey es el caimán… ¡Jaaash… Jaaash…!
—Puede ser —dijo el Búho.
Pero recordó que aquí, en nuestro humedal Gualí, no hay caimán. En general, en los humedales cundinamarqueses no hay caimanes, por lo que deberíamos tener un rey que nos represente, para que nos den la atención y el respeto que merecemos por permanecer en nuestro hogar.
—¡Sí!, ¡sí!, ¡sí!, ¡es cierto! —se escuchó en el barullo.
—Nosotros, las aves pequeñas, creemos que no podemos ser… bir… bir… diii… dijo el doradito lagunero.
—Somos aves cuyos trinos son de alegría, de buenas nuevas, y lo peor: andamos volando de un lado a otro para pasar desapercibidas, porque nos pueden cazar y enjaular —enfatizó la mirla.
—¡Así es! —afirmaron también con la cabeza todas las aves reunidas, como el canario bogotano, la monjita, el cucarachero del pantano, la alondra cundiboyacense, el gorrión…
Intervino la rana sabanera:
—¡Croac… croac…! Ese cargo no es para mí. Salto y salto, y mi naturaleza es recorrer así el humedal. No soy el candidato indicado, no puedo estar quieta… Croac… croac.
—Yo ando escondiéndome —dijo la tingua bogotana—. Trrrrr… Trrrr… Trrr… Nosotros estamos en vías de extinción y buscamos ayuda para no desaparecer. Mantener nuestro hogar es nuestra prioridad. Trrr… Trrr… Trrr…
Siguieron los comentarios:
—Mis primas, las de pico verde, están en las mismas condiciones; y las otras, las azules, son aves migratorias y no siempre permanecen en nuestro humedal —señala la tingua pico rojo.
—¡Carachas, mis chinos! —dice el curí—. A nosotros nos gustan los días soleados y siempre andamos escondidos, bien metidos entre las eneas y juncos para que no nos cacen. ¡¿Príncipes?! No me imagino salir en días lluviosos… brrr, ya estoy temblando de solo imaginarlo.
—Nada, chico… soy libre y voy volando de un lugar a otro… ¡No me miren! Hueco va, hueco va… ¡No me miren! —dice el guaco.
El Búho, tras escuchar todas las razones y excusas —que no eran tan excusas—, comenta que él tampoco podía ser el rey, ya que no cumple con los requisitos considerados: ve mejor de noche, y en el día hay más actividad en el humedal.
—¡Hey chico! Dejemos eso así… Igual, de alguna manera, nos están cuidando y poniendo atención —dice el lagarto collarejo.
—¡Hey míster! Más bien, debemos lucirnos para que nos vean y llamar la atención. Si nos organizamos, mostramos la belleza de nuestro hogar y las bondades que representamos para la población, encontraríamos no solo un rey, sino muchos reyes, dice la tingua azul.
El Búho quedó observando, pensando a qué se refería y, aunque no le gustaba la idea de tener muchos reyes, tampoco podía negar esa opción. Así que solicitó que fuera más explícito.
—¡A ver! Cuac… cuac… cuac… —dijo el pato andino—. Más claro no puede ser: ¡los humanos!
Entre la incertidumbre y la incredulidad, los animales quedaron en silencio, pensando. El Búho se agarró la cabeza, y la verdad, no le parecía nada jalado de las plumas.
—Los tiempos cambian —dijo—. Últimamente nos han tenido en cuenta, nos cuidan y protegen más, siembran árboles. Como habitantes de los humedales somos de ayuda mutua: nuestro hogar proporciona agua, sirve como barrera para evitar inundaciones y sequías, y ayudamos a mitigar el cambio climático. Y ellos pueden estar tranquilos por nuestra parte.
Al escuchar esto, todos los animales se miraron, cuchichearon, quedaron en silencio y, de pronto, se escucharon aplausos y, a una sola voz, gritaron:
¡Aprobado!




Que relato tan bonito, gracias por compartir este teipo de contenido junto a la reseña de la autora 💜💜
ReplyDeleteWow, tremenda reseña. La antesala justa para adentrarnos al texto de la escritora que tiene una línea literaria bien definida. Se nota el trabajo de campo y la dedicación para componer cada línea de tan hermoso cuento.
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