EL PADRE NUESTRO DE CADA DÍA
RESEÑA Por Jimena Bacca
Jonathan Caviedes es oriundo de Mérida, Venezuela, pero también ha sabido tejer sus raíces colombianas durante los últimos años que ha residido en este país. Es un narrador que ha construido una trayectoria literaria marcada por la sensibilidad social, la observación cotidiana y la búsqueda de justicia emocional. Desde 2022 forma parte del Colectivo COLORES DE LA POÉTICA, adscrito al Programa CREA del IDARTES, donde ha cultivado su voz narrativa a través de talleres, charlas y publicaciones que revelan una mirada crítica y empática sobre la vida urbana y sus silencios. Jonathan construye desde la observación y la escucha, con una narrativa que no busca respuestas fáciles, sino que abre preguntas sobre el cuidado, la comunidad y la responsabilidad compartida. Su obra es testimonio y espejo de su formación constante, la cual augura una evolución literaria comprometida con lo humano.
Su formación incluye también procesos en narrativa gráfica con el IDARTES, encuentros con escritores e ilustradores como Efrén Giraldo, Carlos Consuegra, Gastón y Katherina Kupova, así como también talleres de cuento virtual con Jairo Andrade (RED RELATA). Esta diversidad de influencias se refleja en su obra, que transita con soltura entre lo gráfico, lo testimonial y lo literario.
📚 Cuenta con varias publicaciones destacadas como: “Multiversos Crea” (2022, digital) – Texto: “Ser Madre. “Refracciones” (2024, físico) – Texto: “Síndrome de la Canción Atascada”. “Antología: Todas las formas de decir Caballo” (2023, Biblored) – Cuento: “Transbordo”. “Antología: Veintitrés veces más el gato” (2024, CREA) – Cuento: “#MiFlacaBellla. “Antología: Crónicas de Vida” Tomo I (2024, Alcaldía de San Cristóbal) – Crónica: “Nuestro pedacito de pulmón verde llamado San Cristóbal”
“El padre nuestro de cada día” es una narración íntima que aborda el abandono del adulto mayor a través de la rutina ajetreada de dos familias que comparten el mismo hogar. Ambas familias se dividen los espacios y los gastos mensuales de la casa, convirtiendo al relato en un fiel reflejo de la clase popular. Con una prosa cargada de gestos mínimos y silencios significativos, el cuento explora la tensión entre la empatía y los límites personales, revelando una red de vínculos frágiles y responsabilidades esquivas. A través de una estructura coral y un simbolismo persistente, logra denunciar con sutileza la indiferencia cotidiana y la complejidad de ayudar cuando también se carga con lo propio.
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EL PADRE NUESTRO DE CADA DÍA
Por Jonathan Caviedes
—Sí, sobrina… —respondió
Petra desde la cama y reinició su oración—… Padre nuestro que estás en el
cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino…
Desde la calle,
Julia observó por la ventana a su tía Petra, que también la observaba. Le hizo
un gesto en señal de despedida y continuó su camino.
En el primer
piso los inquilinos escuchaban el padre nuestro de cada mañana a través de la
placa de cemento. Aurora aguardó hasta escuchar la puerta cerrarse para
ascender y recoger la ropa seca del patio compartido. Al subir, el olor a
amoniaco le trajo malos recuerdos, así que arrebató las camisetas y las medias de
las cuerdas con desesperación. Al hacerlo, descubrió una montaña de ropa
arrumada en el fregadero que despedía uno de los tantos olores pútridos del
segundo piso.
—...hágase
tu voluntad en la tierra como en el cielo. ¿Hay alguien allí? —dijo la
anciana voz desde la habitación.
—Buenos días,
señora Petra ¿cómo amaneció?— Aurora elevó el tono de voz—. Estoy recogiendo la
ropa, soy Aurora.
—Buenos días,
mi señora Aurora ¿Cómo amanece? ¿Cómo está su hijo?— se emocionó la mujer al
descubrir a la vecina y la indagó para que le hablara de algo diferente.
—Muy bien doña
Petra, ya salió para el trabajo —respondió casi gritando— el único día que
descansa es el viernes. Mi pobre muchacho, menos mal salió bien trabajador. ¡Ay,
qué pena, ya me voy! Es que dejé la estufa prendida. Que tenga un buen día.
Huyó del
segundo piso por las escaleras desiguales, con mucho cuidado de no errar ningún
paso, ya que la ropa no le dejaba observar el camino, y entró a su apartamento
cerrando la puerta tras de sí.
En horas de la
tarde, Aurora escuchó un quejido, algo como un largo lamento. Sabía de dónde
provenía, pero su intuición la hizo dudar. Se dirigió a regañadientes hacia las
escaleras, tomó una bocanada de aire y emprendió la subida:
— Señora Petra
¿se encuentra bien? —ingresó al apartamento imaginando la peor escena. Encontró
a la viejecita invadida de estertores, tiritando en la cama. Le habló un poco
más de cerca, sin la despótica voz de la mañana, con mucha más humanidad.
—¡Necesito
entrar al baño, pero no soy capaz, me duelen mucho las rodillas y las manos!—le
dijo Petra, pálida.
—Espéreme y
llamo a su sobrina—intentaba tranquilizarla, incapaz de ocultar su cara de
angustia.
El celular de Julia
sonaba ocupado por lo que, sin titubear, Aurora decidió llamar al número de
emergencia.
—Línea de
Emergencias ¿En qué puedo ayudarle?—contestó la voz calmada de una mujer.
—¡Buenas tardes,
mi nombre es Aurora, vecina de la señora Petra! Vea señorita, doña Petra tiene problemas con sus piernitas, me
dice que no se puede mover.
—¿Nos puede
indicar la dirección?
Aurora torpemente le da la dirección, entre gritos, los nervios y el afán de que la atendieran de inmediato.
Media hora después timbró el celular de Aurora: era el personal de la ambulancia que no encontraba el inmueble. A través de una video llamada logró guiarlos. Luego de otros treinta minutos, escuchó la ambulancia cerca a la casa y se asomó a la ventana para terminar de darles indicaciones con las manos.
Ingresaron dos
paramédicos a la vivienda y empezaron de nuevo con el interrogatorio. Lo único
que quedó en su mente fue el diagnóstico de la vecina: artrosis. Por la
edad que apuntaron los médicos, se dio cuenta de que llevaba más de tres años
conviviendo con ella y no sabía nada de Petra. Después de la valoración la
llevaron al hospital y Aurora, en su casa, logró comunicarle a la
sobrina los últimos acontecimientos con pelos y detalles.
Pasaron los
días y Aurora y su hijo echaron de menos los padrenuestros matutinos del
segundo piso. Según él, lo mejor era guardar silencio y no meterse en temas
ajenos porque iban a indisponer a la arrendataria contra ellos. Le prohibió
meterse en esos asuntos distantes dejando claro que, si no habían podido solucionar sus
propios problemas, menos iban a solucionar los de alguien más.
Un domingo por
la tarde, la señora Petra regresó con otro semblante, complacida de recibir el
servicio médico y agradecida por haber salido de esas cuatro paredes. Julia
guió a los dos hombres que la trasladaron de nuevo a su habitación, mientras
Aurora espiaba todo detrás de la puerta. Con el rabillo del ojo alcanzó a ver
que Petra, sin llamar la atención de los demás, apretaba entre sus manos algo que
parecía una tableta de pastillas de color café.
Con el paso
del tiempo, las cosas volvieron a la normalidad: las discusiones de la mañana
por la ropa, el aseo, la comida, el padrenuestro de todos los días. Pero en
esta oportunidad, la sobrina tocó la puerta del primer piso:
—Señora
Aurorita, buenos días. Llegó el gas, son treinta y siete mil pesos. ¿Cómo le
parece que a mi tía le mandaron una enfermera a la casa? Me tocó decirles que
cómo se les ocurre que yo deje entrar a una persona desconocida. ¿Qué tal nos desocupen? Yo les dije que tengo que trabajar, si acaso en la mañana podría atenderla un ratico mientras me voy — dijo sulfurada Julia que, como todas las mañanas, se disponía para salir a trabajar.
—Listo, señora
Julia, yo le digo a mi hijo— respondió mordiéndose la lengua y asintiendo con
la cabeza— Estamos para ayudarnos, no se preocupe, que tenga un buen día.
Aurora, en la
soledad de su apartamento, escuchó a lo lejos otro murmullo. Subió las escaleras
y al asomarse por la rendija de la puerta, vio a Petra, de rodillas ante el Sagrado
Corazón, diciendo:
—Diosito, llévame
de una vez por todas para no incomodar más a mi sobrina. No quiero seguir siendo
un estorbo para los demás...
Inmediatamente después, en silencio y sin intervenir -tal como le había ordenado su hijo-, Aurora vio cómo Petra se tomaba, de un solo trago, todas las pastillas de color café que había traído del hospital. Aterrorizada, corrió de regreso a su casa. Lo último que escuchó fue que su vecina, con la voz entrecortada, retomaba la oración:
—... Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como
también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la
tentación, y líbranos del mal. Amén.




Me agrada particularmente esta reseña porque nos prepara para entender la voz del narrador. El cuento es un relato potente, una pintura colorida que nos muestra el blanco y negro de tantas casas.
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